Retrato idealizado de Pedro I, en pertenencia del Consistorio de Sevilla
Retrato idealizado de Pedro I, en pertenencia del Consistorio de Sevilla - Wikipedia
Historia

El Rey más controvertido: Pedro I de Castilla, ¿«El Cruel» o «El Justiciero»?

Isabel «la Católica» y Felipe II, enfrentados también al poder de la nobleza durante sus reinados, defendieron la figura del último Monarca de la Casa de Borgoña. Su muerte aconteció a manos de Enrique II de Castilla en un duelo fratricida

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Cuando la gente piensa en un hombre cruel lo imagina riendo mientras quema hormigas con una lupa en su infancia y fustigando a las cortesanas en su adolescencia. Nadie baraja de primeras que la justicia excesiva pueda verse como crueldad. Con la figura de Pedro I, Rey de Castilla en el siglo XIV, ocurre algo parecido. Su apodo como Monarca muda radicalmente según la crónica consultada. Y según el punto de vista. ¿«El Cruel» o «El Justiciero»? A tal extremo llegó la controversia y la importancia de su reinado como para que Isabel «la Católica» prohibiera siglos después que su antepasado fuera denominado como «El Cruel». A su vez, Felipe II insistió en que se le calificara de «Justo». Frente a la duda, la historiografía moderna ha tirado por el morbo y el sensacionalismo de imaginar a un Rey matando hormigas y fustigando al servicio. Hoy sigue siendo Pedro «El Cruel».

La herencia de su padre consistía en su tiránica amante y diez hijos bastardos

Pedro de Borgoña, hijo de Alfonso XI de Castilla, comenzó su reinado entre tempestades y lo acabó asesinado. La muerte del Rey en 1350 a causa de la peste, cuando solo contaba 40 años, entregó la Corona de Castilla a un imberbe Pedro I. Hasta entonces, el joven príncipe había estado aislado lejos de la Corte, donde sí estaban sus hermanos bastardos. La herencia envenenada de su padre, que también había tenido un gobierno convulso, consistía en su poderosa amante y en sus diez hijos bastardos, que acaparaban la mayor parte de los cargos y títulos de Castilla.

No obstante, al inicio del reinado fue su madre, María de Portugal, y el favorito de ésta, Juan Alfonso de Alburquerque, quienes ejercieron el poder efectivo. Y su primera decisión fue encerrar a la amante de su marido, la hermosa e influyente Leonor de Guzmán, cuando viajaba a Sevilla en el cortejo fúnebre del Rey. Desde su cautiverio, Leonor conspiró para convertir en Rey a su hijo Enrique, a la postre fundador de la Casa Trastámara.

Pedro I de Castilla era de carácter colérico, desconfiado, sufría con frecuencia paranoias a causa de una enfermedad infantil y desplegó una determinación salvaje contra sus enemigos, pero no se le puede describir como un sádico irracional. Frente al jurado de la Historia, podría alegar que su crueldad fue en defensa propia. Cuando Leonor de Guzmán concertó en secreto un matrimonio entre Enrique y la hija de Don Juan Manuel, un poderoso noble y autor de «El conde Lucanor», el Rey ordenó recluirla en el Castillo de Carmona, y poco después ejecutarla en Talavera de la Reina. Fue el primer acto señalado como cruel de su reinado, pese a que en realidad los historiadores han precisado que la decisión corrió directamente a cargo de su madre.

Sin el apoyo de los grandes nobles pero sí de la prominente comunidad judía y de ramas nobiliarias emergentes, como la Casa de Alba, Pedro I aumentó el comercio de Castilla con Flandes, reorganizó la administración de la justicia, fomentó la agricultura y la ganadería, y buscó soluciones a las dificultades para encontrar mano de obra como consecuencia de la Peste Negra. Tras superar en 1350 una grave enfermedad que estuvo a punto de acabar con su vida, Pedro convocó las polémicas Cortes de Valladolid, donde tomó medidas en contra de los privilegios de los nobles castellanos. Aquellas cortes iban a ser el germen de una rebelión masiva por parte de la nobleza.

