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Libros / ¿cómo pudo ocurrir?

Julián Marías: «La guerra civil fue consecuencia de una ingente frivolidad»

Día 17/12/2012 - 16.58h
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El maestro de pensadores atribuye -en un ensayo escrito en 1980, que ahora se reúne en libro- la incivil contienda al desencanto general con la República, a la irresponsabilidad y a la falta de sentido del Estado de las clases dirigentes

Julián Marías(1914-2005), filósofo, ensayista, profesor de energía, un maestro de la libertad, colaborador durante muchísimos años de ABC y su Tercera, comenzó a escribir en los años treinta del pasado siglo cuando era alumno en la Facultad de Filosofía. Fue un prodigioso trabajador, infatigable, un sabio. Ya pensaba en lo que veía antes de tener tres años y siempre regresaba al verso de Cervantes: «Tú mismo te has forjado la ventura». Por su trayectoria vital, y la amplitud y calidad de su vocación filosófica, que resolvería en un centenar de libros y un número aún mayor de artículos y publicaciones de todo tipo; por su reflexión permanente sobre España, Julián Marías es «una presencia viva, valiosa, admirable, plena, de la filosofía española, y una personalidad fundamental en la evolución de la historia del largo siglo XX español», señala Juan Pablo Fusi en el prólogo a la obra de Julián Marías «La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir?» (Fórcola ediciones). Un pieza «admirable, una meditación emocionante, palpitante, una mirada serena, necesaria, moral, sobre la guerra: una visión responsable», añade Fusi.

He aquí los factores que explican la incivil guerra, a juicio del maestro de la libertad Julián Marías:

Frivolidad: «La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Ésta me parece la palabra decisiva. Los políticos españoles, apenas sin excepción, la mayor parte de las figuras representativas de la Iglesia, un número crecidísimo de los que se consideraban «intelectuales» (y desde luego de los periodistas), la mayoría de los económicamente poderosos (banqueros, empresarios, grandes propietarios), los dirigentes de sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían».

Irrealidad: «La lectura de los periódicos, de algunas revistas "teóricas", reducidas a mera política, de las sesiones de las Cortes, de pastorales y proclamas de huelga, escalofría por su falta de sentido de la realidad, por su incapacidad de tener en cuenta a los demás, ni siquiera como enemigos reales, no como etiquetas abstractas o mascarones de proa».

Pereza: «Decisivo para explicar la ruptura de la convivencia y finalmente la guerra civil. Pereza, sobre todo, para pensar, para buscar soluciones inteligentes a los problemas; para imaginar a los demás, ponerse en su punto de vista, comprender su parte de razón o sus temores».

Aislamiento: «Comienza a perderse el respeto a la vida humana. Ese período generacional, que se extiende hasta 1946, es una de las más atroces concentraciones de violencia de la historia, y en ese marco hay que entender la guerra civil española».

República: «Los años de la República estuvieron dominados por la falta de imaginación, la incapacidad de prever, de anticipar las consecuencias, de proyectar un poco lejos. No se llegó a aceptar las reglas de la democracia, se declaró una vez y otra –por la derecha y por la izquierda– que sólo se aceptaban sus resultados si eran favorables; unos y otros estuvieron dispuestos a enmendar por la fuerza la decisión de las urnas, sin darse cuenta de que eso destruía toda posibilidad política normal y anulaba la gran virtud de la democracia: la de rectificarse a sí misma...»

Irresponsabilidad: «Fue la insurrección del Partido Socialista en octubre de 1934, aprovechada por los catalanistas, que llevó a la destrucción de una democracia eficaz y del concepto mismo de autonomía regional. Se negó entonces la validez del sufragio, la Constitución y el Estatuto de Cataluña –parte de la estructura jurídica de la República española–, todo en una pieza. La democracia quedó herida de muerte».

Egoismo: «Los gobiernos prefirieron dedicarse a restablecer egoístamente pequeñas ventajas económicas para sus clientelas, con asombrosa insolidaridad y miopía, que llevaron a la disolución de Cortes, las elecciones de febrero de 1936, el triunfo en ellas del Frente Popular y, poco después, la guerra civil».

Locura: «¿Los políticos, los partidos, los votantes querían la guerra civil? «Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces, ¿cómo fue posible? Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al «otro» con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario). Se dirá que esto es una locura...Efectivamente, lo era (y no faltaron los que se dieron cuenta entonces, y a pesar de mi mucha juventud, puedo contarme en su número). Si trasladamos esto a la vida colectiva, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica».

Raciocinio viciado: «De ahí la necesidad de un pensamiento alerta, capaz de descubrir las manipulaciones, los sofismas, especialmente los que no consisten en un raciocinio falaz, sino en viciar todo raciocinio de antemano».

¿Y los intelectuales?: «La función política que puede esperarse de los intelectuales es que sean intelectuales y no políticos, que se ajusten a los deberes de su gremio y adviertan al país cuándo no se hace. ¿Faltó esto en los años que precedieron a la guerra civil? ¿No era una época en que los intelectuales gozaban de gran prestigio, no había entre ellos unos cuantos eminentes y de absoluta probidad intelectual? Ciertamente los había; pero encontraron demasiadas dificultades, se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación, funcionó el partidismo para oírlos "como quien oye llover..."

Fanatismo y sonambulismo: «Llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición. Tengo la sospecha –la tuve desde entonces– de que los intelectuales responsables se desalentaron demasiado pronto. ¿Demasiado pronto –se dirá–, con todo lo que resistieron? Sí, porque siempre es demasiado pronto para ceder y abandonar el campo a los que no tienen razón».

El editor, Javier Jiménez, señala en el epílogo de «La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir?», agradece a la amistad con Daniel Marías la posibilidad de publicar este magnífico ensayo, escrito en la primavera de 1980, y que supone «una mirada serena, necesaria, moral, sobre la guerra»; una visión «responsable» sobre uno de los episodios más traumáticos de la historia de España. Ésta es, por tanto, la primera vez que «La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir?» aparece publicado de forma independiente como libro.

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