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Pardo Bazán y Galdós, fuego en el cuerpo

Día 01/04/2013 - 12.24h
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Se publican al completo las cartas que la escritora le escibió al novelista

Fue una mujer de armas tomar. Armas literarias... y de las otras. Porque fue, cuando los tiempos no lo recomendaban ni lo aplaudían, una mujer libre, libérrima, primerísima feminista, mujer culta entre las cultas, apasionada de la ciencia, que odiaba el hilo, el dedal y la aguja, que aborrecía bordados y zurcidos, que prefería tirar de pluma y folio en blanco para dibujar aquellos «Pazos de Ulloa», antes que andarse entre sisas y jaretas, porque como ella misma se dibujó: «Soy un alma de varonil latir».

Sí, la condesa de Pardo Bazán no solo era una mujer de clase, condesa, que no es poco, sino también una muejr con clase, esa que le llevaba a adornar su casa con mesitas del Lejano Oriente lacadas, a comer en vajilla de porcelana francesa, y a coleccionar los mejores abanicos de España y de su querido París.

La Bazán fue una precursora, autora de una novela fantástica, «Aficiones peligrosas», escrita con trece años, cuando decidió que de profesión sus labores nada de nada, que ella iba para escritora. Y así fue. Y hasta se prefirió separarse de su marido (mosqueadito por la pasión de la condesa por el naturalismo de Zola) que divorciarse de la literatura. Nunca se calló, ni en el Ateneo ni en la cátedra de la Universidad Central de Madrid que consiguiera cumplidos ya los sesenta y cinco años. Nunca se calló, y quizá por eso la Real Academia la negó por tres veces.

Corazón abierto

Doña Emilia fue una mujer que nunca le echó un candado a las puertas de su corazón. Unas puertas que un buen día cruzó aquel hombretón alto y desgarbado, canarión, aquel escritor criado entre mujeres, solterón (y se cuenta que ligón) empedernido, que minuto a minuto, hora a hora y día a día trazaba por escrito la trama social e histórica de España en sus «Episodios Nacionales», en sus novelas realistas, en sus fortunatas, sus jacintas, sus misericordias. Don Benito, al que un Pío Baroja de lengua demasiado larga llamara el garbancero, Don Benito Pérez Galdós y Doña Emilia estaban llamados a entenderse. Intelectual y apasionadamente.

Pasaron de ser discípula y maestro, a ser amantes, por libre, sin contratos, una «relación abierta», como tan cursimente se dice ahora. Y como no eran tiempos de sms ni de e-mail Doña Emilia y Don Benito tiraron de recado de escribir. Y no de vez en cuando, sino a lo largo de treinta años, entre el 5 de abril de 1883 y el 3 de marzo de 1915. Desgraciadamente, de las cartas remitidas por Galdós solo una no ha desaparecido. Muchas desaparecieron en el Pazo de Meirás, cuando sus propietarios eran los Franco.

El resto son noventa cartas que ahora se rescatan por primera vez en su totalidad (Carmen Bravo Villasante reunió hace años una treintena, conservadas en la Real Academia) en «Miquiño mío. Cartas a Galdós» (Ed. Turner) un libro editado y prologado por Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández.

Misivas que van mostrando cómo fue cambiando la relación entre los dos escritores. Primero, pasaron por una admiración literaria mutua, que poco a poco se vestiría de amor, para acabar al final de las vidas de ambos (murieron con tan solo un año de diferencia) con una profundísima amistad. Las cartas están ordenadas cronológicamente y describen una relación íntima, tanto intelectual como sentimental.

Ahí en estas páginas momentos para el humor, para el cotilleo, para la pasión, para la crítica y el ensalzo de la labor de otros colegas, para darle un par de sopapos a la Academia, para pasar del primer «Mi ilustre maestro y amigo» (1883) al «Miquiño mío del alma, haz por dormir y no fumes mucho» (1889) y con párrafos tan propios del lenguaje naturalista de la Bazán como: «Pánfilo de mi corazón, rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos tan dulcemente de literatura y de Academia y de tonterías. ¡Pero antes te morderé un carrillito!». Lo dicho, de armas tomar que era la condesa.

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