Usain Bolt, bronce en el Mundial de atletismo de Londres 2017
Usain Bolt, bronce en el Mundial de atletismo de Londres 2017 - REUTERS
Mundial de Atletismo

Justin Gatlin envenena la despedida de Usain Bolt

El atleta, abroncado por su pasado de positivos, gana la última final de 100 metros al jamaicano, que acaba tercero

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Un escalofrío sacudió el alma del atletismo y los cimientos del estadio Olímpico de Londres con la noche cerrada y el pálpito del planeta dispuesto a aplaudir por última vez a Usain Bolt. Algo parecido al veneno partió en dos la fiesta que se anunciaba. La despedida del mayor atleta de la historia, del velocista único con un magnetismo sin igual, concluyó con la victoria de su rival acérrimo en todo orden y circunstancia, el apestado Justin Gatlin. El americano, sancionado dos veces por dopaje, castigado ocho años, condenado finalmente a cuatro sin aparecer por las pistas, triunfó en el adiós de Bolt con un marca que no pasará a las hemerotecas (9,92) pero que desmadejó todo la parafernalia que se cernía sobre el caribeño.

La peor versión de Bolt (9,95) acabó tercero, también superado por el novato Christian Coleman (9,94). El circunspecto Gatlin, al que ha abroncado el público en Londres y en Río cada vez que lo han presentado, se llevó el dedo al labio en un gesto de rabia. Mandó callar a todos. Hoy el protagonista es él, aunque el mundo quiera lo contrario.

Bolt exhibe una sonrisa forzada, sin el aura angelical que ha envuelto cada una de sus apariciones estelares en los Juegos, los Mundiales o los actos promocionales. No contagia ni hechiza con sus gansadas, sino que vive consciente de la limitación. Él mejor que nadie sabe que ha llegado el final con todas las letras. Se puso a sí mismo fecha de caducidad y en Londres, en el estadio que lo encumbró en 2012, descubrió que había estirado demasiado el elixir de la eterna juventud.

El rostro tenso antes de partir, al igual que el gesto denodado de máximo esfuerzo y mandíbula prieta durante la carrera, hicieron maldecir el presagio. El tiempo, ese juez insobornable, también ha descontado hojas del calendario del caribeño, de su físico imponente. El silencio se había hecho antes entre las 65.000 almas que rindieron reverencia a Bolt con una genuflexión mística. Respeto absoluto para el individuo que con su sonrisa y sus piernas cambió la historia del atletismo, lo sacó de su tendencia al mutismo y la sigilosa ocultación. Nadie se mueve cuando el tótem agacha el torso, descansa su peso sobre las rodillas y las manos extendidas y orienta de 25 a 40 grados la inclinación de los tacos para tomar impulso sobre las pierna de apoyo explayada.

El mismo público había condenado a los infiernos a Justin Gatlin. No querían que apareciese en la santificación del gran Usain. Su apellido fue increpado con saña, como todos los días en Londres, como el verano pasado en los Juegos de Río sin ninguna compasión ni puerta al perdón. Gatlin ha dado dos veces positivo por anabolizantes y fue castigado casi de por vida. A los 35 años, sin conocer una alegría en su rostro, agachó la cabeza mientras todo el estadio, todo el mundo, lo escupía y se predispuso una vez más a quedar segundo, como toda la vida frente a Bolt.

El instante de la salida es un estallido general, una liberación en la que el público corre cada metro con el jamaicano, cada una de sus célebres 41 zancadas desde la raya a los 100 metros. La grada no solo corre, sino que ejecuta cada movimiento con Bolt en una sintonía que sobrepasa el lugar común del rugido. Es un clamor que empuja y conmueve. Pero Bolt ha salido mal y el túnel se vuelve negro porque la aceleración deslumbrante no llega, ese genial ramalazo de superdotado. El novato Coleman le aventaja en un suspiro y se anuncia su victoria. Bolt, que ha perdido velocidad con los años (9,58 en 2009 y 9,95 ayer), no ejerce un efecto aspiradora sobre sus enemigos, sino que se queda atrás, rezagado. No da tiempo porque es un suspiro, pero la gente se frota los ojos, ya que la figura que emerge por detrás, como arrastrado por la corriente, es Justin Gatlin, el maldito.

No hay foto finish en la meta. Ha ganado Gatlin y ha perdido Bolt, tercero incluso, desbancado también por Chris Coleman. El veterano vencedor tiene un gesto de decencia y gentileza simbólica. Se arrodilla ante Bolt al traspasar la línea, lo mitifica en nombre del atletismo. El jamaicano queda traspuesto, pero reacciona con honor. Da la vuelta al estadio, se hace selfies, agradece la estima...

Gatlin, la imagen del mal, manda callar a la gente y desaparece con la misma velocidad que ha triunfado. No quiere un escarnio después de la gran alegría de su vida. «Te lo mereces», le dice el dios derrocado.