B.B. King, durante la grabación del álbum
B.B. King, durante la grabación del álbum - abc
música

Paul McCartney se da un homenaje con voces prestadas

Bob Dylan, Willie Nelson, The Cure y B.B. King encabezan el reparto de un ambicioso álbum de versiones

jesús lillo
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Ya es raro que en un disco de homenaje, versiones y contubernios recreativos no aparezcan, qué boda sin la tía Juana, los Flaming Lips, fijos en la quiniela de los tributos y de las más complejas operaciones de rescate musical. En esta ocasión, su ausencia está justificada.«The Art Of McCartney» no es un álbum concebido, como suele ser costumbre, para reivindicar el genio de un compositor semiolvidado -como es el caso del reciente «Master Mix: Red Hot + Arthur Russell»-, ni para transformar el sonido de los éxitos de una estrella del pop en algo premeditadamente distinto. “The Art Of McCartney” es una rendición casi absoluta: el apabullante reparto elegido por el productor Ralph Sall se somete poco menos que a un karaoke para interpretar, en alta fidelidad, sin apenas sacar los pies del tiesto, el monumental repertorio del autor de «Let It Be».

Despacio y con buena letra

Alrededor de once años le ha llevado a Sall reclutar, convencer y afinar a los intérpretes que aparecen en «The Art Of McCartney». Brian Wilson, rival del compositor de Liverpool durante su etapa más experimental, en la segunda mitad de los años sesenta, fue el primero en apuntarse al bombardeo. Wilson eligió «Wanderlust», pieza de los primeros ochenta que aquí se adorna con las armonías vocales de los Beach Boys más clásicos y convencionales. No hay en este trabajo discográfico margen de maniobra para derrapar. Despacito y con buena letra, los intérpretes se limitan, salvo muy contadas y justificadas excepciones, a ponerle voz al catálogo del homenajeado.

Bob Dylan hace suya «Things We Said Today», cara B de «A Hard Day's Night», Willie Nelson se queda con «Yesterday» y Cat Stevens se apropia de «The Long And Winding Road». En ningún caso hay sorpresas: el argumento de «The Art Of McCartney» no es la ruptura, ni siquiera la relectura, sino la entrega incondicional a una obra que en este singular proceso de adaptación sigue el guión impuesto por la banda que desde hace años acompaña al autor de «Hey Jude», aquí cantada por Steve Miller. En su mayoría, la gente que acude a la llamada de Ralph Sall ya peina canas y no está para pasarse de rosca y revoluciones.

Disciplina

Muy obedientes, Smokey Robinson, B.B. King, Chrissie Hynde, Alice Cooper, Roger Daltrey, The Cure, Dr. John y Billy Joel, entre otros, repasan la obra de McCartney desde los buenos tiempos de los Beatles hasta su etapa en solitario, pasando por los Wings, pero sin abandonar la más reconocible línea melódica de un compositor del que de manera voluntaria se dejan a un lado sus ensayos sinfónicos y, también, sus aventuras electrónicas como The Fireman. Tan pop como bien hilado -sin cortes, sin baches, sin volantazos-, «The Art Of McCartney» propone una travesía en la que el ajetreo vocal y el cambio de conductor no afectan al ritmo fijo impuesto por la banda que acompaña a los invitados. Incluso Perry Farrell, el otrora temible líder de Jane's Addiction, se comporta y contiene en «Got To Get Into My Life», del «Revolver» de los Beatles.

La principal virtud de este ambicioso proyecto es también su gran vicio: Ralph Sall recluta a los propios músicos que acompañan a McCartney, gente con estudios y conocimiento y que va a tiro hecho, para que sostengan las versiones del álbum, lo que subraya una homogeneidad sonora que puede resultar aburrida para el oyente más inquieto, pero que, en cambio, sirve de garantía para los más devotos seguidores del compositor británico. Allen Toussaint arrastra su «Lady Madonna» hasta el barro de Nueva Orleans y, sin mayores traumas, Toots Hibbert y Sly & Robbie aprovechan la cadencia de «Eleanor Rigby» para darle un baño jamaicano que, sobra decirlo, no afecta al tejido original de la canción. El resto de «The Art Of Paul McCartney», más de cuarenta canciones, se puede escuchar plácidamente de un tirón, como si el tiempo no pasara entre unas canciones no solo clásicas, sino estandarizadas por un coro que las compacta sin delirios. Rusty Anderson y Brian Ray (a las guitarras), Paul «Wix» Wickens (teclista) y Abe Laboriel Jr. (batería), gente de confianza, se encargan de pastorearlos.