Se cumplen treinta y cinco años de la catástrofe que arrasó el camping de Los Alfaques
Estado en el que quedó la sección del camping afectada por la explosión - abc

Se cumplen treinta y cinco años de la catástrofe que arrasó el camping de Los Alfaques

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A las dos y media de la tarde del martes 11 de julio de 1978 el infierno se desató a tres kilómetros al sur de San Carlos de la Rápita, en Tarragona. Una súbita bola de fuego envolvió en cuestión de segundos una tercera parte del camping de Los Alfaques, en el que cientos de veraneantes españoles, belgas, franceses y alemanes terminaban de comer. El chorro abrasador, que alcanzó más de 2000 grados centígrados, bajó desde la nacional 340, que une Barcelona con Valencia y Cádiz, achicharró cincuenta y ocho coches, una motocicleta y varias autocaravanas, mató instantáneamente a 158 personas, dejó heridas de muerte a otras 57 y de gravedad a más de 70 y desembocó en el mar Mediterráneo, cuya agua, repleta de campistas que trataban de huir de las llamas, hirvió durante varios minutos.

El destino del camping, sin embargo, había quedado sellado dos horas y veinticinco minutos antes, cuando Francisco Imbernón Villena, de cincuenta años y natural de San Pedro del Pinatar (Murcia), abandonó con su camión la refinería de Enpetrol de La Pobla de Mafumet con destino a la petroquímica El Paular de Puertollano (Ciudad Real). Con su vehículo, un Pegaso matrícula M- 7034-C, arrastraba un semirremolque cisterna marca Fruehauf de acero al carbono con placas M-7981-R que transportaba 23470 kilogramos de propileno-Chemy. Demasiados.

Según la sentencia que posteriormente dictaría la Audiencia Provincial de Tarragona, la capacidad de carga de la cisterna era de 19350 kilogramos de propileno de volumen nominal y 19099 de volumen real. Imbernón llevaba a sus espaldas más de cuatro toneladas de más, lo que tendría consecuencias fatales para él y para los veraneantes de Los Alfaques: debido a la larga exposición al sol de julio durante el viaje, la carga se fue calentando y expandiendo. Al carecer de espacio —debido a la sobrecarga—, el acero de la cisterna se deformó. Primero se soltó la rueda de repuesto, cuya huella quedó marcada en la carretera. Cien metros después, el tanque reventó y el propileno, libre de toda contención, escapó bruscamente en dirección al camping, incendiándose con las chispas provocadas por el accidente.

Tras la explosión, la cabina se desplazó unos trescientos metros por la nacional en dirección sur, hacia Alcanar, mientras que la sección central salió disparada unos veinte metros hacia el camping y la parte trasera voló trescientos metros en dirección tierra adentro, hasta quedar incrustada sobre la piscina de un chalet cercano, cuyos dueños, que a esa hora tomaban el sol, pudieron escapar de forma casi milagrosa.

Comenzaba entonces un auténtico infierno para los veraneantes que habían venido de media Europa para disfrutar del sol de Tarragona. Según testigos presenciales el espectáculo tras la explosión, que fue alimentada por los depósitos de los coches aparcados y las bombonas de butano de los campistas, era dantesco. «Hay cuerpos completamente calcinados y esparcidos por todas partes», escribía al día siguiente en ABC el enviado especial del periódico, quién afirmó que la zona había quedado «arrasada como si hubiera caído un meteorito».

Pudo ser mucho peor

Según las investigación posterior, la tragedia podría haberse evitado si Imbernón hubiera decidido viajar por la autopista en lugar de por la carretera nacional, algo que varias fuentes durante el juicio atribuyeron al hecho de que el conductor habría tenido que pagar el peaje de su bolsillo. No obstante, también podría haber sido muchísimo peor, ya que pocos minutos antes de la explosión el camión había atravesado las calles abarrotadas de San Carlos de la Rápita.

«Me salvé porque llevé al perro a pasear», dijo un supervivienteLa identificación de los cadáveres se hizo muy difícil por encontrarse la mayoría de los cuerpos completamente carbonizados y vestidos tan solo con traje de baño. Según escribía Alfredo Semprún, enviado por ABC para cubrir el suceso, el cadáver de un bebé se halló materialmente injerto en el asfalto de uno de los caminos del camping y un día después de la tragedia todavía vagaban «como autómatas» algunos supervivientes por los alrededores. «Entre ellos nos llama poderosamente la atención un francés permanentemente abrazado a un perro Pointer, "único ser querido que ha sobrevivido a la catástrofe, ya quemi esposa e hijo —nos ha contado entre lágrimas— han muerto. Yo me salvé porque llevé al perro a pasear, mientras que ellos dormían la siesta"». El periodista también recogió la petición de otro superviviente francés, Diego Noden, «que nos ruega que hagamos constar, en su nombre y en el de sus compatriotas, el agradecimiento al pueblo llano y sencillo español, que supo verter toda su simpatía y valor humano en los momentos que más se necesitaba».

Cambios en la normativa

La tragedia alcanzó tal cariz que obligó a cambiar las normas de seguridad para el transporte de mercancías peligrosas por carretera. De acuerdo con el Grupo Universitario de Investigación Analítica de Riesgos (GUIAR) de la Universidad de Zaragoza, a raíz del accidente se impuso la obligatoriedad de instalar de válvulas de alivio de presión en las cisternas que transportan determinadas sustancias inflamables y se diseñaron rutas adecuadas fuera de los núcleos urbanos parael transporte de mercancías peligrosas.

Cuatro años después de la tragedia, en 1982, la Audiencia de Tarragona condenó al jefe de Seguridad de Enpetrol por no avisar del exceso de carga —una anomalía que al parecer se producía frecuentemente— y al director de la refinería a un año de prisión e indemnizaciones a los perjudicados, que correrían a cargo de Enpetrol como responsable civil subsidiario. Los daños materiales, incluyendo las indemnizaciones, quedaron valorados en unos 176 millones de pesetas de entonces. En 1983 la Sala Segunda del Supremo aceptó parcialmente los recursos de ambos, negando que hubiera imprudencia temeraria profesional.

Tras la tragedia, las dos terceras partes del camping siguieron funcionando, mientras que la zona afectada fue remodelada durante los diez meses posteriores. Sobre la tierra calcinada se depositó una capa de treinta centímetros de arena nueva, se plantaron árboles y los hierros retorcidos de los automóviles y las caravanas fueron retirados. También se erigió un monolito con dos centenares de estrellas orlando un círculo con una cruz y una inscripción que solamente reza: «In memoriam».