El PSOE da tregua a Sánchez hasta mayo

El líder socialista gana tiempo y está transmitiendo un mensaje de tranquilidad a su partido frente a los nervios desatados por las elecciones en Andalucía, con un Podemos «tocado»

Manuel Marín
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, prevé empezar el año electoral de 2019 jugando al despiste y sin aclarar nada sobre su expectativa cierta para la convocatoria de elecciones generales. Nada ha comunicado al PSOE, y nadie en el PSOE confía en que vaya a dar una sorpresa inminente si no se encuentra en una tesitura límite de la que aún se considera lejano. Por eso, más allá de las dudas y preocupación que generan en algunos sectores del PSOE tanto la gestión como la estrategia de Sánchez, disfrutará de una tregua sin cataclismos internos como mínimo hasta las elecciones autonómicas de mayo.

Sánchez se acoge a la «teoría de la confusión» para ganar tiempo

Antes de concluir 2018, Sánchez dijo hasta quince veces que su objetivo era agotar la legislatura y alcanzar la primavera de 2020. Pero también sugirió, tres veces exactamente, que tendría que citar a las urnas en 2019 si no conseguía aprobar l os Presupuestos Generales del Estado, algo en lo que de momento sigue fracasando. A partir de entonces, se ha especulado mucho con una triple idea que rondaría la cabeza de Sánchez: disolver las Cortes ya y convocar elecciones en marzo, lo cual parece descartado; preparar el terreno para un «superdomingo» electoral el 26 de mayo junto a las autonómicas, locales y europeas; y prolongar la legislatura hasta octubre o noviembre de 2019. Pero sigue siendo un ejercicio inane. Especular por especular. Sin información real, todo es plausible, y con su «teoría de la confusión» Sánchez gana tiempo, consigue mantener viva de modo permanente una expectativa, radicaliza a la oposición, y presume de llevar la iniciativa con un PSOE en aparente sumisión disciplinaria.

Sánchez cree que afirmar una cosa para negarla después ya no penaliza como antes. España ha configurado una sociedad crecientemente ideologizada y reactiva, pero también más líquida y sometida a la oscilación del voto frente a la tradicional lealtad del votante al partido de siempre. Hoy a la dirección del PSOE cree favorecerle la «italianización» de la vida parlamentaria e institucional porque la sociedad ha asumido las carencias del bipartidismo clásico y el final de las mayorías absolutas, de modo que resignarse a formar alianzas políticas desde la contradicción política empieza a ser «normalizado» por la ciudadanía. No se trata ya de que gane uno, sino de que el otro nunca llegue.

El PSOE ve la crisis de Podemos como irreversible

Sobre este análisis de situación tan autocomplaciente como arriesgado, Sánchez está transmitiendo al PSOE un mensaje de tranquilidad frente a los nervios internos que desatados tras lo ocurrido en las urnas de Andalucía el 2 de diciembre. Hay tres factores que el secretario general socialista cree tener controlados a la hora de medir los tiempos para retrasar al máximo la convocatoria de elecciones: la fragmentación de «la derecha» en tres partidos, la galopante crisis de credibilidad de un Podemos hundido en las encuestas, y la tesis de que a Rodríguez Zapatero no le penalizó la crisis de Cataluña para revalidar la presidencia del Gobierno en una segunda legislatura.

Zapatero designó socio preferente a ERC, negoció un nuevo Estatuto para Cataluña en secreto con Artur Mas, y puso en duda el concepto de nación. El análisis del PSOE, siempre a cobijo del modelo federal del Estado, es que a Zapatero le castigó la crisis económica en 2007 y 2008, y no haber planteado un «diálogo» con Cataluña entre 2004 y 2006. Sánchez no renunciará a esta teoría «reactualizada» aunque en algunos círculos del PSOE la califiquen de «radicalmente errónea».

Al «Gobierno bonito» se le ven los trucos y los fallos de gestión

Otros sectores del PSOE, en cambio, ya ven el vaso medio vacío. El «efecto burbuja» del «Gobierno bonito» se desvaneció hace meses y se ven con nitidez los trucos del decorado y las grietas del maquillaje. El Gobierno empieza a fallar en cuestiones básicas de gestión, y la pretendida imagen de un presidente institucional y representante de una socialdemocracia moderada que ha sobrevivido al populismo de la extrema izquierda con un mensaje regenerador, se ha convertido en la de un presidente incongruente, caricaturizado prematuramente, y objeto de chanzas constantes en las redes sociales. Además ha radicalizado al PSOE para recuperar el espacio perdido ante Podemos.

Hay un PSOE que percibe en Sánchez a un secretario general capaz de poner «fuera de control» electoral. El temor a una fuga masiva de votantes es real en ámbitos muy pesimistas del partido, y por eso en estos meses Sánchez tendrá que afanarse más en apaciguar ánimos internos que a gestionar poder.

