Daniel Albaladejo y César Sarachu, en una escena de «Reikiavik»
Daniel Albaladejo y César Sarachu, en una escena de «Reikiavik» - SERGIO PARRA
crítica de teatro

«Reikiavik», de Juan Mayorga: la vida (infinita) de los otros

El teatro Valle-Inclán presenta esta obra, inspirada en el mundial de ajedrez de 1972 entre Fischer y Spassky

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El teatro, y el mundo en general, puede ser concebido como un tablero de ajedrez en el que se juega la gran partida de la vida, o muchas partidas simultáneas en las que los ápices de lo particular se engarzan en la frondosa ramificación de lo universal. El ajedrez como aventura vital, o como otra forma de existir y ser, es la columna vertebral de «Reikiavik», el motor que mantiene su activa respiración para, con el pretexto de recrear un acontecimiento épico de la historia de este deporte: la disputa en 1972 del campeonato del mundo entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa, interrogarse e interrogarnos sobre cómo la vida de los otros puede ser un espejo donde contemplar (y vivir) la nuestra.

Juan Mayorga coloca en el centro del escenario un tablero de ajedrez en la mesa de un parque, un muchacho se acerca y observa la posición de las piezas. En seguida un atrabiliario personaje le anuncia que mueva como quiera y en cuatro movimientos le dará jaque mate. Así abre la puerta del interés del joven, inquieto porque debe realizar un examen final. Otro personaje se une al dúo; el primero responde al nombre de Waterloo, y asume el rol de Fischer, y el recién llegado, Bailén, se mete en la piel de Spasski. El objetivo del no preparado pero tampoco casual encuentro es reproducir una vez más «El duelo del siglo», siguiendo ritual y meticulosamente lo relatado en un librito de ese título sin apartarse de lo narrado aunque permitiéndose variantes.

Son un augusto y un carablanca, Vladimiro y Estragón al servicio de un Godot siempre igual y siempre diverso. «Es más fácil vivir la vida de los otros. Es lo que hace todo el mundo, vivir la vida de los otros, pero aquí sabes que lo haces», responde Bailén cuando el chico le pregunta por qué hacen eso. Y el público, tan subyugado como el joven testigo, una suerte de elegido para incorporarse a la ceremonia, asiste a la pugna entre los dos colosos del ajedrez impregnada de política y razones íntimas.

Refiriéndose a su obra «Hamelin», Mayorga ha escrito que «el origen del teatro, y su mayor fuerza, está en la imaginación del espectador», que debe poner, «la escenografía, el vestuario, y muchas cosas más». Ahí están también las claves de la limpia y enérgica puesta en escena de este texto al que tal vez le sobre un cuarto de hora para ser más redondo. Con muy pocos elementos viste a los protagonistas y a otros personajes que aparecen al influjo de la narración: la esposa de Spasski, un asesor, el árbitro, un guardaespaldas, Kissinger… La iluminación de Gómez-Cornejo arropa este brillante ejercicio de humor, inteligencia e imaginación tan bien interpretado por César Sarachu y Daniel Albaladejo que son, respectivamente, un Fischer expresivo, frágil, torrencial, y un sobrio Spasski con la fuerza y la precisión del trapecista que sustenta el vuelo de su compañero, además de otros muchos personajes que desfilan ante la mirada atónita del muchacho encarnado con gracia pasmada por Elena Rayos.