Botín ahora dice no a Orcel y los fondos se quedan sin nuevo... ¿presidente?

¡Qué difícil se me hace -y no solo a mí, es un clamor generalizado en medios y sector- creer que todo el mundo, empezando por Botín, no supiera la realidad de las condiciones y el coste de su fichaje estrella para el puesto de consejero delegado!

María Jesús Pérez
Madrid Actualizado: Guardar
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Lo del fichaje frustrado del italiano Andrea Orcel como nuevo consejero delegado de Banco Santander -CEO, le gustará más a su presidenta, Ana Botín- me suena a la misma cantinela de siempre en lo que se refiere a las presiones que soporta la entidad de aquellos que tienen el capital en su poder y dudan de su gobernanza. Me refiero a los fondos, claro. Más «buitres» que nunca al parecer. Blackrock con un 4,49% del capital de la entidad financiera y Capital Research and Mangement con el 3%. Y puedo imaginar que a Botín también le suena, una vez asesorada convenientemente quizás, y muy a tiempo, por aquellos que la mantienen bien informada y arropada -lo mismo, los Borja Prado, Jaime Castellanos o el propio Rodrigo Echenique, su mano derecha, entre otros- en cuanto el runruneo pasa a ser más que eso y se convierte en ataque peligroso con nocturnidad y alevosía. Una situación que ya sufriera en sus propias carnes pero en diferido, porque lo vivió una y otra vez su antecesor en el cargo, su propio padre, Emilio Botín.

Pues bien. Cuando todo el mundo daba por hecho que el bueno de José Antonio Álvarez se retiraría pacíficamente para dejar paso a Orcel como nuevo CEO el próximo mes de abril, Botín dijo ahora «no» y dio marcha atrás. El pasado martes, 14 de enero, lanzaba un comunicado a medios y Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) con el anuncio de que el fichaje no podía ser. Era muy caro, por el coste que debía asumir (¿de repente?): 50 millones de euros de las remuneraciones diferidas acumuladas por el ejecutivo bancario en su anterior puesto en el banco de inversión suizo UBS.

¡Sorpresón! ¿Cómo era posible? ¿Por qué? ¡Con lo que había costado el proceso de búsqueda, «exhaustivo» y asesorado por profesionales externos, del que surgieron varios candidatos y con todas las cifras contractuales sobre la mesa! El elegido por unanimidad del consejo, dijeron entonces, era, en cualquier caso, un viejo conocido del banco, al que ha asesorado con asiduidad desde operaciones tan lejanas ya como la compra del británico Abbey en el 2004. Un perfil de banquero de inversión que, si no existiera la participación mayoritaría de los fondos en el Santander -que si pueden no dejan de presionar en esa línea de estrategia de negocio a futuro-, resultaba sorprendente en una entidad centrada en la banca comercial con particulares y empresas. Por entonces, Botín dejaba claro que no implicaría un cambio de estrategia. ¡Pues ya está! Razón de más para que «otros» accionistas del banco, díscolos y críticos siempre con el clan Botín al frente del Santander (los fondos, claro) apostaran más por Andrea Orcel como nuevo... ¿presidente? Más que certeza, es intuición...

Orcel ha trabajado durante muchos años asesorando a Emilio Botín, anteriormente (hasta su triste fallecimiento en septiembre de 2014), y a su hija Ana Botín, después, en sus operaciones corporativas y demás movimientos millonarios en los mercados. De hecho, es seguro decir que sabe más sobre Santander que muchos en el banco. Precisamente la razón por la que la presidenta tenía plena confianza en la idoneidad del fichaje. Las buenas relaciones entre una y otra entidad se estrecharían más si cabe y el beneficio mutuo sería también mayor.

¡Qué difícil se me hace -y no solo a mí, es un clamor generalizado en medios y sector- creer que todo el mundo, empezando por Botín, no supiera la realidad de las condiciones y el coste de su fichaje estrella para el puesto de consejero delegado! Más si cabe cuando pasó por manos de prestigiosos abogados y por las comisiones de nombramientos y retribuciones que estudian y firman todo al milímetro. Aunque lo mismo en el Santander confiaron -pecando de ingenuos si hubiese sido así-, y en base a esa mejora futura de relaciones «laborales» entre ambas entidades tras el fichaje, en que tanto UBS como Orcel llegarían a un acuerdo mutuo respecto a esos 50 millones para la rescisión del contrato, sin coste para el banco español.

No me convence. Ni a mí ni a casi nadie. En definitiva, recuerden que la familia Botín, que cuenta con una participación muy minoritaria en el banco, siempre lo ha dirigido de facto durante más de un siglo. Y absolutamente siempre los fondos, con más capital que nadie, han cuestionado su gobernanza. Y Orcel podría (¿y quería?) haber cambiado la tradición. Pero... son suposiciones...

María Jesús PérezMaría Jesús PérezRedactora jefeMaría Jesús Pérez