Adele posa con sus cinco Grammy - GTRESONLINE

PREMIOS GRAMMY 2017Davie Bowie resucita para reinar desde el más allá en otra gran noche de Adele

Los Grammy confirman su idilio con la cantante británica y saldan su deuda histórica con Bowie un año después de su muerte

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Por más que los Simpson aprovechen cualquier ocasión para chotearse de los Grammy y despacharlos como un montón de chatarra sin brillo ni valor, lo cierto es que los galardones de la Academia Nacional de Artes y Ciencias Gramofónicas siguen siendo el mejor termómetro para tomarle la temperatura a la industria musical y confirmar que, en esto del pop superventas, no hay quien le haga sombra a la todopoderosa Adele.

La británica, protagonista por partida doble tras olvidarse de la letra del «Fastlove» de George Michael, fue la reina absoluta de la velada con cinco galardones; entre ellos, los de mejor canción por «Hello» y mejor álbum por «25». Y no solo eso: la estrella inglesa hizo historia al repetir el triplete de canción, grabación y disco del año que ya consiguió en 2012, un hito que nadie había logrado antes.

Ni siquiera Beyoncé, pletórica en el año del espléndido «Lemonade» y desbordante en una actuación en la que se transformó en una suerte de diosa de la fertilidad chapada en oro, consiguió desbancar a la de Tottenham y tuvo que conformarse con premios al mejor álbum de música contemporánea y vídeoclip y, ahí es nada, con dejar al público boquiabierto y ojiplático con su oda a la maternidad. Un despampanante canto a la vida en un año en el que la muerte ha marcado el ritmo chasqueando los dedos a su antojo y quedándose a las puertas del Staples Center para llevarse, pocas horas antes de la ceremonia, al cantante de jazz Al Jarreau.

Una baja que se suma a un año para olvidar y que acabó transformando la gala en un baile de máscaras mortuorias con esperados y discretos guiños a Leonard Cohen, George Michael y Prince -ni siquiera el «Let’s Go Crazy» que se marcaron Bruno Mars y The Time consiguió remontar el vuelo-. A David Bowie, en cambio, no hizo falta rendirle tributo: él mismo se encargó de reinar desde el más allá y protagonizar una de las maniobras más insólitas en la historia de los premios. Esto es: llevarse cinco premios, entre ellos dos tan simbólicos como el de mejor canción rock por «Blackstar» y el de mejor álbum de música alternativa por el disco que publicó dos días antes de morir, cuando en vida tan solo había recibido dos Grammy: uno en 1984 por el videoclip de «Jazzin’ For Blue Jean» y otro honorífico en 2006 por toda su carrera. Un reconocimiento tardío que, además de subrayar las inevitables lagunas de este tipo de galardones, apuntala el triunfo póstumo de Bowie, probablemente el músico más llorado y recordado en el último año y el que más ha hecho por convertir su muerte en una estremecedora performance artística.

Beyoncé, durante su actuación en la gala
Beyoncé, durante su actuación en la gala - GTRESONLINE

Así, bajo la atenta mirada bicolor de Bowie y con permiso de una Adele que, además de deshacerse en elogios hacia Beyoncé, no dudó en reconocer que «Lemonade» tenía que haberse llevado el premio al mejor álbum del año -y, dicho y hecho, rompió uno de los gramófonos dorados para entregarle una mitad la cantante texana-, la industria musical se celebró a sí misma, lloró a sus caídos y amortiguó lo que podría haber sido otra noche de críticas feroces hacia el presidente estadounidense, Donald Trump.

Política al margen, esta edición de los Grammy también estuvo marcada por los tres galardones que se llevó Chance The Rapper,una de las figuras más pujantes del hip hop, y por detalles como ese gramófono que, a sus 77 años, conquistó el soulman William Bell, guardián de las esencias de la época dorada de Stax y autor de «This Is Where I Live», una joya de soul rasposo que, curiosamente, se llevó el premio al mejor disco de música americana del año.

Para el recuerdo queda también la incendiaria actuación de Lady Gaga con Metallica y ese atracón de metal veloz a cuenta de «Moth Into Flame» que acabó con James Hetfield, cantante de la banda californiana, pateando un micrófono que no se oía y lanzándole l a guitarra con saña a un roadie. Será que, después de todo, los problemas técnicos no son una exclusiva de las galas eurovisivas.