Cultura

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Frederick Forsyth «Se podrá vencer a los narcos si los tratamos como terroristas»

España palpita en «Cobra» (Plaza&Janés), la nueva y apasionante novela de intriga del autor británico

Día 16/02/2011

1 En el hotel Villa Real, donde nos recibe el autor de Chacal, se «aloja» el abogado de los peces gordos de la droga que ficciona Frederick Forsyth en Cobra. Un trasunto del presidente Obama declara la guerra a los cárteles de la droga para aniquilarles. Le encarga la misión a a un exagente de la CIA sin escrúpulos...

—¿Cuándo se ganará la batalla contra el narcotráfico. Mr. Forsyth?

—Es difícil derrotar a los grandes narcotraficantes cuando éstos criminales poseen más derechos civiles que los ciudadanos de a pie.

—¿Hay interés o no en liquidarlos?

—Hay grandes conferencias, donde se intercambia información, incluso los rusos, que no colaboran mucho la verdad, en asunto de drogas sí lo hacen.

—¿Pero...?

—Si la lucha contra la droga se equipara a la lucha contra el terrorismo se podrá vencer a los narcos. Todo cambió tras el 11-S.Las agencias de lucha contra el terrorismo fueron dotadas de un poder increíble para arrestar, matar, interceptar, escuchar y espiar a los terroristas. Con esos poderes se podría erradicar el narcotráfico, pero no se nos permite tratar a esos delincuentes como a terroristas.

—¿Cuánto dinero mueve la droga?

—Unos 100.000 millardos de dólares al año. ¡Diez millones por tonelada!

—¿Quién lo controla todo?

The Gains! ¡Las bandas! Los productores, los transportistas, los mayoristas, los camellos...

—¿Qué tiene la droga que a tantas familias destroza, que a tantos seres humanos aboca a la escombrera, que tan irreparable dolor causa?

—En primer lugar, tiene un efecto directo en el individuo. Uno ve a esos jóvenes de 15 a 20 años con los ojos clavados en la calavera, envejecidos, con el pelo de cualquier manera, delincuentes, sin vida... El segundo efecto es familiar: destruye las familias. Y corrompe la sociedad. En el Reino Unido, la Policía me ha contado que el 70 % de los delitos de robo cometidos se hacen para «alimentar» el «hábito». Y los beneficios se convierten en subsidios: ese dinero de la droga se utiliza para el tráfico de niños, inmigrantes, pornografía...e incluso para apoyar el tráfico de armas. —¿Cómo se ha documentado? ¿Ha podido «empotrarse» en los cárteles?

—¡Qué va! ¡Me habrían asesinado! Para escribir Los perros de la guerra pude insertarme en el mundo de los mercenarios y los traficantes de armas: me disfracé de traficante surafricano. ¡Casi me aniquilan! En 1973, en Hamburgo, un mafioso descubrió mi foto en la contraportada de Chacal y tuve que salir por piernas. Para escribir Cobrano me dirigí a los miembros del cártel de Colombia porque directamente me habrían liquidado. Habl con los jefes de la DEA, con la Policía colombiana, estadounidense... desde Bogotá a Milán, de Cartagena de Indias al África Occidental.

—¿Cuándo veremos a los criminales de la droga en prisión eternamente?

—No los vemos porque cuando se arresta a alguien siempre es un buque pesquero pequeño, o un tipo con un maletín en Barajas lleno de cocaína. Los criminales tienen más idiotas y disponen de más maletas. No se atrapa a los peces gordos. Hablamos de unas cantidades de dinero monumentales con las que se compra a la Policía, a funcionarios de aduanas, a jueces... Por eso no ganamos.

—¿Y si Obama y Putin declararan hoy mismo la guerra a los cárteles?

—¡Es que no lo van a hacer! Dicen: «Estamos haciendo todo lo que podemos». No es así. Cuando los terroristas árabes derribaron los dos pilares del capitalismo estadounidense, entonces sí se pusieron a hacer algo. Los «chicos de las drogas» no tienen que enfrentarse a los políticos. Cuando uno quiere que un político reaccione, hay que ponerle en una situación de peligro, pero no de muerte. Si el político piensa que va a perder las elecciones, entonces sí se pone manos a la obra. Y sí hace algo. Y esto va por Zapatero, Cameron, Obama...

—Su novela se desarrolla en Madrid.

—Vine a España por vez primera con 17 años. Me encanta su país.

—¿Es verdad que quiso ser torero?

—Sí, sí. Cuando leí todo Hemingway, admiraba a Ortega, Dominguín, Manolete, Ordóñez, Joselito, Belmonte...

—¿Se ha enfrentado a un toro?

—¡Nunca!

—¿Por qué?

—Porque es un animal muy caro. Y con 17 años, sin saber torear, ¡yo no quería desperdiciarlo!

—¿Qué opina de la prohibición de las corridas en Cataluña?

—Bueno, es una decisión de los catalanes. La tauromaquia forma parte de la Historia de la cultura española.

—¿Sigue criando corderos?

—Acabo de vender la granja, el mes pasado. Así que me he jubilado. Hemos comprado una casa pequeña con dos hectáreas de terreno. Suficiente.

—¡Y a vivir, que son dos días!

—La cosa se estaba complicando mucho, cada vez daban más trabajo los corderos y mi mujer me dijo: «¡Quiero una vida menos complicada!».

—¿Se jubilará de la literatura?

—Sí, sí también. Siempre que escribo un libro digo que es el último. Pero me convencen y aquí sigo.

—¿Ha pactado usted con el diablo?

—¿Yo Fausto? ¿Por qué?

—Por su bronceado imperecedero.

—Lo mío no es acordar con el diablo.

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