Imagen del desfile del 12 de octubre con motivo del día de la Fiesta Nacional
Imagen del desfile del 12 de octubre con motivo del día de la Fiesta Nacional - JAIME GARCÍA
Editorial ABC

Orgullo nacional y movilización social

La celebración de la Fiesta Nacional fue, ayer, una nueva ocasión para expresar los sentimientos de pertenencia a una nación construida sobre los cimientos de la inclusión histórica de los pueblos de España a un proyecto común

Actualizado:

Desde el discurso de Su Majestad el Rey Felipe VI, dos días después del intento de referéndum secesionista en Cataluña, los españoles se han sentido llamados a expresar su conciencia nacional y el deseo de permanecer unidos por encima de cualquier diferencia política. Sólo se descuelgan de este compromiso patriótico quienes ven en la idea de España un obstáculo a sus ideologías totalitarias. La celebración de la Fiesta Nacional fue, ayer, una nueva ocasión para expresar estos sentimientos de pertenencia a una nación construida sobre los cimientos de la inclusión histórica de los pueblos de España a un proyecto común. La trágica muerte del capitán del Ejército del Aire Borja Aybar entristeció la jornada e hizo presente la disposición permanente de nuestros militares a cualquier riesgo. Nuestra historia no ha sido pacífica, ni fácil, pero la superación de tantas adversidades en el pasado, trágicas hasta grado extremo como la Guerra Civil, demuestra que España es una realidad fuerte y resistente a sus tensiones internas. Por eso, el entusiasmo con el Rey y las Fuerzas Armadas por parte de los ciudadanos que ayer asistieron masivamente en Madrid al desfile militar fue superior al de años anteriores. Más aún en Barcelona, donde la convocatoria de Sociedad Civil Catalana se saldó con una nueva respuesta multitudinaria. La desaparición de temores en la expresión, tranquila y pacífica, del orgullo nacional y la extensión de la movilización social por España ayudarán a tener una imagen precisa de lo que sienten los españoles.

Frente a estas muestras de patriotismo constructivo -incompatible con la más mínima acción violenta o extremista-, los de siempre se empeñan en construir relatos alternativos, puras ficciones para jugar a cambiar la gran historia de España. Inventan inefables días de la «resistencia indígena» o contraprograman el 12-O con revisionismos históricos de meros analfabetos. En la crisis provocada por el separatismo catalán, estos sectores políticos y sociales pura y simplemente antiespañoles han encontrado su ariete para romper la realidad histórica y nacional de España. Pero, de nuevo, su fracaso está garantizado porque esta España del siglo XXI es una democracia moderna en la que la palabra «nación» vuelve a ser, como en 1812, sinónimo de libertad, igualdad y ciudadanía, frente al privilegio territorial, la insolidaridad y el odio entre compatriotas que promueven los separatistas catalanes y el revanchismo enfermizo de Podemos y demás grupos de extrema izquierda. Y si esto es España se debe, precisamente, a la historia común que ayer celebramos y a la Constitución de 1978, expuesta a esa coalición tenebrosa de separatistas y extrema izquierda. Constitución que, por nuestro propio beneficio como demócratas, debemos defender.