Para apagar aquella rebelión, Pedro I no pudo contar con Juan Alfonso de Alburquerque, o al menos no en su bando. El Rey marginó al noble a raíz de su «malograda» boda con Blanca de Borbón. Tan solo dos días después de casarse, Pedro I abandonó a su esposa a causa del incumplimiento de las exigencias económicas por parte de Francia –el pago de 300.000 florines– y el desinterés mutuo entre los contrayentes. Además, la influencia de la amante del Monarca, María de Padilla, hija de un noble castellano de baja alcurnia, jugó a favor de la decisión de renegar de la francesa.

Un matrimonio de dos días inicia una guerra

El encierro de Blanca de Borbón en el Alcázar de Toledo provocó la ruptura de las relaciones con Francia, el acercamiento con Inglaterra, la caída de Alburquerque y una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades con la ayuda de los hermanastros del Rey. Sin embargo, Pedro I terminó en 1356 con estos primeros levantamientos y ejecutó a muchos de los líderes rebeldes. Su antiguo valido, Juan Alfonso de Alburquerque, falleció poco después de tomar Medina del Campo para su bando, probablemente envenenado por orden del Pedro I. Fue entonces cuando las crónicas afines le titularon «El Justiciero», mientras que las de su adversario y hermanastro, Enrique de Trastámara, empezaron a usar el apodo de «El Cruel».

Como la violencia suele engendrar todavía más violencia. Las luchas, lejos de extinguirse ahí, se extendieron en forma de feroz guerra civil. La alta nobleza tomó partido por Enrique, frente a las oligarquías municipales que lo hicieron por el Rey. Además, el enfrentamiento entre Pedro y su hermano Enrique cobró dimensión internacional con la intervención de fuerzas militares de Inglaterra y Francia, que todavía mantenían abierta la célebre Guerra de los Cien años.

Fadrique Alfonso, hermano gemelo de Enrique, fue asesinado por el Rey

La guerra se trasladó al Reino de Aragón en 1357, a causa del apoyo de estos a Francia en la Guerra de los Cien años. Enrique, junto con otros castellanos, tomaron partido a favor del Rey aragonés Pedro IV; y el Infante Fernando, hermano del aragonés, ayudó a Pedro I. Durante el choche entre los reinos hispánicos, que se inició con la conquista castellana del Castillo de Bijuesca y de Tarazona, la fama de cruel de Pedro I crecía al mismo ritmo que la senda de ejecuciones que dejaba a su espalda.

De vuelta a Sevilla, el Rey profanó los sepulcros de Alfonso X «el Sabio» y de la Reina Beatriz de Suabia en busca de las joyas de sus coronas para poder continuar la campaña militar. Pedro estaba dispuesto a arriesgarlo todo por mantener la Corona, incluso el reino.

Con la ayuda de mercenarios ingleses, el Rey arrebató a Aragón importantes ciudades como Teruel, Caudete o Alicante y sembró de odio el conflicto con más muertes de nobles. Fadrique Alfonso –hermano gemelo de Enrique de Trastámara– acudió en 1358 a Sevilla en busca del perdón real, donde fue prendido por sorpresa. Fadrique Alfonso logró huir hasta el patio del Alcázar, donde se alojaba, pero allí fue alcanzado por los soldados del Rey, quien, según algunas crónicas, dio muerte a su hermanastro con sus propias manos. Poco después quitó la vida al Infante Juan de Aragón y Castilla –hijo de Alfonso IV de Aragón–, y, como venganza contra otro Infante de Aragón, Fernando, por desertar de su bando, hizo matar a su madre, doña Leonor de Castilla en el Castillo de Castrojeriz.

