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Novela policiaca española: detectives de pata negra

Este género negro apuesta por acercarse cada vez más a la realidad normalizando y humanizando a sus protagonistas

Lorenzo Silva, creador de la pareja de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro
Lorenzo Silva, creador de la pareja de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro - efe
david morán - Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Es noche cerrada, sí, pero la sempiterna botella de whisky de Philip Marlowe ha desaparecido y no hay ni rastro de las humeantes colillas de Sam Spade. Será que no estamos en un bar de Los Ángeles, sino en una cafetería anodina en el centro de Barcelona. O, quién sabe, bajo la lluvia torrencial del Valle de Baztán. O, mejor aún, en el ascensor de un edificio cualquiera de Madrid. ¿El cadáver? No andará lejos. Siempre hay uno, así que solo es cuestión de tiempo.

Solo que el crimen, en este caso, no es un crimen, sino un misterio. ¿Existe un detective de ficción pata negra? ¿Se pueden detectar factores que acentúen la singularidad de la novela negra hecha aquí y, sobre todo, potencien los rasgos de sus sufridos protagonistas? «Todos tienen su propia personalidad compleja, y se mueven en el mundo con poca conformidad, están más de parte del débil que de la ley pura y dura», explica Alicia Giménez Bartlett, creadora de la inspectora de policía Petra Delicado y dama negra por excelencia del género.

Buena jugada pero, ¿cómo resolverían ellos mismos este misterio? Veamos: la Amaia Salazar de Dolores Redondo repasaría mentalmente lo aprendido en Cuántico; Petra Delicado trataría de hallar el requiebro irónico del asunto; el sargento Bevilacqua de Lorenzo Silva echaría mano de su legendario pragmatismo; el Diego Cañas de Andreu Martín maldeciría su suerte y a sus superiores...

En un extremo el Milo Malart de Aro Sáinz de la Maza seguiría preguntándose si se he vuelto completamente loco y Méndez… Bueno, quizá Méndez ya se haya jubilado pero, esté donde esté, seguro que sigue acariciando su viejo Colt. Y así podríamos seguir hasta llegar al sargento J. B. Silva de Carolina Solé, al inspector David Ossa de Julian Sánchez y a la subinspectora Norma Forester de Teresa Solana.

Porque, en efecto, la familia crece, los hijos literarios de Manuel Vázquez Montalbán y Francisco González Ledesma han alumbrado nueva descendencia y la prole no hace más que crecer y alejarse de los referentes más icónicos del género. Adiós, Chandler. Hasta la vista, Hammet.

Nuevos tiempos exigen nuevas maneras de narrar y, cómo no, de investigar. Y, casi siempre, con placa. «La investigación “made in Spain” la realizan más a pie de calle, mezclándose con la gente, conversando frente a una cerveza y unas aceitunas. Su carácter mediterráneo los hace más sociables, abiertos al exterior. La soledad no les pesa tanto, son menos huraños, menos atormentados», explica la editora Anik Lapoint, responsable de la serie negra de RBA.

«Los crímenes no son los mismos, así que tampoco lo pueden ser sus investigadores», señala Lorenzo Silva, capo detutti capi actual de la novela negra española y creador de la pareja de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. «El primero que tuvo el coraje de sacudirse los complejos fue García Pavón. Él es el precursor, con su policía municipal y sus crímenes de pueblo», explica Silva, para quien arrimarse cada vez más a la realidad ha sido determinante a la hora de configurar un universo detectivesco creíble.

Nuevos héroes

«Antes nos acercábamos a la novela policial con una barra de seguridad que a veces ponía la propia policía, y el resultado era bastante irreal. Ahora, en cambio, lees una novela como la de Dolores Redondo y te das cuenta de que detrás hay un grandísimo trabajo de documentación», añade Andreu Martín, uno de los primeros que se atrevió en darle en protagonismo a un policía con su novela «A navajazos». «Vi mucho rechazo», asegura.

La normalización del uniforme es, precisamente, lo que más ha marcado la novela negra española en los últimos treinta años. Policías, Mossos d’Esquadra e incluso Guardias Civileshan arrinconado poco a poco a detectives privados e investigadores. «Eso hace unos años era impensable», apunta Silva. «Ninguno de los héroes de los años setenta, los Carvalho y compañía, eran policías. Era inconcebible. La normalización pasa por dejar de ver a la policía como una fuerza oscura y empezar a pensar que son personas normales», explica Toni Hill, autor de dos novelas protagonizadas por Héctor Salgado.

Incluso autores como Teresa Solana reconocen que se animaron a crear sus personajes tras ver cómo Silva había transformado en «héroes» a sus guardias civiles. «También influye que la propia policía se haya abierto más y se haya vuelto más permeable a los autores», añade Martí.

Casi todos coinciden en señalar que, además de humanizar la figura del policía, la tendencia es enriquecer aún más la dimensión personal de sus personajes. Convertirlos en personas normales con sus conflictos a cuestas y sus problemas aguardando pacientemente en casa. «A cierta edad, cualquier persona, ya sea policía o periodista, acumula un historial de pérdidas y decepciones», señala Hill. «Hacerlo de otra manera sería caer en la caricatura», sentencia Martín.

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