Castillo de San Marcos en San Agustín (Florida)
Castillo de San Marcos en San Agustín (Florida) - m. trillo

Viaje a los orígenes de Estados Unidos

Adelantamos un fragmento de «La costa de los rebeldes», de Manuel Trillo, periodista de ABC

manuel trillo
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San Agustín, Florida. 5 de octubre de 2011

Una sola bandera ondeaba al viento en lo alto del inexpugnable castillo de San Marcos, y no era la de las barras y estrellas. Sobre fondo blanco se destacaba un aspa encarnada con una especie de nudos en cada uno de sus cuatro brazos. Se trataba, ni más ni menos, que de la cruz de San Andrés, también llamada aspa de Borgoña, que los ejércitos españoles enarbolaron por medio mundo durante tres largos siglos, mucho antes de que la enseña roja y gualda se convirtiera en el símbolo nacional.

En pleno siglo XXI, aquella bandera seguía presidiendo el edificio más emblemático de San Agustín, en el noreste de Florida, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América. Era la forma de reconocer que, mucho antes de que John Smith se dejara caer por Jamestown y de que el Mayflower hiciera su aparición en Massachusetts, los españoles ya estaban aquí.

Después de recorrer miles de kilómetros durante cuatro semanas por la Costa Este, ahora sí, por fin encontraba los auténticos orígenes del país. [...]

San Agustín, Florida. 8 de septiembre de 1565

Lo que espoleó a los españoles a vencer al fin todos los obstáculos en aquella tierra hostil y establecer una colonia permanente fue que los franceses se les estaban adelantando. Cuando Inglaterra ni se planteaba todavía estar presente en Norteamérica, eran los vecinos del otro lado de los Pirineos quienes amenazaban con desplazar a los españoles de los territorios descubiertos por Ponce de León [1513]. En 1562 crearon en la actual Carolina del Sur un puesto al que llamaron Charlesfort, luego abandonado, y en 1564 un grupo de hugonotes establecieron en el norte de la península de Florida un fuerte bautizado como La Carolina, en honor a Carlos IX. «Gabachos, y encima herejes, invadiendo tierra conquistada», pensó Felipe II. Aquella era una provocación demasiado insoportable como para quedarse de brazos cruzados. Había que expulsarlos.

Para tan crucial misión, el rey escogió al que muchos consideran el mejor de los marinos de su época: Pedro Menéndez de Avilés.

Este aguerrido asturiano, caballero de la Orden de Santiago, se había granjeado desde bien temprano fama de navegante intrépido y azote de los franceses. Limpió de corsarios las aguas del Cantábrico y entre sus hazañas de juventud se cuenta haber dado muerte a Jean Alphonse, uno de los navegantes al servicio de Francia más temidos, al que persiguió hasta el mismísimo puerto de La Rochela para pasarle por el filo de su espada.

Menéndez de Avilés se convirtió en una figura imprescindible para Felipe II, que ponía en sus manos las empresas más comprometidas. Entre ellas, la de proteger el oro y la plata de América en su ruta hasta España, para la cual fue designado capitán general de la carrera de Indias. Hay quien aventura incluso que, con Menéndez de Avilés al frente, la mal llamada Armada Invencible habría salido airosa de su lance con los ingleses. [...]

Pese a su impresionante hoja de servicios, Menéndez de Avilés tropezó con la inquina de los puntillosos burócratas de la Casa de Contratación de Sevilla, encargada de controlar el comercio con América.

Tal vez por los celos que despertaba el favor real del que gozaba, fue encarcelado en las Atarazanas sevillanas junto con su hermano Bartolomé, acusado de supuestas irregularidades en unos gastos que él siempre negó.

Pero Felipe II no podía permitirse prescindir de su mejor hombre, sobre todo por la trascendental tarea que le esperaba en Florida, e hizo que, tras más de un año de encierro, se le pusiera en libertad. Le restituyó como capitán general de la armada y le nombró gobernador de la Florida, ordenándole que conquistara y colonizara esos territorios antes de que los franceses se hicieran con ellos. Recibiría también el título de adelantado. Ahora bien, la Corona apenas aportaría recursos. Tuvo que ser Menéndez quien buscase la mayor parte de la financiación, aunque, de tener éxito, la inversión podría resultarle altamente rentable, ya que podría explotar los prometedores frutos de aquellas regiones feraces. [...]

