El Infante Alfonso y las truchas

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Jorge Manrique, en las Coplas a la muerte de su padre, le llamó «el inocente». El infante Alfonso, al que algunos nobles castellanos coronaron como Alfonso XII en 1465, era hermanastro del rey Enrique IV, por mal nombre «el impotente», y hermano de quien acabaría siendo Isabel «la católica». Fue, como decimos, utilizado por la nobleza castellana opuesta a Enrique, que hasta había llegado a nombrarlo Príncipe de Asturias, de lo que luego se desdijo. Quienes hayan visto la serie «Isabel» conocerán la ajetreada historia de este príncipe, sus enfrentamientos con Enrique, la historia de Juana, llamada «la Beltraneja»…

Un día, cuando contaba catorce años y tenía corte («qué corte tan excelente / tuvo y quanto gran señor / le siguió» continúa Manrique) en Arévalo, paró a cenar en la localidad abulense de Cardeñosa. El plato principal, truchas. Y algo fue mal: Alfonso se puso enfermo y no se recuperó; falleció a los pocos días. ¿Intoxicación fortuita… o envenenamiento? Hay teorías para todos los gustos, que apuntan a muchos posibles interesados en sacar del medio al infante, incluyendo a su hermana, que se vio así en primera línea de sucesión al trono castellano, que antes le quedaba lejos.

No consta cómo le presentaron la trucha a Alfonso. Se supone que escabechada; tal vez no estaba muy fresca, tal vez la emponzoñaron, quién sabe. No era una «arco iris», eso seguro, sino una «pintona», autóctona. Una de sus mejores recetas es una variante de la llamada «a la navarra», pero cambiando la posición del jamón. Limpios los pescados, se salan y se enharinan. Se hace que unas buenas lonchas de tocino suelten su grasa en la sartén.; se retiran, y se sustituyen por tantas lonchas de jamón como truchas; el jamón debe sólo atemperarse, sin llegar a freírse. Se retira, y en la grasa que han dejado los elementos porcinos, se fríen las «pintonas». Finalmente, las servimos sobre el jamón; así, ni éste pierde su textura, ni la trucha su sabor.