La enfermedad que no pudo doblegar a la enigmática juez Alaya
La juez Alaya a su llegada a los juzgados - vanesa gómez

La enfermedad que no pudo doblegar a la enigmática juez Alaya

Después de una baja de seis meses por fuertes neuralgias, la magistrada de los ERE falsos de Andalucía ha regresado implacable para desentrañar la trama de corrupción

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Según los expertos, la sensación es similar a la de recibir un disparo en plena cara: un latigazo de intenso dolor en el rostro que paraliza y acobarda. Claro que quienes padecen de neuralgia del nervio trigémino no reciben un tiro, sino cientos, y a veces en un mismo día. Cualquier roce puede desencadenar un episodio: lavarse los dientes, aplicarse maquillaje o el simple contacto con una corriente de aire. Supone tal tortura, que también recibe el nombre de «enfermedad del suicidio».

Este es el mal que ha mantenido apartada del trabajo durante seis meses a la juez Mercedes Alaya, instructora del caso de los ERE de Andalucía. Más pálida y visiblemente más delgada, reaparecía a principios de mes en el juzgado de Sevilla. A simple vista, son los únicos cambios que se han operado en ella durante este medio año de baja: su aire enigmático, su elegancia y su seriedad permanecen intactos. Como su entrega. Tras su reincorporación, han bastado unos días para que quienes auguraban que la reciente enfermedad afectaría a su ritmo de trabajo comprendiesen lo equivocados que estaban: si antes de su marcha podía hablarse de una actividad endiablada, lo de ahora es ya puro frenesí. Veintidós detenidos y una sesión ininterrumpida de interrogatorios de 24 horas son la prueba de que se encuentra en plena forma.

Sin ceder a la presión

El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) ha llamado la atención a la juez sobre la necesidad de acelerar la instrucción de las grandes causas que está investigando, cuya complejidad están contribuyendo a alargarla. En su ausencia, dos magistrados -Ana Rosa Curra y Rogelio Reyes- se habían hecho cargo de los procesos, que hicieron avanzar muy lentamente; a su vuelta, Alaya ha insistido en continuar en exclusiva con las investigaciones, sin ceder a las presiones del TSJA para que las comparta.

La juez dio un golpe de efecto la semana pasada poniendo en marcha la «Operación Heracles», en la que doscientos agentes de la Guardia Civil a sus órdenes realizaron trece registros en siete provincias y practicaron una veintena de detenciones. La magistrada apuntó directamente a los intermediarios que se metieron dinero en el bolsillo por la concesión de los ERE fraudulentos. Para Alaya, la cantidad de dinero defraudado asciende a 136 millones.

Son los responsables de este engaño los últimos que han desfilado ante Mercedes Alaya, que lleva camino de convertir sus interrogatorios en algo legendario. El año pasado dejó pasmados a quienes asistieron a sus encuentros con Javier Guerrero, exdirector general de Trabajo célebre por sus juergas con prostitutas y cocaína: llegaron a compararla con una serpiente que hipnotiza a su víctima antes de acabar con ella. Dura y cruel en otras ocasiones -hasta el extremo de motivar quejas de los acusados- se mostró afable y simpática con el presunto cerebro de la trama, ante quien desplegó todos sus encantos. Eso sí, la conversación animada y las risas cómplices no impidieron que Guerrero acabara entre rejas.

Otra versión de sí misma

El pasado sábado, Alaya ofreció la otra versión de sí misma: volvió a ser la investigadora inquisitiva, incansable y tenaz, capaz de doblegar voluntades. Viéndola salir del juzgado, siempre bien vestida, con gafas de sol y arrastrando su inseparable maleta de documentación, nadie imaginaba que acababa de terminar una maratoniana jornada que había empezado exactamente veinticuatro horas antes. Si sus compañeros ya admiraban su capacidad de saltarse comidas para permanecer horas y horas en su despacho, ahora saben que también puede prescindir de dormir cuando tiene algo entre manos.

Así como Javier Guerrero se convirtió en el gran protagonista durante la primera parte de la instrucción, las nuevas pesquisas siguen añadiendo nombres a la nómina de personajes controvertidos. Entre toda esa lista de presuntos caraduras ha ganado relevancia Juan Lanzas, un exsindicalista de UGT, que actuó como intermediario en los ERE, y que, según la juez, llegó a embolsarse 13 millones de euros desde 1990. En el registro del domicilio de sus padres, los perros de la Guardia Civil encontraron 82.000 euros en fajos de billetes metidos debajo de un colchón.

El aura de misterio que la rodea permanece intacta: durante los seis meses de convalecencia no han trascendido nuevos detalles de su vida privada. Mercedes Alaya sigue siendo esa mujer de aspecto impecable que nunca aparenta la edad que tiene (casi 50 años). En cualquier caso, se trata de una imagen vistosa que a veces parece distraer de lo que realmente importa: que estamos ante una juez implacable y minuciosa, que ejerce su profesión con mano de hierro.