A finales de agosto, Pedro Menéndez de Avilés avistaba por fin las costas de Florida.

No tardó en tener su primer encontronazo con los franceses. Tras interponer la popa del San Pelayo entre las proas de las naves capitana y almiranta de sus enemigos, les preguntó desafiante qué hacían allí y qué capitán tenían al mando. Tras confirmar que estaban a las órdenes de Jean Ribault y que les había enviado el rey de Francia, los galos quisieron saber a su vez quiénes eran los que preguntaban y qué general tenían. La contestación que recibieron dejaba las cosas bien claras. Lo cuenta el propio adelantado en una carta a Felipe II:

Respondióseles que Pero Menéndez, que iba por mandato de V. M. a esta costa y tierra a quemar y ahorcar los franceses luteranos que hallase en ella, y que por la mañana iría a abordar con sus navíos para saber si era desta gente, porque siéndola, no podía dejar de no ejecutar la justicia en ellos que V. M. mandaba.

Los franceses, bravucones, retaron a los españoles a no esperar al día siguiente, pero en cuanto Menéndez mostró intención de abordarles, salieron huyendo. Al día siguiente, dispuesto a poner fin a la intromisión de los herejes y a ganar aquellas tierras para la fe católica, comenzó a desembarcar a varios cientos de soldados, colonos y religiosos en una zona abrigada en la que se había fijado el 28 de agosto, día de San Agustín, unos cincuenta kilómetros al sur del fuerte francés. El 8 de septiembre de 1565, Pedro Menéndez de Avilés ponía sus pies en tierra y tomaba posesión del lugar en nombre de Felipe II. Cuarenta y dos años antes de la fundación de Jamestown por los ingleses, nacía así el primer asentamiento europeo en el territorio de lo que ahora son los Estados Unidos de América: San Agustín. [...]

Jean Ribault quiso echar a los españoles de su nuevo emplazamiento con un ataque desde el mar y preparó a su flota para asestarles un golpe mortal. Sin embargo, Menéndez de Avilés aprovechó precisamente que Ribault dejaba desguarnecido el fuerte de La Carolina para lanzar una ofensiva sorpresa por tierra. Tras cuatro días de camino atravesando un terreno lleno de pantanos y maleza y embarrado por las lluvias, con sus pesadas mochilas a cuestas, el adelantado se presentó con un grupo de soldados ante el puesto francés el día de San Mateo, 21 de septiembre. Tomaron el fuerte sin contemplaciones. [...]

A continuación, los españoles eliminaron todo rastro francés del fuerte, que rebautizaron como San Mateo.

Entre tanto, la fuerte tormenta había impedido a Ribault acercarse a San Agustín y había desperdigado sus barcos frente a la costa hasta hacerle naufragar. Pedro Menéndez dio con el capitán francés y varios de sus hombres en una playa veinte kilómetros al sur del puesto español. Cuando estuvieron frente a frente, Ribault quiso salvar su vida a cambio de doscientos mil ducados de talla, pero el asturiano no se dejó comprar y ejecutó las órdenes que traía. Lo cuenta así él mismo:

Salvé la vida a dos mozos caballeros, de hasta diez y ocho años, y a otros tres, que eran pífano, atambor y trompeta; y a Juan Ribao, con todos los demás, hice pasar a cuchillo, entendiendo que ansí convenía al servicio de Dios Nuestro Señor y de V. M.

Aún hoy, el río junto al que tuvo lugar la escabechina se conoce con el elocuente nombre de Matanzas. Algunas versiones de aquel episodio refieren que, tras exterminar a los franceses, Menéndez habría dejado escrito junto a los cadáveres que las víctimas habían sido muertas «no por franceses, sino por herejes». No obstante, no hay evidencias de que ese mensaje macabro existiese realmente, y todo apunta más bien a una invención francesa para magnificar la leyenda negra de los conquistadores españoles.