Susana Díaz, expresidenta de la Junta de Andalucía
Susana Díaz, expresidenta de la Junta de Andalucía - JUAN FLORES

Andalucía. Más autocrítica, por favor

Visto lo visto, es fácil entender que los votantes hayan decidido quitarse de encima el lastre que el PSOE representa para el futuro

MadridActualizado:

Comenzaré este artículo con unos escuetos datos que nos situarán de lleno en la cuestión a abordar. Los 36 años del PSOE en el poder autonómico andaluz han propiciado que esta sea la sexta región de toda Europa con mayor tasa de desempleo, que cuatro de cada diez andaluces vivan en riesgo de exclusión y que, tal y como señala el Informe PISA, el fracaso escolar de sus jóvenes supere en cinco puntos la media nacional.

He realizado varias visitas a esta Comunidad Autónoma con motivo de la reciente campaña electoral del Partido Popular. Allí pude comprobar de primera mano cómo la obsesión del PSOE durante estos casi 40 años de Gobierno fue crear una economía dependiente del sector público y fortalecer su propio poder político en detrimento de la sociedad civil. Así es como hemos llegado a la situación actual, donde esta región, que por capital humano, riqueza natural y ubicación geopolítica podría ser la California de Europa, desde hace años se aleja de cualquier criterio de convergencia con respecto a la media de España.

Lamentablemente, los más de 45.000 millones de euros que la Unión Europea ha destinado a las ocho provincias andaluzas para la construcción de infraestructuras y servicios no han producido estos años los efectos deseados, lo que demuestra que cuando las ideas no son buenas, los recursos materiales, por abundantes que estos resulten, caen en saco roto. Mención aparte merecen los casos de corrupción del socialismo andaluz; su glosa necesitaría de un artículo propio. Suficiente elocuencia encontraremos en las cifras hurtadas al erario -más de 5.000 millones de euros bajo lupa judicial- y en la imagen de dos presidentes de la Junta sentados en el banquillo.

Visto lo visto, es fácil entender que los votantes hayan decidido quitarse de encima el lastre que el PSOE representa para el futuro de Andalucía. El resultado electoral expresa un mandato de cambio y Juanma Moreno es la persona a quien los votantes han encargado presidir dicha tarea.

Pero esta no es la única lectura que se puede extraer de los comicios. Muchos andaluces también se han abstenido de votar a unas siglas, las socialistas, severamente cuestionadas desde el momento en que el PSOE gobierna en España con el apoyo de los golpistas en prisión, de la izquierda comunista y de los simpatizantes de ETA. PDeCAT, ERC, Podemos y PNV-Bildu; estas son algunas de las fuerzas que sostienen al señor Sánchez en La Moncloa. ¿Con semejantes aliados -se habrán preguntado muchos hombres y mujeres de bien que solían votar al puño y la rosa-, entonces, quiénes son los adversarios del PSOE?

Pobreza, atraso en los resultados educativos, corrupción, clientelismo, pérdida sistemática de oportunidades… Y cerrazón ideológica. Sospecho que muchos andaluces están igualmente hartos de que la extrema izquierda no ceje en sus constantes ataques a unos valores y a un estilo de vida que, además de ser perfectamente respetable, una inmensa mayoría de españoles sienten como propios. Desde hace tiempo caminamos hacia un modelo de sociedad asfixiante por monocolor; y todo porque los radicales han colocado en el centro de su particular diana del odio realidades tan dignas de aprecio como el derecho a la vida, la libertad de educación, los toros, los símbolos nacionales o la caza.

No se puede dejar de reconocer tampoco que el PP, debido a la dureza de la crisis, en ocasiones tuvo que posponer lo importante para solucionar lo urgente. Fue duro el desgaste que sufrió por la continuada acción de Gobierno en aquellas condiciones singularmente difíciles. Por ello, la presidencia de Pablo Casado ha significado una renovación muy positiva en nuestro liderazgo. Dicho esto, se necesita tiempo -como en cualquier otro proceso de renovación- para que estos efectos positivos se manifiesten con todo su vigor.

En cualquier caso, la suma de PP, Ciudadanos y Vox -59 diputados, cuando la mayoría absoluta está en 55- expresa un claro deseo de cambio. Que el PP lidere la alternancia no solo es la mejor garantía de que el pacto acordado estará regido por el interés general de todos los andaluces, sino también lo más natural. Todas las fuerzas que quieran sumarse para apoyarlo habrán de ceñirse, como no podría ser de otro modo, al más escrupuloso respeto por la Constitución. Por cierto, no deja de resultar curioso que aquellos que no han mostrado reparo alguno en pactar con comunistas, supremacistas, separatistas, en prisión ahora, y blanqueadores de la herencia e historia etarra, de pronto, comiencen a expresan toda suerte de escrúpulos y precauciones. No cuela.

Como tampoco cuela la estrategia de intimidación y altercados públicos que ha puesto en marcha el señor Iglesias ante unos resultados electorales que manifiestan el sonoro fracaso de su franquicia electoral. Los graves disturbios que hemos visto esta semana en distintas ciudades andaluzas, y que se saldaron con varios detenidos, reflejan la pulsión totalitaria de la extrema izquierda y, desde luego, es algo intolerable.

El cambio que ha comenzado por Andalucía, la región más poblada de España, no solo demuestra que el CIS de Tezanos es muy poco creíble, sino también una muestra de que el PSOE está cada vez está más agotado y sus aliados independentistas y comunistas solo ofrecen entropía y desunión ante el conjunto de una sociedad que, de forma creciente, anhela estabilidad, crecimiento y concordia. El Partido Popular, con Pablo Casado al frente, muy pronto liderará este cambio desde el Gobierno de España.