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Las «Aficiones peligrosas» de doña Emilia Pardo Bazán

Se publica por primera vez la versión íntegra de esta novela, escrita con trece años

Día 02/04/2012

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«Mujer de armas tomar». Una frase hecha. Y derecha. Y ustedes que prestos piensan en Agustina de Aragón, el sitio de Zaragoza y don Benito Pérez Galdós. Pero no, dejemos a la artillera más famosa de la historia y a don Benito, aunque volverá unas líneas más abajo.

De armas tomar literarias y biológicas, doña Emilia Pardo Bazán, una escritora rompedora y una mujer que se puso el mundo varias veces por montera. Cultivada, leída y viajada, siempre en contacto con las corrientes más vanguardistas de su época que supo adaptar el naturalismo a la idiosincrasia española.

Y que dio que hablar, y no siempre bien, a partir de 1882 cuando publicó en «La Época» varios artículos sobre Zola que luego compilaría en «La cuestión palpitante». Y tantos debían de ser los naturalistas detalles que ofrecía que su marido la pidió que dejara de escribir. Doña Emilia lo tuvo claro: en vez de divorciarse de la literatura dejó a su marido.

Y aquí aparece don Benito, pues la Pardo Bazán fue a caer en sus brazos, pero no rendida, que entre cucharada y cucharada de garbanzos con Galdós (veinte años) también tuvo tiempo, según la leyenda, para otros amores urgentes y más jóvenes, como los de Lázaro Galdiano y el escritor catalán Narcís Oller.

Pero eso son cosas de la prensa del «cuore» del XIX y lo que nos interesa es que la Pardo Bazán, como las Bronte, fue precoz, precocísima, y ya a los trece años escribía su primera novela, «Aficiones peligrosas», que ahora se publica íntegramente por primera vez. El manuscrito autógrafo le fue entregado a Lázaro Galdiano y hoy forma parte de la biblioteca de la Fundación que lleva su nombre. Según sus editores, en este libro (ya hablábamos de precocidad) «la novelista reivindica el papel moral de la literatura y el derecho de la mujer a formarse y a crear». Nada extraño en una jovencita que con el tiempo llegaría a decir: «La educación de la mujer no es sino doma, pues se propone la obediencia, la pasividad y la sumisión». Con estas credenciales, aunque le sobraran las literarias, no es extraño que los académicos de la Española le negaran por tres veces sentarse entre ellos.

Si alguien tiene alguna duda sobre el carácter de doña Emilia, que se pase por la madrileña calle de la Princesa y la vea en el monumento que le erigieron el arquitecto Pedro Muguruza y el escultor Rafael Vela del Castillo. Justo delante del Palacio de Liria, morada de otra mujer de armas tomar: la Duquesa de Alba.

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