Simon Rattle en su gira de despedida: de cal y arena

La Filarmónica de Berlín fue recibida en un clima de inusual expectación, demanda de localidades y triunfalismo

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En un clima de inusual expectación, demanda de localidades y triunfalismo, la Filarmónica de Berlín también consolida en Madrid la gira de despedida del director sir Simon Rattle, su titular durante dieciséis años. Porque solo bajo el abrigo del fetichismo cabe entender el insólito entusiasmo del público aplaudiendo la tercera sinfonía de Lutoslawski o «Tanz auf dem Vulkan», recientemente compuesta por el prolífico y solicitado Jörg Widmann para el adiós del director.

El espectáculo ha de sobrevivir y a él contribuye esta partitura en la que, bajo la apariencia jazzística, la orquesta acompaña la entrada y la salida de Rattle al escenario. En medio queda una verdadera erupción de citas musicales, sugerencias y talento orquestal. No es ya la brillantez de la obra (que la tiene), ni la rutilante coloración del «collage» que ensambla, se trata de afianzar el fascinante virtuosismo de una orquesta particularmente afamada y mitómana.

Que Rattle haga esta gira con ambas obras dice mucho del sentido de la responsabilidad musical del director británico y de la afinidad con este repertorio. Es fácil colocar su interpretación de la sinfonía de Lutoslawski en una posición referencial, tal es la sutileza del acabado, la facilidad para engrasar el sentido híbrido de las secciones y la autoridad para dotar de coherencia la mezcolanza del discurso, la variedad de las ideas melódicas y su creciente intensidad. Cabe deducirlo del concierto madrileño, en un día que vinieron a la memoria otras muchas actuaciones de Rattle con la orquesta berlinesa. Una relación no siempre dulce y una colección de acontecimientos no siempre redonda.

Lo ejemplificó la primera sinfonía de Brahms, ofrecida en una versión particularmente histriónica. Parece impropio de los 63 años semejante ardor, embestida y arrebatamiento, pues aquí estuvo el verdadero volcán del concierto y no en la obra de Widmann. En el fondo fue toda una lección porque frente a este Brahms engrosado, de sonoridad pastosa y, difícil atractivo, la sutil música de Lutoslawski se reveló en su verdadera y maestra condición.

A intérpretes como Rattle se debe esta paradójica enseñanza: en verdad, fue un concierto del que cupo deducir importantes conclusiones.