Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE)
Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE) - REUTERS

Continuismo y cautela del BCE y la FED

El economista Carmelo Tajadura advierte que «como venga una recesión y nos pille con los tipos en cero, no vamos a tener armas de política monetaria para luchar contra la misma»

CARMELO TAJADURA
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En los últimos días tanto el BCE como la Reserva Federal norteamericana han tomado decisiones relevantes. El 26-10 Draghi prolongó la compra de activos, aunque reduciendo su monto, y retrasó el inicio de la subida de tipos al menos hasta mediados de 2019. El 2-11 Trump ha propuesto a Powell como nuevo presidente de la FED, lo que equivale a un continuismo en la política monetaria y aleja el riesgo de rápidas subidas de tipos.

Los dos bancos centrales más importantes del mundo siguen así mostrándose muy cautos en la estrategia de salida de la política monetaria hiperexpansiva de estos años y, desde luego, muestran una gran aversión a la apreciación de sus respectivas monedas.

Empezando por el BCE, es evidente que acertó con sus medidas monetarias extremas, puesto que fueron decisivas para evitar una catástrofe económica en la zona euro. Pero no pueden ser eternas y ya estamos en otra coyuntura, con un crecimiento económico relativamente sólido y generalizado. Es cierto que la tasa de inflación aún está lejos del objetivo del 2%, pero tampoco hay, en absoluto, peligro de deflación y quizás los bancos centrales debieran acomodarse a un nuevo paradigma. Cada vez más analistas piensan, como Alemania, que el grado de laxitud monetaria actual es excesivo y no procede. Entonces, ¿por qué prolonga Draghi la QE? Pues, aparte de por huir del espectro de Trichet (que hizo movimientos demasiado tempranos), para evitar que el euro se aprecie todavía más. Y ya lleva bastante revalorización este año, desde 1,05 en que empezó hasta los más de 1,16 dólares actuales (¡menuda visión la de algunos bancos de inversión que pronosticaron la paridad entre ambas divisas…!). Un euro más fuerte haría todavía más difícil cumplir el objetivo de inflación, porque abarataría los precios de importación, y perjudicaría al crecimiento económico y el empleo europeos.

Al otro lado del Atlántico, Trump siempre se ha mostrado partidario de un dólar débil para fomentar la producción nacional. Entre los candidatos para la FED destacaba por su perfil académico Taylor, un prestigioso profesor en Stanford que ha dado nombre a la regla de Taylor, mecanismo para determinar el nivel apropiado de tipos de interés en función del empleo, la inflación y la brecha del PIB potencial. Pero esa regla llevaría a tipos de interés significativamente más elevados que los actuales y apreciaría el dólar. Sin duda, eso ha influido en Trump para descartarle. En cambio, Powell, en la FED desde 2012, significa continuar la muy exitosa política de estos últimos años. Que ha ido revirtiendo con suma cautela la enorme expansión monetaria: dejó poco a poco de comprar nuevos bonos, empezó luego a subir los tipos con lentitud y empieza ahora a reducir la cartera de activos constituida así como el dinero creado para comprarlos. Y además Powell tiene otra ventaja para Trump y es que parece más proclive que Yellen a aprobar la desregulación que pretende en el sistema financiero.

En definitiva, en Europa vamos dos o tres años por detrás de la FED en la instrumentación de la salida. Como venga una recesión, y nos pille con los tipos en cero, nos vamos a encontrar sin armas de política monetaria para luchar contra la misma. La paradoja es que, sin embargo, el euro ha recuperado ya una buena parte de su valor respecto al dólar. Así que la fortaleza de nuestra divisa impulsa al BCE a prorrogar la laxitud monetaria. Pero, sus efectos perjudiciales son crecientes. Porque, por ejemplo, tiende a propiciar burbujas, define un coste de capital artificialmente bajo que fomenta inversiones poco productivas, o dificulta la recuperación de los bancos.

Precisamente, el colmo sería que nuestro sector financiero resultara doblemente damnificado: por unos tipos en mínimos durante más tiempo que en EE.UU.; y además por la desregulación que pretende Trump para los bancos americanos, sobre todo si los nuestros siguieran con la enorme carga regulatoria que se ha ido implementando.