Oriana Fallaci entrevistando al Ayatolá Jomeini
Oriana Fallaci entrevistando al Ayatolá Jomeini - abc
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Oriana Fallaci: la mujer que miró a los ojos del poder y el Islam

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Presumía de no pesar más de 48 kilos y muchos se asustaron cuando la vieron por primera vez. ¿Cómo cabía tanto carácter en un cuerpo tan pequeño? Era Oriana Fallaci, considerada por muchos una de las mejores periodistas de la historia, que hizo del mal genio una virtud y de la pregunta impertinente un género. Su historia vuelve a la luz en una biografía escrita por Cristina de Stefano, compatriota, que ha construido a través de sus cartas, sus libros y los testimonios de aquellos que la acompañaron un perfil vibrante y equilibrado.

En «La corresponsal» (Editorial Aguilar) conocemos primero a la madre de la criatura, Tosca, una mujer esclava de un embarazo joven convertida en Cenicienta por su propia suegra. Tosca dio a luz a Oriana, una niña preciosa. «No estabas roja ni arrugada como los demás recién nacidos», le decía al tiempo que le rogaba constancia en los estudios para no terminar como ella, convertida en una ama de casa sin aspiraciones. Desde muy joven, Oriana cultivó el carácter que más tarde le permitió echar raíces en un mundo reservado a los hombres.

«Me volví dura y agresiva»

«Según me decían, antes de ir al colegio era muy apacible», contó una vez. «En él me volví dura y agresiva, me convertí en una persona rabiosa cuando descubrí que era mejor que los demás y que ellos eran ricos». Esto fue un estímulo para Oriana, que sacó siempre muy buenas notas con el fin de corregir esa injusticia. Empezó la carrera de Medicina –que pagaba escribiendo con regularidad en «Il Mattino»–, pero no tardó en dejar la Facultad: «Obligada a elegir entre la Medicina, que no me pagaba, y el periódico, que me pagaba, opté por el periódico».

Se instaló en Milán para trabajar en «L’Europeo», donde terminó de hacerse grande. La mandaron a cubrir información de Hollywood como redactora a caballo entre la cultura y la alta sociedad. «Era tan irrespetuosa –escribe Cristina de Stefano, autora de la biografía– que el lector se sentía poco menos que vengado en su gris rutina». A partir de ese momento, sus jefes comprendieron que meter la firma de Oriana en portada era sinónimo de vender más.

En Estados Unidos quiso conseguir una entrevista con Marilyn Monroe. «Olvídalo, yo llevo seis meses buscándola en vano», le advirtió un compañero. Para dar con ella, acudió junto a una tal Giovanna al estreno teatral de una amiga de la actriz. Oriana iba a todas partes con una grabadora inmensa, que hoy no pasaría como equipaje de mano en muchas aerolíneas. Buscaron por los pasillos y entre los camerinos sin éxito. Pasaron tanto tiempo que se quedaron encerradas en el teatro. Durmieron en unos sillones y al día siguiente las echaron.

Fue muy dura con las estrellas de Hollywood, sobre todo con aquellas que no le prestaban mucha atención o, en su defecto, no le dejaban grandes titulares. Elvis no quiso recibirla y lo pagó. En el siguiente número, Oriana le describió como «un idiota que solo se movía si iba precedido de una multitud de jóvenes». Frank Sinatra tampoco la recibió y ella se prometió no volver a hablarle, hasta que coincidieron butaca con butaca en el estreno de una película. «Miré hacia la pantalla fingiendo que no lo veía. Pero Frank Sinatra tiene buena memoria. Poco antes de que las luces de la sala se apagaran me tocó con un dedo en un brazo y con la más ingenua de sus sonrisas me dijo: “Hello, ¿Aún estás enfadada?”. Eso domesticaría hasta a una serpiente. No digamos a una mujer».

Se quita el velo

Su éxito en Estados Unidos la convirtió en la corresponsal de guerra más cotizada del momento. Debutó en Vietnam, donde dejó de ser Oriana para convertirse en «La Fallaci». Quería cubrir el conflicto a su manera y, nada más llegar, firmó un papel donde eximía de toda responsabilidad al ejército estadounidense en caso de fallecer. Pudo dejarlo y vivir de las rentas, del dinero que le reportaban sus libros, «pero no la habían educado así», asegura la autora.

Ya por entonces era conocida en todo el mundo, y fue creando su propio personaje. Empezó a entrevistar a grandes dirigentes a nivel mundial en las conocidas como «Fallaci interviews», que eran materia de estudio en las facultades de Periodismo de Estados Unidos.

El «método Fallaci» la colocó delante de gente como Henri Kissinger, Muamar el Gadafi o el ayatolá Jomeini, con quien tuvo una intensa entrevista. «Aceptó ponerse el chador para el encuentro», se cuenta en el libro. «Pero cuando Jomeini, irritado por sus preguntas sobre la condición femenina en Irán, hizo una broma sarcástica –«si no le gusta el vestido islámico no está obligada a llevarlo; el chador es para las mujeres jóvenes y respetables»–, Oriana reaccionó quitándose el chador con un ademán rabioso. Se organizó un buen lío. Jomeini, que no aceptaba estar en presencia de una mujer con la cabeza descubierta, salió de la habitación».

El encuentro con Gadafi fue decepcionante. El dictador se fue por las ramas, no encontró la manera de obtener respuestas útiles y terminó escribiendo sobre «la comicidad del tirano». En aquellos días hizo gala de una gran independencia. Terminó enemistada con casi todos y, mientras en Italia decían que se había vendido a la derecha, el gobierno de Estados Unidos la veía como una subversiva. Ni una cosa ni la otra. «Espléndidos cuando combaten, los comunistas resultan insoportables cuando han vencido», escribió después de la Guerra de Vietnam.

Llegó un momento de su madurez en el que Fallaci solo pensaba en trabajar. Estaba convencida de que le quedaba poco tiempo y quería terminar una novela familiar en la que había invertido más de diez años de investigación y escritura. Disfrutaba de la soledad y colocó en el timbre de su casa un post-it que decía: «Go away» (márchese), que fue más o menos la respuesta que dio al primer valiente que quiso escribir su biografía, un estudioso estadounidense.