Fotograma de la película «Frankenstein» (1931)
Fotograma de la película «Frankenstein» (1931)

El científico que pretendía resucitar a los muertos con un columpio

Cadáveres electrocutados, perros de dos cabezas... Un libro recopila algunos de los experimentos más extremos de la historia de la ciencia que han ayudado a crear el mito del «científico loco»

MadridActualizado:

¿Cómo imagina usted a un científico loco? Seguramente en su cabeza se haya creado una imagen de un ser desaliñado, con una bata blanca, que mezcla componentes que emiten humos fluorescentes. Detrás de los gruesos cristales de sus gafas, unos ojos muy abiertos que viajan entre la máxima concentración y la demencia se enfrascan en unos libros, unos papeles, unos experimentos con líquidos o una camilla, solo atentos a unos objetivos que pueden ir más allá de la ética. ¿Le suena?

El esterotipo del científico loco se ha reproducido en novelas, películas, series y cómics hasta la saciedad, atribuyéndole una serie de características que todos damos por comunes. Pero, ¿por qué? ¿qué hay de realidad en todo esto? Eso es lo que trata de descubrir el libro «El 'científico loco': Una historia de la investigación sin límites» (Alianza editorial), una obra en la que el químico Luigi Garlaschelli y su esposa, experta en cómics, Alessandra Carrer, aplican el método científico para analizar los «rasgos sobresalientes» de esta « especie desconocida». Así, han analizado algunos de los muchos científicos que llevaron a cabo experimentos extremos entre la vida y la muerte; lo visible y lo invisible; y la Tierra y el resto del Universo, incluso con extraterrestres encarnados en mapaches fluorescentes.

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  1. El Frankenstein real

    Fotograma de «La mansión de Frankenstein»
    Fotograma de «La mansión de Frankenstein» - Archivo

    Sin duda, uno de los «científicos locos» por excelencia en la ficción es Víctor Frankenstein: el estudiante de medicina que consigue dar vida a un monstruo creado a partir de diferentes retazos de cadáveres humanos. Creado por la célebre Mary Shelley (1797-1851), cuya novela se convirtió en referente para cientos de obras posteriores, Frankenstein no fue creado de la nada.

    «Entre los siglos XVIII y XIX una nueva moda, debida al renovado interés por la electricidad y por los increíbles descubrimientos relacionados con esta, se difundió entre los científicos europeos: el intento de devolver la vida a seres -humanos o animales- dfuntos o, al menos, estimular artificialmente su movimiento», escriben Garlaschelli y Carrer. Célebres eran los experimentos de Giovanni Aldini (1762-1834), quien conseguía mover la mandíbula o la lengua de una cabeza de ternero (muerto). Pero quería llevar la técnica más allá.

    El 17 de enero de 1803 George Foster, de 26 años, fue ahorcado acusado del asesinato de su mujer y su hijo. Recién muerto, lo descolgaron y se lo llevaron a Aldini, quien pasó una corriente de 120 voltios por diferentes partes de su cuerpo. Los asistentes a tan macrabro espectáculo le vieron mover una pierna, una mano cerrarse, cómo su cara hacía muecas e incluso cómo abría los ojos. «Finalmente, Aldini conectó un polo a una oreja y metió el otro en el recto, y todo el cuerpo del cadáver fue sacudido por horrendos temblores y convulsiones», cuentan los autores.

    El experimento, aunque realizado cuando Shelley solo contaba con seis años, fue tan célebre que es imposible que su eco no llegase hasta sus oídos, alimentando la base de uno de los científicos locos imaginarios más famosos de todos los tiempos.

  2. El columpio resucitador

    Película inspirada en la vida de Robert Cornish, «Life returns»
    Película inspirada en la vida de Robert Cornish, «Life returns» - Archivo

    Los ecos de la resurrección de los muertos llegaron hasta el siglo XX. Robert Cornish (1903-1963), científico precoz que a los 22 años ya tenía un doctorado, antes de llegar a la treintena se sintió atraído por el mismo impulso que Aldini: devolver la vida a aquellos que la habían perdido. Para ello, ideó un sistema bastante llamativo. «Fijando el cadáver de un individuo, fallecido recientemente y sin lesiones físicas, a una especie de plano inclinable en varias posiciones (básicamente un columpio basculante de parque infantil), y moviéndolo arriba y abajo, era posible hacer que la sangre circulase de nuevo, y por lo tanto se reactivasen las funciones cerebrales y cardiacas», explican.

    Los primeros experimentos con personas ahogadas y a las que les habían dado infartos no tuvieron mucho éxito, si bien Cornish aseguraba que les volvía el color en los rostros pálidos y que incluso había detectado alguna señal de pulso. Mejoró el sistema y a perros que sacrficaba les inyectaba coagulantes y estimulantes justo antes de «columpiarles», con lo que sorprendentemente sí obtuvo resultados: algunos canes resucitaron y llegaron a sobrevivir meses (aunque con severos daños cerebrales y ciegos).

