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Paraíso arrebatado a dentelladas

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El dibujante Pacosales recupera en un nuevo cómic, titulado “Al nordeste de Arzew”, la memoria de los franceses, españoles y judíos que huyeron de la violencia de la Guerra de Argel en los sesenta

Día 30/01/2012 - 16.22h

Los años de trabajo han sido necesarios para que el dibujante valenciano Pacosales diera por concluido la creación del cómic Al nordeste de Arzew, «una historia con niños, pero sin niños», centrada en la Guerra de Argelia (1962). Un proyecto que se alojó en su mente al conocer de primera mano el testimonio de su suegro, Alain Bonet; un pied-noir (pie negro), es decir, uno de aquellos franceses, españoles y judíos que llegaron a la metrópolis tras la guerra huyendo de la violencia que los convirtió en víctimas, en lo que es un episodio convenientemente diluido. Aquellas personas vieron cómo su mundo desaparecía y en su lugar apareció el odio, la muerte y el rencor. Dejaron atrás su vida, sus casas, el lugar donde habían nacido y llegaron a una fría y oscura Europa. Este año se cumple el medio siglo de aquel triste episodio. La alicantina Edicions de Ponent ha editado el cómic en un volumen de lujo.

Adolescentes entre bombas

Con todo este interesante material, Pacosales concibió una historieta para hablar del paso de la infancia a la adolescencia a través de los tres personajes principales, tres amigos, uno europeo, otro judío y otro árabe. Plasma cómo el universo infantil protege al individuo contra las tensiones políticas de los adultos, durante esa etapa en que los sentimientos son sencillos y puros. Con la irrupción de la barbarie de los adultos, los tres personajes se ven confrontados con la realidad social, a base de bombazos y muerte. Con cada atentado, muere, a pasos forzados, su infancia.

El resultado es un cómic ambicioso, efectivo, de los que abren puertas en la mente del lector y que tiene muchas caras y niveles de lectura. Quizá una de las razones de este resultado poliédrico es el proceso de trabajo, en el que el autor ha involucrado a otras dos personas, su suegro y el artista valenciano Carlos Maiques, sobre quien dice que «no conozco a ningún otro capaz de conseguir lo que ha hecho, pintar el Mediterráneo. Ha sido un lujo contar con él. Hemos convivido estos dos años con acuarelas, café y buena música... Carlos es un extraterrestre con planeta propio y es mi amigo», concluye.

Pacosales nos enfrenta a una historia dramática, pero protegidos por la inocencia de la infancia. Sin embargo, entre los pied-noir los recuerdos siguen vivos. En este sentido el testimonio de Alain Bonet es clarificador de la vivencia de aquellas personas a las que todos dieron la espalda, «los pied-noir tuvieron que irse sin opción de volver algún día, ¡y esto es lo trágico! ¡Claro que dejaron allí parte de su corazón! ¡Y de su alma también! Partir con lo puesto, en unas horas, hacia un lugar desconocido donde no sabes cómo te van a mirar, solo puede ser doloroso, y de hecho, muchas personas se murieron, literalmente, de pena y de nostalgia».

Pied-Noir en Alicante

Sin embargo, el fenómeno es mucho más valenciano de lo que se suele pensar, porque una parte importante de la población europea que durante años vivió en Argelia, era de origen español, especialmente alicantino y volvieron a la España franquista de manera desapercibida. Tras investigar el suceso, el autor concluye que los pied-noir que volvieron a España «no fueron rechazados como en Francia, porque no eran un millón. Volvieron a los pueblos de sus abuelos, sobre todo en Alicante y se buscaron la vida, eran nietos de supervivientes. También se refugiaron dirigentes de las OAS (organización terrorista profrancesa, contraria a la independecia de Argelia), como leí en la hemeroteca del ABC. En Francia no esperaban esa avalancha, que se agrupó en la costa».

Contar un tema tan espinoso, con cicatrices aún abiertas, que nos recuerda que la barbarie colonial forma parte de nuestro más inmediato pasado no es fácil. Tampoco lo es hablar de un episodio en el que la amistad entre vecinos se truncó en odio súbitamente y donde los «tuyos» pasan a ser objeto de desconfianza por diferencias raciales y nacionales. Pero Pacosales logra arrastrarnos, sin que tengamos que pagar un alto precio por ello. El autor lo tiene claro, «no quería hacer un homenaje a ningún grupo, aunque salga bien parado en la historia a nivel individual. Pero tampoco puedo sentir empatía, ni defender un modelo colonial obsoleto e injusto. No me importa que haya gente a la que no le guste, o que la hubiesen sesgado cargando de victimismo. Lo que me preocupaba era, sobre todo, no ofender a los que intervinieron».

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