Fórmula 1

Leclerc, una amenaza para Vettel

El piloto de 21 años, criado en las calles de Mónaco, dice que no quiere ser el segundo de Ferrari por mucho tiempo

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Alcanzar la cumbre de la Fórmula 1 suele suponer una escalada repleta de obstáculos, dispendios económicos y fines de semana con la maleta a cuestas por los circuitos del mundo que no siempre coincide con una recompensa. Las expectativas de los patrocinadores no se cumplen, el dinero se acaba o las puertas se cierran. Pero muchas veces el talento se impone al saldo de la cuenta corriente y, como en el caso de Charles Leclerc, era una cuestión de saber cuándo se uniría a la elite del automovilismo más que de cuántos miles de euros le costaría. La Fórmula 1 celebra el advenimiento de un nuevo fenómeno. No siempre ganar es el cauce para generar admiración. Leclerc no venció en Bahréin, pero su exhibición permanece en la retina de los seguidores de la Fórmula 1.

El quíntuple campeón Lewis Hamilton, más que nadie, ha expresado la admiración y la rabia que provocó la actuación del chico de Mónaco, líder de la carrera durante 41 vueltas con una solvencia desusada para un cuasiadolescente de 21 años que sometió a su compañero Vettel, cuatro veces campeón del mundo, y al propio Hamilton antes que su motor Ferrari se desvaneciese. «Qué día tan dramático. Fue muy duro y di absolutamente todo lo que tenía. Charles, no fue tu día, pero tu futuro es muy brillante. Has conducido genial», escribió el inglés en las redes sociales.

Antes de que se inaugurase el Mundial en Australia, Fernando Alonso anticipó lo que se venía en un pronóstico de riesgo. «Apoyaré este año a Charles Leclerc y, claro, a Sainz», expresó en virtud de un afecto mutuo que también había expuesto el monegasco. «Fernando era el piloto que yo veía de niño en la tele cuando tenía cinco años, en Mónaco. Así que competir contra él es de locos. Aprendí el doble luchando contra él que contra otros pilotos».

Leclerc conduce para Ferrari, la escudería más simbólica que lo ha protegido bajo el paraguas de su Academia de Pilotos desde hace tres años. El curso anterior debutó en el volante de Sauber, uno de los equipos más débiles de la parrilla y que supuso un trampolín para el cachorro de Mónaco. En solo ocho carreras igualó el registro de puntos que su compañero Ericsson había logrado en 83 grandes premios. La F1, Ferrari, Alonso, todos habían detectado el talento.

Algo parecido ha sucedido desde su desembarco en Ferrari. En Australia solo fue un segundo más lento que Vettel después de 58 vueltas. Y en Bahréin el novato prendió la mecha de la motivación: consiguió la pole y dio un recital hasta que el Ferrari palideció. Iba camino de su primera victoria y el chasco no lo hundió. Reaccionó con entereza en las entrevistas, mantuvo el pulso alto, envió un mensaje en positivo, ascendió al podio.

El chico es ambicioso, como demuestra en la pista y en su verbo fácil. «Entiendo que una escudería debe tener un primer y un segundo piloto. Pero yo no quiero ser el segundo durante mucho tiempo».

Pese a su juventud, el automovilismo ya ha curtido a Charles Leclerc, quien se ha acostumbrado a digerir la fatalidad y la desgracia. Hace dos años, durante el transcurso del Gran Premio de Azerbaiyán, murió su padre, Hervé Leclerc, expiloto de Fórmula 3 que no adquirió fama en la elite, y que fue víctima de un progresivo deterioro por el cáncer. A pesar de la agitación emocional, el joven Leclerc, que tenía 19 años, disputó la carrera de F2 y ganó. «Las carreras fueron todo para él, él era mi mayor fan y todo lo que quería era que ganase carreras. No podía derrumbarme», dijo.

En Mónaco también hay clase media, no solo ricos. La familia de Leclerc era una más. El joven prodigio que ahora asombra en este deporte se crió con el rumor de los monoplazas pasando por su barrio en el GP más renombrado. En Mónaco conoció a su mentor, el fallecido Jules Bianchi. El padre del piloto francés tiene una pista de karts en Brignoles, entre Marsella y Niza, y allí comenzó su periplo en los karts, la catapulta que lo ha impulsado a la F1 con todos los honores. «Me gusta el peligro, la adrenalina. La necesito para correr. Lo que pasó con Jules fue muy triste, pero nunca he pensado en dejar de competir».