El húngaro Forgách es novelista, traductor y ensayista
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LIBROS

András Forgách, delatar a los hijos

Cuando tus padres son espías del régimen comunista, tienes mucho que investigar, contar, y es lo que muestra esta historia

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La muerte de la madre, dice András Forách (Budapest, 1952) en algún momento de este libro, es un acontecimiento de proporciones cósmicas que te cambia para siempre. También recibir la noticia de que uno tiene una enfermedad incurable. Y añade un tercer ejemplo: descubrir que tu propia madre ha sido toda su vida una espía al servicio de un régimen dictatorial, y que ha escrito numerosos informes sobre personas conocidas, incluyendo a su propia familia y a sus propios hijos. Aclaremos que este descubrimiento no es nuevo ni reciente, y que este libro no ha surgido de una sorpresa, de un fogonazo, sino que lleva gestándose muchos años.

Bruria, la madre de András Forgách, alias «señora Papai», era una comunista convencida. Era, nos dice su hijo, «la última ruedecilla de un miserable sistema opresor». Había nacido en Israel (en Palestina, realmente, ya que el estado de Israel no existía entonces) y emigró a Hungría de mayor. Era judía y comunista, judía ferozmente antisionista, húngara que hablaba con acento y escribía con faltas de ortografía. Judía a medias, húngara a medias, lo único que era absolutamente y sin fisuras era devota y defensora de la línea del partido.

Caminos oblicuos

También el padre de Forgách era espía. ¡Dios mío, vaya familia! Es imposible no rendirse a los encantos de la «señora Papai», una mujer bellísima en su juventud y dotada de una rara mezcla de inconsciencia y de ceguera que le hace engañar con pleno convencimiento a su propio hijo, el autor del libro, para que los servicios secretos entren en su casa a instalar cámaras y micrófonos, pero el personaje más inolvidable es sin duda el padre, el «Papai» original, que también es espía, aunque uno todavía más inútil, chapucero e inservible que su esposa.

La madre del autor era judía y comunista. Devota defensora de la línea del partido

Es deliciosa la parte de Londres, donde Marcell, el padre, se da la gran vida mientras envía a Hungría todo tipo de informes de tipo más bien literario que los servicios secretos consideran inservibles, y los paseos con el joven András, un niño de apenas ocho años, a quien le cuenta todas sus proezas en los burdeles de medio mundo. ¡Qué personaje! Con unos padres así, ¿cómo no ser escritor?

«El expediente de mi madre» es un libro muy extraño, a caballo entre el reportaje, el relato autobiográfico y la novela, y no acaba de ser ninguna de las tres cosas. Está escrito siempre por caminos oblicuos, moviéndose por las zonas de sombra, como un espía que traza un camino extraño para no ser predecible, para que no resulte fácil seguirle. Tiene un tipo de imaginación que yo definiría como espacial y arquitectónica, y sus largas descripciones de edificios, fachadas e interiores añaden todavía más encanto a su misterioso relato. Es uno de esos libros en los que a veces uno se pierde pero sigue maravillado, como el que se pierde en un palacio. Su lenguaje es de gran exuberancia y riqueza, el lenguaje de la gran literatura, esa que al parecer está estos días en crisis.