«El Buque Fantasma», de Eduardo Arroyo
«El Buque Fantasma», de Eduardo Arroyo - © Eduardo Arroyo, A+V Agencia de Creadores Visuales, 20182019

Una exposición póstuma rinde homenaje a Eduardo Arroyo en Madrid

«El Buque Fantasma», su última obra acabada, cuelga en el Jardín Botánico junto con otras 37 pinturas y esculturas

MadridActualizado:

El pasado mes de julio Eduardo Arroyo pintaba en su taller de Robles de Laciana (León) el que, sin saberlo entonces, sería su último cuadro acabado. Su título, «El Buque Fantasma». Preside el lienzo un submarino con ruedas, custodiado por dos caballitos de mar color rojo. Toda la superficie del cuadro está plagada de Fantômas, personaje enmascarado que tomó prestado de las novelas policiacas y que se convirtió en una especie de alter ego. Siempre le divirtió a Arroyo disfrazarse, parapetarse tras máscaras y antifaces. En la firma, junto a su apellido, creemos ver un 98. En realidad, confundió el 1 con el 9. O quizá no y fue una de sus habituales trampas.

Pero no fueron ésas sus últimas pinceladas. Moría el pasado 14 de octubre dejando dos cuadros inacabados. En su estudio de Madrid quedó en el caballete un lienzo que iba a titular «Tres visitantes en la cocina de Agatha Christie». Era ésta uno de sus escritores de cabecera, junto a nombres como Oscar Wilde o James Joyce. Y es que Arroyo siempre fue un pintor muy literario, musical y cinematográfico. Le obsesionaron personajes como Ulises, Dorian Gray, Moby Dick y el capitán Ahab, don Juan Tenorio y doña Inés, Falstaff, Madama Butterfly... Era tal su pasión por Agatha Christie que la tercera parte de su autobiografía, que también verá la luz póstumamente, lleva por título «Diez negritos». En su estudio leonés empezó en agosto otro cuadro: «La bella y la bestia». Tan solo le dio tiempo a pintar en una esquina del lienzo la figura de Lenin. Pero quedaron sin retratar Marx, Stalin, Mao y el león que debía centrar la composición.

«El divorcio de Fantômas», de Eduardo Arroyo
«El divorcio de Fantômas», de Eduardo Arroyo - © Eduardo Arroyo, A+V Agencia de Creadores Visuales, 20182019

Cierra una trilogía

«El Buque Fantasma» es una de las 38 obras (entre pinturas y esculturas), realizadas en los últimos 18 años, que conforman esta exposición póstuma de título homónimo, coproducida por La Fábrica y la Fundación Enaire, en el Pabellón Villanueva del Jardín Botánico de Madrid (hasta el 17 de marzo), muy cerca de Museo del Prado que tanto amaba Arroyo. La muestra cierra una trilogía, que comenzó en 2017 en la Fundación Maeght de Saint-Paul-de-Vence y continuó un año después en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. A Arroyo le dio tiempo de concebir al milímetro esta tercera exposición, que comisaría una de las personas que mejor conocía al artista y su trabajo: Fabienne Di Rocco. Ésta recordaba ayer que la idea de su último cuadro acabado surgió tras visitar el Torreón de Lozoya en Segovia. «A partir de la famosa leyenda del marinero maldito recreada en la música de Wagner [“El holandés errante” o “El buque fantasma”], inventa una gran composición en forma de fantasía literaria». Se exhiben también en las salas del Botánico tres ensamblajes realizados con pinturas adquiridas en el Rastro, sus Lámparas Zurbarán, homenajes a Van Gogh, Ferdinand Hodler, Sylvia Beach... Cierra la muestra un audiovisual de 2011: un monólogo de Arroyo de 24 horas de duración.

Acudieron ayer a la presentación de la muestra su hijo Pimpi y su viuda, Isabel Azcárate, que junto a Fabienne Di Rocco gestionarán su legado. «Nunca quiso fundaciones ni museos con su nombre. Pero sí nos pidió que conservemos sus obras y su biblioteca», comenta Azcárate. Recuerda que cuando pintó «El Buque Fantasma» ya estaba mal: «Pintaba de noche. Apenas tenía fuerzas, pero él seguía. Nunca dejó de querer seguir viviendo. Hizo todo lo que quería y como quería, dijo siempre lo que quiso. Fue un hombre enormemente valiente. Terminó como quería: trabajando».

Eduardo Arroyo fue un radical que estuvo «al pie del cañón» (título que dio a una guía del Prado muy personal) hasta el final. Un artista, como recuerda Julio Llamazares en un texto del catálogo, «entregado en cuerpo y alma a su obra hasta la muerte».