El peligro de trabajar como chinos
Un grupo de trabajadores originarios de la zona rural de china, conocidos como«mingongs» - Alvaro Ybarra Zavala / ABC

El peligro de trabajar como chinos

Li Yuan, un publicista chino de 24 años, es la última víctima que se ha cobrado el «karoshi», la muerte por exceso de trabajo

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«Karoshi» es una palabra que no existe en castellano. El concepto que define ni siquiera suena sensato en occidente. «Karoshi» en japonés, «gwarosa» en coreano o «guolaosi» en chino significa «muerte por exceso de trabajo».

Unas 600.000 personas mueren en su puesto de trabajo en China como consecuencia del estrés y el agotamiento cada año, según las estadísticas de las Juventudes del Partido Comunista. Jornadas laborales de 16 horas, salarios irrisorios y ausencia de derechos regulan el engranaje productivo diseñado por el comunismo chino. La última víctima fue Li Yuan, publicista chino de 24 años que murió de un ataque al corazón después de hacer horas extra en la oficina y que saltó a los titulares de medio mundo hace dos semanas.

Influido por la filosofía confuciana, «el oriental vive para trabajar» a diferencia del occidental, que «trabaja para vivir», explica el profesor Julián Pavón, Catedrático y Director de la CEPADE.

La economía asiática crece frenéticamente y si hace falta tira por la borda a aquéllos que no son capaces de aguantar el ritmo. Pero el hecho es que obtiene resultados. Resultados contra los que (de momento) no podemos competir.

«Devorados por el dragón»

Fumiaki Matsumoto es el responsable de Nissan en España. En una de sus visitas más recientes a nuestro país expresó uno de los mayores temores entre los fabricantes de automóviles con fábricas en Europa ¿Como mantener los precios de venta final de los turismos? «El coste laboral en China es un 10% del que se registra en España. Y en la India llega al 3%. Con esos datos no podemos competir», se lamentó el directivo nipón, quien sostuvo la necesidad de mejorar el proceso de producción.

Matsumoto, como la mayoría de los que tienen fábricas en Europa es consciente de que no puede hacer nada contra la segunda economía mundial: la fábrica del mundo.

«China es el acontecimiento político económico y social más grande del siglo XXI y es a la vez la base de las políticas económicas que se están desarrollando en el resto del mundo», sentencia Julián Pavón. El profesor define este modelo de crecimiento económico sin precedentes como «expansión económica parasitaria».

El milagro se obró así. En primer lugar «los chinos crearon empresas chinas que empleaban chinos para vender productos chinos en Europa», explica el profesor Pavón. Más tarde los ingresos que estas empresas obtuvieron a través de los consumidores españoles (y de los occidentales en general) entran en sus bancos en forma de un enorme volumen de divisas. En ese momento China ya no era solo la fábrica del mundo, sino la banca del mundo. Los bancos chinos ICBC y China Construction Bank destronaron recientemente a las estadounidenses Exxon Mobil y JPMorgan como las mayores empresas del mundo que cotizan en bolsa. «Con ese dinero, China puede comprar el mundo», sentencia Pavón

En una segunda fase, China utiliza sus depósitos para hacer inversiones estratégicas en materias primas «fundamentales» y a su vez atraer inversión extranjera a su país y enviar a sus mejores trabajadores a las grandes compañías tecnológicas de Europa y Estados Unidos. Cuando regresen a casa se llevarán consigo el "know how" (saber hacer), el conocimiento técnico imprescindible para fabricar por uno mismo un determinado producto.

Nacen entonces empresas estrictamente chinas que compiten con sus viejas mentoras y que por los bajísimos costes laborales les ganaran la partida. «Son las compañías chinas que a partir del año 2005 compraron a las empresas occidentales», explica Pavón.

El resultado es por una parte un espectacular despegue tecnológico chino y por otra «la desindustrialización del mundo occidental». En palabras de Pavón: «el dragón chino nos está engullendo a todos».

Una pareja de ensueño

El primer ministro chino, Li Keqiang, concluyó el pasado lunes su primera visita a Berlín con una alabanza a la economía alemana y una apuesta clara por estrechar la cooperación bilateral.

«El 'Made in China' aún se está gestando. El 'Made in Germany' ya está asentado. Si nos combinásemos de manera ideal y óptima, seríamos una pareja de ensueño», aseguró Li en un encuentro con empresarios de ambos países que copresidió junto al titular alemán de Economía, Philipp Rösler.

La hermandad puede sonar absurda pero no lo es. Para empezar Alemania es el principal socio comercial de China en Europa: cerca de la mitad de las exportaciones de la UE al gigante asiático son a través de Berlín.

El híbrido del comunismo chino y el ordoliberalismo alemán beben de las mismas bases económicas. Aunque aún no ha alcanzado el ritmo del galope de los chinos, esta Unión Europea capitaneada por Alemania también busca un crecimiento económico basado en las exportaciones, la bajada de los salarios y los recortes sociales. Pero hay un escollo en esta alianza perfecta: los derechos humanos.

Li expresó su confianza en que los "problemas temporales" entre la Unión Europea (UE) y China en esta materia se superarán con rapidez, mientras el portavoz del Gobierno alemán, Steffen Seibert aseguró que pese a que la reunión había sido "enriquecedora" el problema de los derechos humanos nunca "dejó de estar sobre la mesa". Pero el hecho es que las alianzas económicas con China son cada día más importantes y su buena salud económica es imprescindible para la estabilidad mundial.

«China tiene tanto atractivo para Occidente, que se pone una venda en los ojos para no ver las condiciones de semiesclavitud en las que vive la gente», considera Pavón.

La imagen que ilustra este artículo muestra a un grupo de trabajadores originarios de la zona rural de China, conocidos como«mingongs», haciendo los preparativos para el Año Nuevo Chino. La escena recuerda inevitablemente a aquella mítica imagen, «Almuerzo sobre un rascacielos», donde un grupo de inmigrantes obreros descansan sobre el "skyline" neoyorquino. La fotografía cumplió 80 años en 2012. Desde entonces todos han bailado al son de Estados Unidos: sus ciclos económicos, sus estructuras políticas y hasta su cultura son el molde con el que se mide el mundo.

Los analistas económicos coinciden en que este modelo es caduco y nos dirigimos a un mundo panasiático, donde será China la que marque el signo de los tiempos. Un mundo en el que lo deseable sería que los obreros sigan teniendo tiempo de almorzar y nadie muera nunca de "Karoshi."