Anuncio de gaseosa La Revoltosa que data de 1950
Anuncio de gaseosa La Revoltosa que data de 1950 - ARCHIVO

La bebida con gas que revolucionó el mundo de la medicina

El camino de la gaseosa hasta llegar al gran público tuvo un obstáculo que apareció desde su propia creación: nadie quería comprar una bebida que requería de prescripción facultativa

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Sola o acompañada. En la tranquilidad de tu sofá o en el bullicio de un bar. Para calmar la sed o en la búsqueda de una sensación placentera en el paladar... la gaseosa ha trazado un camino de múltiples variantes para ser degustada. De ella emanan un sin fin de bebidas que salvo que residas en Marte u otro planeta similar te resultarán familiares: Coca-Cola, 7up, Fanta, tónica o Canada Dry. No obstante, a pesar de su acentuada cotidianidad, este brebaje alberga una historia detrás que merece ser contada.

Más de dos siglos atrás, concretamente en el remoto año de 1741, el inglés William Browning llevó a cabo un proceso que hoy estaría catalogado bajo el manto de «jugar a los experimentos». Ni corto ni perezoso inyectó ácido carbónico en un envase con agua mineral y esperó la reacción. En cuestión de segundos el líquido empezó a burbujear y ya no pudo redimir el deseo de echar un trago. El resultado, o más bien el sabor, debió ser satisfactorio pues a partir de ahí decidió repetir el procedimiento y embotellarlo con fines comerciales. Casi sin querer, acababa de nacer la gaseosa.

Pero el camino no fue precisamente fácil. Es por ello que Pancracio Celdrán señala en «El Gran Libro de la Historia de las Cosas» (La esfera de los libros, 1995) los diferentes obstáculos que tuvo que sortear hasta llegar al gran público. «Al principio todo quedó en mero experimento, en curiosidad que atraía a la gente, que se acercaba al prodigio con ciertos reparos y reticencias. Nadie estaba dispuesto a experimentar el sabor de aquella bebida, a pesar de que su inventor hacía demostraciones, bebiéndola él en público, haciendo mil alabanzas al respecto de su sabor, e incluso de sus cualidades medicinales».

Una última apreciación nada descabellada si se tiene en cuenta que el primer uso de la gaseosa llegó por prescripción médica. «En 1807, el médico norteamericano, padre de la cirugía en su país, Philip Syng Physic, encargó a un químico amigo suyo la preparación de un agua carbónica para cierto paciente aquejado de dolencias estomacales. Para hacer más grato el preparado, disolvió en él un edulcorante de sabor agradable. El éxito del brebaje fue fulminante», explica Celdrán. Sin embargo quedaba una barrera difícilmente infranqueable: ¿Quién acudiría a una farmacia o botica a comprar una bebida solo por el placer de tomarla?

Aceptación del gran público

Pero si por algo ha destacado el ser humano a lo largo de la historia es por su tozudez cuando de empinar el codo se trata. Y aunque en este caso la gaseosa no sea el epicentro de esta coloquial expresión, su efervescente textura ha servido de acicate para hacer más llevadera la ingesta del vino u otras bebidas alcohólicas. Así, con el producto ya creado, solo hizo falta una inyección económica para comercializar el producto. Este honor recayó en John Mathew, que en 1832 inventó un sistema para saturar el agua con gas carbónico y de esta forma popularizó un brebaje que pronto recibió el nombre de agua con burbujas.

A finales del siglo XIX la gaseosa ya se comercializaba de forma masiva

El invento de Mathew trajo consigo un fuerte abaratamiento de los costes de producción, con lo que el 'boom' no se hizo esperar: «A finales de aquel siglo ya existían gaseosas con sabores tan diversos como la grosella, las fresas, las moras o la granada. Estos preparados con gas o ácido carbónico perseguían finalidades médicas, pero al ser su bebida inocua, la gente los consumía a placer para calmar la sed».

Por si fuera poco todavía faltaba un último impulso, que curiosidades de la vida, llegó de la forma más inesperada. «En 1928 el director de un pequeño periódico en el estado norteamericano de Indiana, cansado del absentismo laboral que entre sus empleados causaba la gripe, ideó una mezcla de aspirina con bicabornato que mezclado con agua producía el famoso fizz, fizz. De este invento casero se aprovecharía poco después el laboratorio del doctor Miles para comercializar su conocido AlkaSeltzer en 1931. Como en EE.UU. estaban en plena Ley Seca, la ausencia de bebidas alcohólicas fue suplida por múltiples paliativos. Entre tantos curiosos y chocantes experimentos e inventos, uno, muy relacionado con la gaseosa, se impuso: los polvos de gaseosa, los Sidlitz powder, y otros refrescos que dieron el empujón definitivo a la poderosa industria de las bebidas gaseosas refrescantes».