    Después de esto, la fama del científico creció tanto que llegó a protagonizar en 1935 la película de serie B «La realidad increíble», en la que Cornish hacía de sí mismo. Los animalistas y otros grupos se le echaron encima y fue expulsado de la universidad. Sin embargo, en 1947 anunció que había mejorado su técnica gracias a una máquina construida con piezas de aspiradora y tubos de fontanero, pero no consiguió probarla nunca.

  3. Perros de dos cabezas

    El perro de dos cabezas ruso
    El perro de dos cabezas ruso

    Aunque ahora la cirugía de trasplantes sea algo habitual, sus orígenes fueron controvertidos: a principios del siglo XX se empezaron a llevar a cabo las primeras intervenciones de este tipo con más errores que aciertos. En esta vorágine, algunos se atrevieron con órganos que incluso hoy no han podido ser sustituidos. Charles Claude Guthrie (1880-1963) junto a Alexis Carrel (1873-1944) fueron los primeros en dominar la técnica de la anastomosis, es decir, el procedimiento que permite coser dos o más vasos sanguíneos de forma eficaz. Y lo consiguieron después de trasplantar la cabeza de un perro a otro de mayor tamaño, del que incluso hya fotografías. Sin embargo, este perro manifestó serios daños cerebrales.

    En 1954, Vladímir Petróvich Démijov (1916-1998) llevó a cabo un experimento bizarro y arriesgado a partes iguales: trasplantar el conjunto de cabeza, tronco y patas delanteras de un pequeño perro a la espalda de otro can más grande. Y fue un éxito: el huésped se podía mover, bebía y mordía (una oreja de su anfitrión y también la mano de un médico). El primer can de dos cabezas sobrevivió 6 días, pero posteriores experimentos permitieron la supervivencia de los híbridos hasta 29.

    «Christiaan Barnard -autor del primer trasplante cardíaco humano de la historia- visitó dos ceves el laboratorio de Démijov, al que consideró siempre su maestro», relatan los autores.

  4. El mito de los 21 gramos de alma

    Duncan MacDougall
    Duncan MacDougall - Archivo

    «¿Cuánto pesa el alma?». Esta pregunta podrá ser ridícula para muchos, pero para otros tendrá una cifra exacta: 21 gramos. El mito proviene de los experimentos de Duncan MacDougall (1866-1920), quien en 1901 adaptó una balanza incorporándole una camilla en la que subía moribundos con el fin de comprobar si el peso varía una vez fallecemos. El primer «voluntario» fue un joven que sufría tuberculosis. En el momento que éste dejó el plano de los vivos, la balanza pareció reflejar un descenso abrupto de 21 gramos, lo que dio lugar al supuesto peso del alma.

    Sin embargo, lo que no es tan famoso es que MacDougall repitió el experimento varias veces, y ninguna más coincidió con esta cifra. De hecho, sus investigaciones crearon recelos en el hospital y hubo quien incluso impidió la conclusión del mismo. Además de las cuestiones éticas, el protocolo experimental dejaba bastante que desear: aparte del hecho de que era difícil determinar el momento exacto en el que el paciente fallecía, medir con precisión una carga tan grande era casi imposible. «De seis pruebas, dos no fueron válidas, otras dos mostraron una disminución progresica de peso medida en dos momentos diferentes, otra mostró una "recuperación" del peso perdido u una posterior pérdida gradual y solo una -la primera, la de los 21 gramos- fue considerada estable», señalan.

    MacDougall murió declarando que el alma proyecta una luz semejante al «éter interestelar» que se agita en el momento del fallecimiento y puede ser observada con rayos X. A pesar de su eco social, estos experimentos nunca fueron tomados como relevantes por la comunidad científica.

  5. El Nobel que hablaba con mapaches fosforitos

    Kary Mullis
    Kary Mullis - Premio Nobel

    Si existe un prototipo viviente muy parecido al de «científico loco» ese es Kary Mullis (1944): Premio Nobel de Química en 1993 por su invención del método de la reacción en cadena de la polimerasa (que permite reproducir y amplificar exponencialmente restos mínimos de ADN), es también negacionista del sida, del cambio climático y ha admitido que durante la década de los 60 consumía LSD. Según él mismo, gracias a esta sustancia llegó a comunciarse telepáticamente con su asistente.

    Y no queda ahí: el químico asegura que una noche en 1975 en los bosques de California habló con una criatura no humana con aspecto de «mapache verde luminiscente». «Sostener que se trató de una intervención extraterrestre puede sonar excesivo, pero juzgarla simplemente una experiencia insólita significa miniminzar. Digamos que ha sido extremadamente insólita», escribió en su autobiografía titulada «Bailando desnudos en el campo de la mente».