Santiago Castelo, en su despacho de ABC
Santiago Castelo, en su despacho de ABC - jaime garcía
En la muerte de Santiago Castelo: Obra poética

«Sólo vivir vale la pena»

Santiago Castelo deja una obra poética de corte clásico y popular, con sones de Cuba, mediterráneos y la raíz de su tierra extremeña

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Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) fue ante todo poeta. A pesar de su decidida vocación periodística, doy por supuesto que es lo que él prefería. Por encima de todo. Que era esa condición la que más le gustaba que le reconocieran sus lectores. Ahora, cuando su obra poética cesa por el imponderable de la muerte, a falta de esos poemas inéditos que, me consta, llegó a escribir en los últimos tiempos, podemos hacer un somero, apresurado balance de esa larga aventura.

Castelo publicó los siguientes libros de poesía: «Tierra en la carne», «Memorial de ausencias» (Premio Fastenrath de la Real Academia Española), «Monólogo de Lisboa», «La sierra desvelada», «Cuaderno del verano», «Siurell», «Al aire de su vuelo» (preliminar de Víctor García de la Concha), «Cuerpo cierto», «Quilombo» (Premio Extremadura a la Creación), «La hermana muerta» y «Esta luz sin contorno», además de las antologías «Como disponga el olvido», con prólogo del profesor Juan Manuel Rozas, y «La huella del aire» (Poesía 1976-2001), con prólogo, selección y notas de Manuel Simón Viola. Este libro, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 2004, puede ser considerado, en cierto modo, como su poesía reunida, a falta de una nueva edición, eso sí, que incluyera poemas de las obras que publicó con posterioridad. De ella dijo Juan Manuel de Prada que «abarca casi treinta años de dedicación insobornable, sorda a las fanfarrias de las modas, a una poesía que funde pálpito humano, exultación vitalista, sublevación del deseo, paisajes del alma, trasiegos del atlas y una herida que nunca cierra la presencia amedrentadora de la muerte».

No fue un poeta prematuro, pero sí tanteante. Quiero decir que sus inicios poéticos no dan la verdadera talla de una escritura que fue sin duda a más. Clásico por formación y por talante, discípulo aventajado de poetas de estirpe retórica, como su maestro Pedro de Lorenzo, sonetista y compositor de metros y estrofas tradicionales, propenso a la lírica popular, no por eso dejó de ser en ningún momento un poeta auténtico o, por decirlo mejor, nunca su poesía dejó de ser verdadera o genuina, que diría Elizabeth Bishop.

Como dije en una ocasión, Castelo, que fue un poeta singular y de sesgo clasicista, alejado de capillas y generaciones (Prieto de Paula habló de una «poesía excéntrica respecto a su generación literaria, la del 68»), supo, no obstante, anticiparse a los acontecimientos. Así, antes de que algunos conspicuos novísimos (los de su edad) tomaran el nombre de Manuel Machado en vano, Castelo ya había suscrito la boutade de Borges contra Antonio cuando dijo aquello de «Ah, pero ¿Manuel tenía un hermano?».

Antes de que sus compañeros de promoción abandonaran sus vacuas peroratas culturalistas, Castelo ya había escrito poemas fieramente humanos que no por eso desdeñaban el rasgo cultural. Antes de que los poetas españoles finiseculares cantaran a coro: ¡Menos mal que nos queda Portugal!, él ya había publicado su «Monólogo de Lisboa». Antes de que algunos le perdieran el miedo a las formas clásicas, Castelo había utilizado con maestría las artes del soneto. Antes, en fin, de que algunos poetas de la siguiente promoción a la suya descubrieran el Mediterráneo de los poetas menores, Castelo ya había asimilado toda la poesía con sordina del 900.

Línea clara, aliento clásico

Su poesía era de línea clara, de factura sencilla, cercana a lo que importa y, por eso, nada abstracta o hermética; apegada a la vida, la propia y la de los otros. De tono melancólico, cantó al amor y a la soledad, le preocupó el paso del tiempo y, aunque cosmopolita de corazón (con versos situados en Grecia o Mallorca), tuvo siempre en la mirada el paisaje de Extremadura. No en vano, en el origen de su pulsión lírica estuvo siempre el desarraigo de su lugar natal, esa nostalgia de lo vivido allí en la infancia y de lo no vivido o por vivir, pero en todo caso imaginado, como leemos en su soneto «Paisaje con dos encinas», escrito ante el cuadro del mismo título de Jan van Goyen que cuelga en el Rijksmuseum de Ámsterdam.

Para terminar, me gustaría recordar un verso suyo: «Vivir, sólo vivir vale la pena». Por eso luchó hasta el último aliento. Que a buen seguro fue poético.