El cuadro de John Trumbull titulado «Declaración de independencia»
El cuadro de John Trumbull titulado «Declaración de independencia» - capitolio de estados unidos
HISTORIA

¿Fue el 4 de julio el verdadero día de la independencia de los EE.UU.?

La fecha es discutida por muchos, ya que la votación de la independencia fue anterior y el decreto posterior. Descubre la polémica

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Mañana miles de familias, de adultos, adolescentes y ancianos, celebrarán el día de la independencia de los EE.UU. sin dudar por ningún momento de la fecha. El problema es que ese día ni se votó ni se firmó nada.

El sufragio sobre la independencia se realizó con éxito el dos de julio de 1776 cuando tuvo lugar la votación para aprobar la llamada «Resolución Lee», que debía su nombre a Richard Henry Lee de Virginia. Su espíritu recogía más de una década de problemas entre las Colonias y la Metrópoli, con la divisa «No taxation without representation» (No hay impuestos sin representación) y las célebres palabras del panfleto «Common Sense» del patriota Thomas Paine: «hay algo muy absurdo en suponer que un continente puede ser gobernado para siempre por una isla».

Primer aldabonazo político real del siglo de las luces, del siglo XVIII, esta tradición recogía tanto las ideas de gobierno del primer liberalismo inglés de John Locke como la tradición de los ilustrados franceses. La retórica del tiempo está bien recogida en el texto original de la Declaración de Independencia:

«Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios»

Fue pergeñada por John Adams, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson a lo largo de junio y julio del mismo año, y aún con disidencias consiguió ser aprobada a inicios de julio de 1776. Ahora bien, la ley en sí no llegó tramitarse hasta agosto posteriormente, con lo que a efectos jurídicos el cuatro de julio no pasó nada. El historiador decimonónico Mellon Chamberlain pudo concretar la fecha de firma en el dos de agosto, investigando de manera minuciosa el diario de sesiones del Congreso.

Más aún, la declaración de independencia como tal, según recoge en el Pennsylvania Evening Post, fue ya publicada por la prensa en el citado dos de julio. La clave es que un documento posterior a la votación, escrito por Thomas Jefferson, se adoptó ese cuatro de julio, y quedó en el imaginario como el día de la independencia americana. La fiesta, la celebración de la independencia, tuvo lugar incluso cuatro días más tarde y en ella se vieron desfiles en Filadelfia y paradas militares. Los Estados más meridionales como Georgia no conocieron que eran «independientes» hasta bien entrado agosto. La declaración, por último, llega a los británicos nada menos que para el 30 de agosto. Pero, entonces, ¿Cómo llegó al imaginario popular el cuatro de julio como fecha de la independencia?

El historiador Ray Raphael de la Universidad de California afirma :

«La tradición oral y la imaginación artística llenaron los vacíos dejados por la documentación incompleta y seleccionada. Aunque existieron un grupo de hombres cultos que dejaron un importante volumen de cartas, diarios y memorias, estos eran representativos de una pequeña parte de la población, que no representaba al conjunto».

Incluso los propios protagonistas de la independencia, especialmente Jefferson, llegaron a crear y consolidar este mito afirmando que «firmaron la declaración el cuatro de julio». Para Peter De Bolla, profesor en la Universidad de Cambridge de Historia Cultural, «el cuatro de julio representaba una tradición previa» y su elección pudo supone una «continuación». En todo caso, la mitología, las mentiras sobre el origen de EE.UU., no se acaban aquí para el indagador curioso.

El cuadro que miente, la campana que no suena y la bandera que no existió

Para seguir con la confusión, el conocido cuadro de John Trumbull no muestra la firma de esta declaración, sino la presentación de esta a finales de junio a las colonias continentales. El gran público, de nuevo, lo confundió con la firma de la declaración de independencia, cuando en gran parte es una recreación bastante posterior del pintor en 1817.

Los mitos de este día siguen: la célebre campana de la libertad, que conoció incluso una marcha musical de Sousa (utilizada posteriormente por su grandilocuencia bufa por los Monty Python), no sonó este cuatro de julio. Fue una leyenda recogida por George Lippard en su libro para niños «Legends of the American Revolution» y nada hace pensar que tintineara ese día, sino más bien el ocho de julio, cuando la declaración fue leída de manera pública. Un mito todavía más endeble, la bandera de Betsy Ross, recoge como una simple costurera tejió la primera enseña de la nación estadounidense. La historia fue creada por los descendientes de Ross y la primera enseña de EE.UU. fue tejida por Frances Hopkinson, que envió un informe al almirantazgo para diseñar la «bandera de los EE.UU.».

Como constata la historiadora Marla R. Miller en su estudio sobre esta heroína, esto «no ha impedido» que ahora este personaje sea celebrado por todos como muestrario del genio popular del país. Aunque haya acabado, tal como la propia Miller afirma, siendo vendida como pequeña muñeca costurera que compran los turistas.

La leyenda que no muere

Una de las películas americanas en haber abordado de manera inteligente el choque entre la leyenda y la mentira es «El hombre que mató a Liberty Valance», de John Ford, para 1962. La epopeya de Ransom Stoddard, un culposo James Stewart, es construida por los periódicos para tapar el hecho paciente de un héroe anónimo como Tom Doniphon (John Wayne). Stoddard, en definitiva, no mató a Liberty Valance, pero el periodista que recoge el evento, en la lógica de los periódicos de frontera del tiempo, establece esa cita célebre:

«Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en un hecho, hay que imprimir la leyenda».

La formación de la nación estadounidense, endeble en estos tiempos en los cuales todavía las colonias pleiteaban entre sí, fue el caldo de cultivo para la creación de una mitología nacional que ha pervivido hasta nuestros días. Así, los escolares estadounidenses aprenden sobre la célebre campana, la bandera de Betsy y la firma el cuatro de julio. Ninguno de los hechos queda probado, pero construyen un imaginario que ha permitido el asentamiento de las libertades civiles y políticas en el país. Tal como dijo George Washington en una carta a James Madison:

«La libertad, cuando coge raíces, es una planta de crecimiento rápido».