La imagen de la dirigente vasca Idoia Mendía con Arnaldo Otegi, la imagen de cientos de extremeños abandonados a su suerte por fallos de Renfe, la nula transparencia de Sánchez para explicar los gastos de sus viajes privados en avión oficial, o la percepción de camaradería con Joaquim Torra, incluida la oferta a la desesperada del PSC para aprobar los presupuestos de Cataluña… Todo a ello, unido a un Gobierno inusualmente desgastado en muy pocos meses que ni siquiera se asegura gobernar por decreto, mantienen a Sánchez en una duda permanente: la de «atornillarse» a Moncloa aun a sabiendas de que los dirigentes regionales y alcaldes del PSOE podrán contagiarse de este desgaste, o la de convocar comicios antes de que el PP, Ciudadanos y Vox se aseguren más escaños alternativos que PSOE, Podemos y los nacionalismos.

Crisis de Gobierno a corto plazo y el caos de Madrid

A estos factores se suma la creciente rumorología de que Sánchez prepara una crisis de Gobierno a corto plazo para poder nutrir las listas de mayo con ministros. Así, algunos dan por segura la salida de Josep Borrell, por ejemplo. Y en el PSOE no se desdeña la negativa de pesos pesados del partido a encabezar la candidatura para la alcaldía de Madrid –Rodríguez Zapatero o Pérez Rubalcaba, entre otros- porque indica que es mucho lo que no le cuadra a Sánchez.

No obstante, el presidente ha demostrado una acreditada capacidad de supervivencia en terrenos hostiles. El PP y Ciudadanos no le infravaloran porque más allá de la imagen que ofrezca desde Moncloa, no hay un solo resorte en el PSOE que se mueva ahora sin su autorización. Nadie va a volver a abrir en canal el partido ni a asumir el riesgo de una nueva rebelión. Con crédito interno o sin él, Sánchez no va a sufrir ningún hostigamiento real como mínimo hasta mayo. A lo sumo, mucha impostura crítica, voces de alarma muy medidas, y toques de atención de barones preocupados por marcar distancias para salvar sus respectivas presidencias…, pero no para reconducir al PSOE o defenestrar a Sánchez. Esa etapa parece historia. Además, Sánchez arguye que la aparición de Vox obligará al PP y a Ciudadanos a radicalizar sus tesis, y que ello provocará un «despertar» en la movilización de la izquierda que solo beneficiará al PSOE.

Un «plan B» para moderar al PSOE y reencontrarse con Ciudadanos

Sánchez medita también un «plan B» si definitivamente el separatismo catalán lo deja en la estacada sin aprobar los presupuestos generales. Sánchez siempre se caracterizó por obtener rédito de cualquier adversidad y cree en la reversibilidad de los principios para beneficiarse de la fragmentación entre los partidos. Por eso también escucha a esas voces de miembros de su Gobierno que le aconsejan aislarse del separatismo un minuto antes de que el independentismo lo amortice a él, y crear un andamiaje de futuro junto a Ciudadanos, a quien empieza a perjudicar esa asimilación social que le retrata como «partido de la derecha» cómplice del «three party».

Se trataría de un plan alternativo de Sánchez para «moderar» artificialmente al PSOE sobre la tesis de que ha intentado pactar hasta la extenuación con Cataluña dentro de la legalidad, y de que su intención siempre fue serenar los ánimos para restañar la fractura social…, pero la intransigencia del separatismo lo ha frustrado todo. El presidente del Gobierno considera que ese mensaje bienintencionado, si llega a producirse la ruptura del «club de la moción», calará de modo positivo en el electorado de la izquierda. Pero es evidente que asume serios riesgos para la credibilidad del PSOE.

Contagiar el «voto emocional» en favor del PSOE

Sánchez quiere, y necesita, tiempo. Tiempo para contemplar cómo evoluciona el juicio a los presuntos rebeldes del 1-O. Tiempo para que la descomposición interna del separatismo sea irreversible. Tiempo para apaciguar los temores de su propio partido a un “efecto arrastre” del varapalo andaluz. Tiempo para que las elecciones de mayo demuestren que la caída de Podemos no tiene reconducción posible y que solo queda el PSOE para recoger los añicos del estropicio en la izquierda. Y tiempo para que el elector del PP se contagie del «voto emocional» andaluz hacia Ciudadanos y Vox y, como mínimo, crea asegurarse de que Pablo Casado no gane ni en votos ni escaños en unas elecciones generales. Aunque si sumara escaños para una investidura, eso tampoco sería obstáculo para las expectativas de Sánchez.

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín