«Mapa dibujado por un espía», por Guillermo Cabrera Infante
Guillermo Cabrera Infante, en una imagen de archivo - ABC

«Mapa dibujado por un espía», por Guillermo Cabrera Infante

Reproducimos un fragmento del libro inédito del escritor cubano, que se publica el próximo miércoles 6 de noviembre

Actualizado:

Ahora a menudo su casa era centro de reunión de artistas, intelectuales y aspirantes, que venían a verlo o a hablar con él. Pero él no se confiaba a nadie y, excepto con Franqui o Alberto Mora, a nadie hablaba de su real situación. Por supuesto que las visitas no añadían nada bueno a su reputación de disidente, pero él no hacía nada por evitarlas. Una noche vinieron Virgilio Piñera, Antón Arrufat, José Triana, José Estorino y Raúl Martínez, extrañamente acompañado por Richard, el hermano de Miriam Gómez. No había ni podía haber una relación entre ellos, pero Richard había conocido a Raúl en casa de unas muchachas (que él no supo quienes fueron) y se habían hecho amigos. A él le preocupaba esta relación porque Richard era muy joven, inexperto y confiado, y Raúl Martínez había sido expulsado como profesor de las Escuelas de Arte acusado de corromper menores, y aunque él sabía que la acusación tenía más que ver con la filiación artística de Raúl que con sus actividades sexuales, no por ello dejaba de reconocer que las últimas eran bien reales.

Esa noche hubo una discusión entre él y Raúl, que había pasado de ser un pintor abstracto a ser un artista pop más o menos al día. La discusión tuvo antecedente en las conversaciones de la biblioteca y en el Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, ocurridos ambos en 1961, cuando el presidente Dorticós, entre otros, virtualmente acusó a los artistas abstractos de ser «malos revolucionarios» y predijo la desaparición del arte abstracto en Cuba. Entonces él y Lunes de Revolución librarán una batalla porque pintores como Raúl Martínez y su grupo (entre los que estaban Guido Llinás, Tapia y -------------, que estaban exilados desde hacía tiempo) pudieran expresarse con toda libertad. Ahora, al encontrarse con Raúl Martínez convertido de partidario de la abstracción en cultivador de la representación más evidente, él había dicho que Dorticós se había adelantado, que con sólo esperar un par de años se habría visto librado de los pintores abstractos al cambiar estos como cambiaban las tendencias artísticas en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos. Este comentario suyo, hecho hace poco, había llegado a oídos de Raúl Martínez, quien, un poco borracho, venía a buscar una explicación.

–Me he enterado que dices que yo no estaba esperando más que el viento cambiara afuera para convertirme de pintor abstracto en representacional.

–Yo no he dicho eso –dijo él–. Por lo menos no lo he dicho de una manera tan burda.

Raúl se rio.

–Es mi lenguaje, pero la idea es la misma.

–Más o menos –dijo él–. Yo lo que dije es que Dorticós (es decir, el compañero Presidente, perdón) se equivocó, que su guerra contra los pintores abstractos no debió tener lugar, que todo lo que tenía que hacer era esperar.

–Eso es una mierda –dijo Raúl. Estorino se rio, él se sonrió–. Porque no es verdad.

–¿No es verdad? ¿Y qué es lo que estás haciendo ahora?

–Lo mismo de siempre –dijo Raúl–. Pintura.

–Que rima con figura –dijo él. Todos se rieron, incluyendo a Raúl.

–Bueno, ¿y qué? –dijo Raúl.

–Nada, pero me parece recordar que antes de irme, no hace ni tres años, tuviste un problema con un mural encargado por el Instituto del Cine para el vestíbulo de la Cinemateca y que fue eliminado por ser una «muestra del decadente arte abstracto». También recuerdo que el mural de las oficinas de Lunes desapareció destruido al poco tiempo de cerrar el magazine.

–Sí, es verdad. Pero no es eso lo que ha hecho evolucionar mi arte, sino su propio movimiento.

–Que coincide con el movimiento pop de afuera, ¿no?

–No necesariamente –dijo Raúl.

–¿Sí o no?

–Bueno, puede haber coincidencias. Pero nada más.

–Es decir, que has cambiado de adentro hacia afuera y no al revés.

–Exactamente.

–¡Qué coincidencia!

Raúl se sonrió. Los otros –incluyendo a Richard, que no tenía idea de lo que se hablaba– se rieron.

–Bueno –dijo Raúl–, ¿no hay nada que tomar en esta casa?

–Tú sabes que somos abstemios. Además que no necesitas beber más.

–Era muy diferente cuando tu madre vivía.

Él no dijo nada. Los demás se quedaron callados también.

–Sí –dijo él finalmente–, era muy diferente.

La reunión no terminó ahí, pero él no habló más de pintura y la conversación se deslizó hacia un terreno neutral, poco interesante y terminó en el aburrimiento de todos. Pero por un momento él sintió que había tenido lugar un intercambio vivo, que Raúl Martínez participaba poco del carácter de zombies que había encontrado en todas partes y que tal vez representaran, entre sus amigos intelectuales, Edmundo Desnoes, activamente, y Humberto Arenal, de una forma pasiva: un zombi entre los zombies. Otro día había otra reunión en su casa por la tarde, pero era más pequeña, ya que estaban solamente Oscar Hurtado, Antón Arrufat y Virgilio Piñera. Conversaban tal vez de literatura y estaban sentados no en la terraza, sino en la sala, cuando sonó el timbre de la puerta de entrada al edificio. Se asomó por la terraza para ver quién era y se encontró con que venían a visitarlo Marta Frayde y Bebe Sifontes. Abrió la puerta y entraron. Saludaron a los visitantes y luego Marta le dijo:

–Pasábamos por enfrente, vimos que recibías visita y no pudimos resistir la tentación.

Él siempre se preguntó cómo Marta pudo ver desde su automóvil que estaba en casa y con visita.

–Venimos también a invitarte a almorzar, con perdón de la concurrencia.

–No hay por qué pedir perdón –dijo Virgilio Piñera. Oscar Hurtado se sonrió y también Antón Arrufat.

–Pero –dijo Marta, casi sin hacer pausa– me alegro de encontrarlos reunidos aquí para decirles algo. ¿Por qué no son ustedes más militantes?

–¿Qué tú quieres decir, Marta? –preguntó Virgilio, sonriendo, sin dejar de fumar su cigarrillo.

–Que sean más activos. Es a ustedes los intelectuales a quienes les toca llevar la bandera de la militancia.

–¿Revolucionaria? –preguntó él con sorna.

–No –dijo Marta–. La verdadera militancia, que es cuestionarlo todo y pedir explicaciones al Gobierno por lo que hace mal.

–Ay, Marta –dijo Virgilio.

–Nada de ay Marta, lo que ustedes tienen que hacer es enfrentarse con la realidad. A ver –se dirigió a Oscar Hurtado–, ¿por qué no hace usted más que sentarse en El Carmelo a comer helados y a hablar de marcianos?

La sonrisa de Oscar Hurtado se heló en sus labios. No dijo absolutamente nada. Al poco rato pudo encender un cigarrillo.

–A ver –volvió a repetir Marta Frayde.

Nadie dijo nada.

–A que no se atreven ustedes a asumir sus responsabilidades como intelectuales que son.

–Ya eso lo hicimos una vez –dijo él– en la Biblioteca Nacional y fuimos derrotados ruidosamente por el enemigo. Ahora no queda más que vivir sin el menor ruido posible.

–Pues no señor –dijo Marta–. Hay que pelear. Y si el enemigo no nos deja, escoger las armas y pelear con las que tengamos a mano.

