Wawrinka celebra un punto durante la final de Roland Garros - AFP
Roland Garros

Wawrinka destroza el sueño de Djokovic

El suizo, con un partido memorable, remonta ante el serbio y le deja sin Grand Slam al imponerse en la final de París

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En París, cuando todo estaba listo para la gloria de Novak Djokovic, emerge la figura de Stanislas Wawrinka, que se consagra en una final memorable. Sin que nadie contara con él, el suizo conquista Roland Garros y priva al serbio de la victoria de su vida, a las puertas una vez más de completar el Grand Slam. Gana Wawrinka, gana por 4-6, 6-4, 6-3 y 6-4, y confirma que es un jugadorazo como la copa de un pino, brutal lo que ha hecho en la arcilla francesa. El 6 de junio, que era el día de Djokovic, pasa a ser el día de Wawrinka. [ Las mejores imágenes de la final]

Es incomprensible el desarrollo de la pelea, y más viendo que Djokovic se apunta el primer set, lanzado hacia el triunfo que más deseaba. Pero no será en 2015, devorado por un rival que le saca a base de palos, un rival que firma 60 ganadores por los 30 del serbio. Es el doble y la cifra lo dice todo, asombrosa la capacidad del helvético para armar el brazo.

A la hora del café, con una Philippe Chatrier a rebosar, Djokovic afronta la final de su vida. No es una más, es el día que tanto tiempo había esperado, y termina por ser una pesadilla. Es cierto que antes optó dos veces al título, pero siempre se cruzó con el mejor Rafa Nadal, al que esta vez despachó en cuartos para despejar de árboles el bosque. Desde entonces, Djokovic luchaba contra sí mismo, contra la ansiedad, y contra Wawrinka, demasiados elementos en contra que no sabe gestionar bien.

Fue un partidazo digno de una final de Grand Slam. A los 43 minutos, Djokovic se apuntó el primer set. Estalló con ese «¡Idemo!» ensordecedor («vamos» en su idioma) y se le daba por vencedor seguro, dominador en todo momento de una situación idílica. Sol, temperatura agradable y confianza, fundamental esa seguridad para ir de conquista en conquista. Se intuía un triunfo por mera inercia y el resultado fue todo lo contrario.

La derrota más dolorosa de su carrera llegó ante un rival valiente, un rival de sombrero que dignifica la gesta. El suizo, avalado por un poderoso saque al que también le da colocación, se esmeró en prolongar al máximo la batalla, agresivo desde el fondo de la pista como acostumbra, y le salió a las mil maravillas. Después del Abierto de Australia de 2014, ya tiene dos grandes en su mochila.

En el prólogo, el número uno del mundo abarcaba tanta pista que devolvía cualquier misil, asombrosa esa capacidad que tiene para deslizarse por la pista. Wawrinka, con ese inimitable revés a una mano que da gusto ver, iba de palo en palo y se desesperaba porque veía que es imposible. Además, su problema es que no tiene más patrón que ese, escaso de variedad ante una roca indestructible.

El partido fue precioso de ver, un ritmo brutal para empezar con un punto de 39 intercambios en el primer juego. Hay riqueza y pasión, un debate con argumentos que se desequilibra en el séptimo juego. Wawrinka pierde su saque en blanco con una doble falta y ese desliz le cuesta el set, aunque salva dos bolas con puntazos que ponen a la gente de pie y disfruta incluso de una bola de break que Djokovic resuelve sin dudas.

Sin embargo, Wawrinka no se rinde, no quiere irse tan pronto de una pelea en la que aguanta el tipo con orgullo. El tortazo de la primera manga no parece alterarle y mantiene la misma estrategia, como un martillo automático que le da a todo. Djokovic lo pasa mal cada vez que saca y al final, en el décimo juego, entrega su servicio de manera lastimosa. Set iguales y enfado descomunal del balcánico, que destroza su raqueta y se lleva un abucheo y la amonestación del juez de silla.

En esa fase de la tarde, Wawrinka parece más suelto, más decidido. Sabe que sus opciones pasan por no prolongar demasiado el encuentro, pues una etapa a cinco sets le dejaría en clara desventaja por una cuestión física. Pero Djokovic tampoco anda fino, desesperado y fuera de sí. Ha sufrido mucho en el bombardeo y por primera vez se ve devorado por el oponente. Los gestos, los gritos y los puños son del helvético, que encima establece una cercana comunión con la gente de la Chatrier.

El balcánico, y es noticia, está amargado. Peligra el título, peligra su matrimonio con la gloria y no encuentra la manera de desactivar el brazo del helvético. Se le llama «Stanimal» por cosas como la que ha hecho en Roland Garros, pues aunque salga derrotado siempre se le recordará ese mérito. Dispara la estadística de ganadores, saca a 218 kilómetros por hora y se pone dos sets a uno.

Djokovic siente en ese momento lo más parecido al miedo. Le pasan mil cosas por la cabeza, demasiadas emociones concentradas en la pista, pero tiene recursos y por algo es el mejor del planeta. Hiperventilando, aparentemente asfixiado, toma la iniciativa en el cuarto set y desperdicia el 3-0. Se ve, en un periquete, con 3-3 y 15-40 en contra, más cerca que nunca de caer al precipicio. Qué final, qué maravilla.

Es una montaña rusa de emociones, idas y venidas sin que nadie se atreva a pestañear. Djokovic tiene 0-40 y se le escapa la renta de forma definitiva, condenado por sus propios errores y porque se le encoge el brazo, incapaz de controlar los misiles que le llegan desde el otro lado de la pista. El partido termina como no puede ser de otro modo, con un revés paralelo de Wawrinka, un golpe para rememorar. Como su gesta en el día de Djokovic. París, el París de Nadal, pasa a las manos del otro suizo.