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Literatura y enfermedad, un matrimonio fecundo

Desde Tolstói hasta Umbral, las dolencias han sido fuente de inspiración de grandes escritores

Día 22/01/2012 - 09.25h

La enfermedad como asunto literario es tan antigua como el mundo. La Biblia, con las plagas que asolan al pueblo elegido, es el primer exponente de literatura patográfica. Por supuesto, hay ejemplos más tardíos e ilustres de la fecunda relación entre los padecimientos del cuerpo y la literatura. Ahí están «La muerte de Iván Ilich», de Tolstói; «El Quijote» o «Madame Bovary», obras que pueden leerse como una historia clínica, aunque ello no sea lo más aconsejable para disfrutar de su grandeza. Los románticos, que tan aficionados eran a la morbidez, entendían la literatura como una herida. Algo de eso persiste en la conciencia humana cuando tanta fortuna ha cosechado en nuestros días el término «letraherido».

Muchos grandes escritores han sido grandes hipocondriacos. Juan Ramón Jiménez estaba tan atenazado por el pánico a la muerte que necesitaba siempre un médico a su lado. Pasó largas temporadas en sanatorios y en sus largas convalecencias redescubrió a Bécquer. Cuenta Cansinos-Assens que el poeta trataba de combatir su postración, fruto de la angustia, con dosis generosas de bromuro. «Pssss… en realidad no tengo nada concreto», decía el autor de «Platero y yo» cuando le preguntaban por su estado de salud, en una constatación implícita de que era un enfermo imaginario.

Luis Landero hizo un recuento de escritores a los que les acechó la enfermedad crónica y le salió una larga nómina: Keats, Stevenson, Nietzsche, Jaspers, Kafka… La patología puede ser una experiencia gozosa, pues en la convalecencia se descubren cosas insospechadas. Es lo que le ocurre en «El hombre de la flor en la boca», de Pirandello. Para Iván Ilich, de Tolstói, la enfermedad es una revelación atroz: al hacer examen de conciencia, se percata de que su vida ha sido un fracaso.

Landero confiesa que se crió flaco y enclenque, lo que le convirtió en un achico asustadizo con las mujeres. Un buen día decidió acabar con esa figura desgalichada y compró apresuradamente lo que creía era un libro de ejercicios gimnásticos. Ya en casa contempló con asombro que los tipos que aparecían en las fotos estaban más escuálidos que él. Había adquirido un manual de yoga. Como en la librería no devolvían el dinero, tuvo que cambiar el libro por otro cuyo era precio era exactamente el mismo: «Las mil mejores poesías de lengua castellana». «En vez de atleta me hice poeta, y entonces ocurrió que mi figura desgarbada y un tanto desvalida me venía muy bien para dar la imagen de poeta romántico, ensimismado, lánguido, rebelde y soñador. Y de esa manera, logré seducir a alguna muchacha incauta», escribe Landero en una conferencia recogida en el libro «Con otra mirada».

Enfermos de romanticismo

Del Romanticismo procede ese gusto por lo crepuscular, ese elogio de la derrota. Madame Bovary era una enferma de romanticismo, como lo era también Ana Ozores, la Regenta.

El mismo amor también puede considerarse una enfermedad, o al menos convivir con miasmas, como dejó probado García Márquez en «El amor en los tiempos del cólera».

Hay quien encuentra en las historias clínicas una bella forma de literatura. Es un caso raro, pero a Juan José Millás le apasionan. No en balde, las historias clínicas de Freud funcionan muy bien editorialmente. «Son relatos que cogen al lector por el cuello y lo sueltan hasta el punto final», asegura Millás.

No se puede hablar de literatura y enfermedad sin citar a Thomas Mann. Su obra capital, «La montaña mágica», gira en torno al hospital de tuberculosos en el que el ingresa el joven Hans Castorp. En realidad, Mann recurre a la patología para expresar su visión pesimista de la naturaleza humana.

En España, Francisco Umbral, que se definía como un enfermo profesional, escribió esa obra tan bella y devastadora que es «Mortal y rosa». Uno de los maestros de Umbral, aunque tras su muerte renegase de él, Camilo José Cela, alumbró «Pabellón de reposo», una obra concebida a partir de las dos estancias que pasó el escritor en dos sanatorios para tuberculosos.

Más recientemente, Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) ha engrosado la nómina de la patografía con el espléndido libro «Diario del hombre pálido» (Demipage). No apto para lectores depresivos, el diario aborda con crudeza las vicisitudes de un hombre atado a la máquina de diálisis. El diario rebosa belleza, dolor y soledad. En los 169 días narrados, Gracia Armendáriz exhibe una prosa pulida y transparente, desprovista de artificios y llena de hondura. Ello no quita para que en algunos pasajes aflore el humor negro, como cuando se explaya describiendo las tonalidades de su orina con el lenguaje de un enólogo. Muchas veces se ha dicho que el humor tiene un poder terapéutico. Algo de eso debe de pensar Gracia Armendáriz. En medio de toda la desolación que impregnan las páginas de «Diario del hombre pálido», los días pasan a la espera de un trasplante.

Roberto Bolaño, aquejado de una insuficiencia hepática grave, era remiso a hablar de su enfermedad, salvo en el último tramo de su vida. Dedicó un texto, «Literatura + Enfermedad = Literatura», a su médico, el hepatólogo Víctor Vargas. Bolaño consideraba el quehacer al que dedicó toda su vida, al que entregó todo su talento y fuerzas, un padecimiento más. Hablaba, claro, metafóricamente.

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