Él no quería decir nada que fuera insultante para Marta Frayde, a quien conocía desde hacía años y a la que vio luchar contra la dictadura de Batista muy valientemente y a la que, ahora, veía empeñada en una lucha más peligrosa que la que libró contra Batista. Así, cuando Marta se levantó abruptamente y dio por terminada la visita, sintió un verdadero alivio: esta interrupción podía haber sido nociva para sus planes de astucia y de silencio.

–¡Uf! –exclamó Virgilio cuando se fueron Marta y Beba, la última sin decir más nada que los saludos de rigor.

–Pero esta mujer –dijo Antón Arrufat–, ¿qué cosa es? Debe de ser un agente del G2 cuando se permite estar hablando esas cosas.

–No –dijo él–. Ella no es agente de nada. Marta es así. Lo que no explicaba mucho, pero aunque Virgilio la tuteaba, era él quien mejor conocía a Marta Frayde.

–Bueno –dijo Arrufat–, no será un agente del Gobierno, pero seguramente que es una agente provocadora.

Oscar Hurtado no había dicho una palabra desde que entró Marta, excepto quizá saludarla y, sin embargo, él sabía que había una amistad estrecha entre Miriam Acevedo y Marta, a través de Alberto, el hermano médico de Miriam, a quien Marta admiraba mucho –y no sólo como colega. La reunión terminó casi tan abruptamente como la visita de Marta Frayde y él se preguntó si convenía recibir gente en su casa. Tal vez, como antes, cuando clausuraron Lunes y él se quedó sin trabajo, cuando su casa se convirtió en centro de reunión de disidentes, ahora le convendría recibir a descontentos. Aunque, se dijo, las circunstancias no son las mismas y tal vez no fueron sus visitantes los que le abrieron el camino del exilio oficial la primera vez. Ahora, decidió, se reuniría con sus amigos solamente en lugares públicos. Sin embargo, tenía que asistir al almuerzo con Marta y Beba y no podía dejar de visitar a Gustavo Arcos y a Franqui. Esas fueron las únicas excepciones que hizo.

El almuerzo con Marta y Beba fue una ocasión discreta, solamente recordada por la excelencia de la comida. Cuando él preguntó a Marta que cómo se las arreglaba para tener en su mesa lo que se consideraba en Cuba como exquisiteces –y una exquisitez podía ser entonces hasta el muy criollo aguacate. «Conexiones», le dijo Marta. «Conexiones». Luego él supo que no se trataba de conexiones oficiales, de las que Marta tenía cada vez menos, sino que ella era médico de diplomáticos y a través de estos podía conseguir de vez en cuando comestibles para su mesa. Él recuerda aquel almuerzo –desde el cóctel de camarones para empezar hasta el exótico roast beef – como una ocasión especial, sentado allí rodeado por la abundante colección de cuadros cubanos de Marta, que había sido en el pasado una buena compradora y amiga y médica de muchos pintores locales, recuerda tanto lo comido como la atmósfera en la casa tan cubana de la calle 19, con sus paredes encaladas y sus mosaicos de varia13 dos colores en el piso, lo recuerda tanto como recuerda la disculpa de Marta «por lo ocurrido el otro día», que ella explicó como un mal momento, la conjunción de ese momento y el encuentro con Oscar Hurtado, cuya frecuentación con marcianos y otros entes del más allá literalmente la reventaban. De esos días de agosto de 1965 él recuerda el tedio de la espera, pero también recuerda las ocasiones extraordinarias. Una de ellas fue un garden party –que no se llamaba una fiesta en el jardín sino una «reunión de compañeros escritores y artistas»– que tuvo lugar en el amplio patio de la UNEAC, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba cuyas siglas, decía él, le recordaban a la urraca o al cuervo. El party fue a las seis de la tarde de una tarde de verano espléndida.

«Mapa dibujado por un espía», Guillermo Cabrera Infante (Galaxia Gutenberg, 2013).