Así y todo, la guerra pareció cambiar de color con la llegada de Bertrand du Guesclin, uno de los mayores estrategas de Europa, y la contratación de mercenarios franceses, las llamadas «Compañías blancas», en apoyo de Enrique de Trastámara. El nuevo rumbo quedó patente con la proclamación de Enrique como Rey de Castilla en Calahorra (1366) frente a la fuga de Pedro a Guyena, entonces una posesión inglesa al sur de Francia. Allí, Pedro obtuvo el auxilio del Príncipe Negro –el primogénito del Rey Eduardo III de Inglaterra– que se comprometió a pagar los gastos de la campaña a cambio del señorío de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales, y el del Rey de Navarra, también a cambio de territorios castellanos.

El cruel final del Rey: un duelo fratricida

El 3 de abril de 1367, el Príncipe Negro ganó la batalla de Nájera, en la que cayó prisionero Bertrand du Guesclin y Enrique tuvo que huir hacia Aragón. Con el ajusticiamiento de muchos de sus enemigos y la derrota de su hermanastro, el final de la guerra parecía por fin posible. Pero nada más lejos de la realidad, el Príncipe Negro, viendo que el Rey no cumplía sus promesas de pagos, salió de la Península Ibérica en agosto de ese mismo año. El avance de las tropas reales no tardó en perder empuje.

«Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor», afirmó Bertrand du Guesclin

En 1369, cuando la guerra volvía a favorecer al bando de Enrique, las tropas de Pedro I fueron sorprendidas en las cercanías del castillo de Montiel por las de su hermano, a quien acompañaban Bertrand du Guesclin y sus «Compañías Blancas». Tras ser derrotado, Pedro se encerró en la fortaleza. Y durante un intento de fuga, donde fue engañado por Bertrand du Guesclin, el Rey de Castilla acabó frente a la tienda de Enrique. Según la leyenda, el encuentro entre aquellos hermanos irreconciliables tuvo tintes de una obra de Shakespeare, pero sin dejar de lado la franqueza castellana:

-¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?

- ¡El hideputa seréis vos, pues yo soy hijo legítimo del buen Rey Alfonso! –respondió inmediatamente Don Pedro que fue el primero en iniciar el baile de metales–.

Se dice que habiendo desarmado Pedro a Enrique, Bertrand du Guesclin intervino sujetando al Rey por la pierna y haciéndolo girar, momento que aprovechó el bastardo para asestarle una estocada mortal. Después de la lucha, el caballero francés se justificó con su cita más conocida: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor». A continuación, la cabeza del Monarca fue clavada en una pica y exhibida entre las tropas. Con la muerte de Pedro I terminó el reinado de la Casa de Borgoña en Castilla y empezó el de la Casa de Trastámara, que casi dos siglos después llegaría a su final con la muerte de Fernando «el Católico».

¿«El Cruel» o «el Justiciero»? Nadie puede negar que Pedro I actuó con extrema dureza en su lucha contra los grandes señores de la nobleza y contra los de su propia sangre. Pero no hizo nada distinto al otro bando, salvo perdonarle la vida varias veces a ese mismo hermano que fue su verdugo. Enrique, el responsable de introducir el apelativo de cruel en las crónicas, fue llamado a la posteridad «el Fratricida». Un apodo igual de crudo que el de su hermano. Ambos, no obstante, mataron a hermanos y mostraron inusitados grados de violencia, incluso para el belicoso Reino de Castilla, durante la guerra que les enfrentó. Ambos pudieron recibir el apodo de su contrincante de ser otros los cronistas.

Fue la Historia, que la escriben los ganadores, la que puso la etiqueta a su conveniencia. Así, no es casualidad que Isabel «la Católica», también enfrentada al poder de los grandes nobles, que hacían y deshacían a su antojo durante su reinado, fuera la primera en censurar el apelativo de «el Cruel». Como tampoco lo es que Felipe II –quien encerró a la princesa de Éboli, de la poderosa Casa de los Mendoza, y desterró a Fernando Álvarez de Toledo, de la no menos poderosa Casa de Alba, a Uceda (Guadalajara) en el transcurso de un mismo año– insistiera en que Pedro volviera a ser «El Justiciero».