España: tragos de excelso fútbol ante la Vinotinto
Roberto Soldado festeja uno de los tres goles que marcó a Venezuela - AFP
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España: tragos de excelso fútbol ante la Vinotinto

Exhibición de juego de la selección de Del Bosque, que dejó sin opción a Venezuela

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Había empezado el partido y ¡cáspita! ya se había acabado la primera parte. ¿Por qué? Porque estaba toda España y medio mundo con la baba caída, viendo un espectáculo sin igual. La campeona en ejercicio desplegando su potencial, toques de todo tipo por aquí y por allá, enanos pululando con una velocidad de vértigo por todas las parcelas del campo y ¡pum!, en un descuido los tenías en los mismos cordajes de las redes. [Así narramos el partido, minuto a minuto]

No estaba Xavi, ni Pedro, ni Villa, pero daba igual. Todos se han aprendido la lección, todo tocan a doscientos por hora, sin mirar, con mecanismos de talento innato, una lección admirable de fútbol que deja a la altura del betún a todos esos entrenadores rastreros del pelotazo y el uno cero. Se caía la baba y, en el trance, se nos fue el tiempo.

Venezuela, justo es decirlo, lo intentó al principio. Ha mejorado cantidades industriales en su juego desde que España le metió un buen meneo a domicilio. Con una actitud ejemplar y ambición heroica, buscó jugar de tú a tú a la azul (da igual el color, importa la estrella). Lo consiguió durante ocho o diez minutos, pero en cuanto los pequeños empezaron a conectar aquello se acabó. [Estadísticas]

Tiene que ver con Silva, y también con Iniesta, que parecen clones. Se encuentran y empiezan a tocar en un ladrillo mientras los demás lanzan patadas al aire intentando cazar moscas con palillos, como el entrañable Pat Morita en «Kárate Kid». Sibilinamente, con una seda invisible atrapándoles, los venezolanos se vieron arrinconados contra su propia aérea, a la espera del mazazo definitivo. En 20 minutos España había hecho seis claras ocasiones de gol y haría otras cuatro más antes del final, las dos últimas acabadas en gol.

Fueron dos obras maestras, unos bocetos que ni el propio Tiziano habría conseguido. En el primero España tocó 25 veces para acabar como Pelé, haciendo una pared con el contrario para que Iniesta la colocara suavemente, con maldad maquiavélica, en el rincón de la Vinotinto. Casi inmediatamente, otra combinación de Cesc con Silva «toma, te doy, dame», acabó con otra rosca de zurda del canario a la red rival. Dos a cero y, más allá de eso, una exhibición de fútbol increíble, una joya de primera parte para guardar en la videotecas y enseñarlas en los colegios de cómo se debe jugar al fútbol de verdad.

Venezuela, es de caballeros reconocerlo, se agrupó como pudo, no lanzó ni una patada y siempre intentó salir. Tuvo orden y sufrió con los dientes prietos sin rechistar, haciendo el fútbol que le dejaban, que era poco porque pronto perdía el balón. Sin embargo, aún encerrada, se defendió con valor y coraje.

Joyas en el banquillo

Salieron Cazorla y Soldado y lo que antes era una exhibición adquirió caracteres de escándalo en el tercer gol, que fue lo nunca visto. Tiqui taca en medio ladrillo, regate con el amago de una ceja de Cazorla y remate a la remanguillé de tacón, como si se estuviera tomando una caña, de Soldado. Este, que tiene navajas en las botas que te apuñalan por doquier, firmó la defenestración de Venezuela (y quizás de Torres) con otro gol a pase de Arbeloa. En la borrachera de juego cayó Amorebieta en un penalti de libro a Soldado. Este buscaba el «hat trick» pero falló el penalti, aunque dejó a Venezuela con diez, a expensas de una goleada de escándalo.

El resto fue un baile porque los venezolanos, hartos de correr tras el balón, ya no llegaban a nada. Soldado marcó el tercero propio en un jugadón de Jordi Alba y ahí se acabó la fiesta de España. Y el vino...