Música

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Si Dylan hubiera nacido en España

El maestro cumple 70 años y lo celebramos con buen humor. De la dulzaina al rock and roll no hay tanto trecho. Compruébenlo

Día 24/05/2011 - 04.11h

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Que por mayo era por mayo, un día 24 de 1941, cuando hace la calor, pero hacía un frío del carajo porque el grajo volaba bajo y Sepúlveda parecía Minnesota. Robertito acababa de llegar a este mundo y su padre, Abraham, descendiente de conversos, lo comentó: «Los tiempos están cambiando con el calentamiento global. Van a caer chuzos de punta». Fue la primera vez que Robertillo oyó una poesía y la primera vez que habló: «That's all right, mami», dijo, como en una canción que un tal El Luis, un cantaor con unas patillas como el Candelas, cantaría años después en la radio de galena.

Para criarse en aquella paramera, gélida en invierno, tórrida en verano, Robertillo tuvo una infancia feliz. Emparedados de membrillo con queso de manchego, pastillas de leche de burra, regaliz a mansalva, visitas a la granja de Maggie (la prima Margarita), subirse a los árboles con la chica del pueblo del Norte, hartarse de buena música en la radio —sobre todo, zarzuelas como «El niño judío» y «Water, sugarcillos y bourbon» («Agua azucarillos y aguardiente», en su título español)— y sin perderse un solo bolo de las fiestas del pueblo, donde Robertillo aprendió los rudimentos de la rondalla y de la dulzaina, que siempre le tiró mucho y que, como ya veremos, fue decisiva en su vida. Le gustaban las canciones de la tierra como «Los cuatro muleros» («The four muleros») y «Por el puente de Aranda» («On the Aranda’s bridge was jumped Uncle Johnny, but not killed, but no killed», en la versión del grupo de jota-folk New Profession of Minstrelsy), pero no le hacía ascos a la copla, sobre todo de la campiña inglesa, y tonadillas como «Tattoo», «In a strange land», «England' sighs» y «Green eyes», «Green I want You green».

Con once añitos, pisó por primera vez la capital para cantar en un concurso de la radio, «Cabalgata fin de semana», del inolvidable Bobby Deglané, tocayo de Robertillo y luego su mentor. Rober, ya un experto dulzainero a pesar de su corta edad interpretó «El señor de la zambomba» (traducido erróneamente como «Mr. Tambourine man», en algunas versiones extranjeras). No ganó, pero se hizo un hombre. En el instituto (tenía que zamparse diez kilómetros de meseta para llegar hasta el aula, como Mariano Haro), fundó sus primeros grupos, más cercanos al cuplé que a la tradición que había mamado, haciendo versiones de éxitos extranjeros como «The reliquary». También le gustaba un trío angelical y bucólico que solía cantarle a las florecillas campestres, Pedro, Pablo y La Mari. Mientras, a Robertillo le volvían loco los trenes (sobre todo los expresos, como el Rías Bajas) impresiones que muchos años después, en 1978, plasmó en uno de sus mejores discos, «Trenes que tardan en llegar», que coincidiría con su conversión a la fe verdadera.

Pero entonces, el ferrocarril, aunque lento, permitía viajar gratis en el pescante. Y Robertillo conoció mundo. Y escribió sus primeras letras. En La Roda, impresionado por el Quijote y por el viento, redactó «Molinos in the wind». En Valverde del Camino, «Botas de cuero español». Y en la cima del Monte Perdido, en el Parque Nacional de Ordesa, una de sus obras maestras: «Visiones de la Juana».

Volvió a la capital. El maestro, el number one de la dulzaina, Agapito Marazuela, estaba muy grave. Robertillo le debía casi todo a él. «En las canciones de Agapito está la vida», diría después. Murió Marazuela, y Robertillo empezó a patearse todos los mesones de la capital. A veces, incluso, para ganarse unos duros y un chato de Valdepeñas tocaba la bandurria con la tuna. Éxito, más bien poco. Pero aprendió de lo lindo. A Robertillo, lo que de verdad le gustaba era el «Quijote» (se lo sabia de memoria) y en su cabeza no descartaba ponerle música. De hecho, se la puso a las primeras 200 páginas. Pero el mundo no estaba para quijotadas. A Robertillo no le interesaba mucho la política, pero cada canción nueva que escribía la gente se la tomaba como una arenga. Casos como «Con Dios de nuestro lado», «Los señoritingos de la guerra». El chaval, además, se había echado novia, una mozuela llamada Juanita Baez, una manchega de armas tomar, de muy buen ver y mejor cantar.

Robertillo cada era más conocido, y todo el mundo se disputaba su dulzaina. En las fiestas de pueblo, la tropa enloquecía con aquel chaval que tan bien se conocía la tradición. Pero un día se armó la marimorena. Robertillo apenas tenía 24 años y llegó al Festival de Pulso y Púa de Argamasilla de Alba con una extraña tonadilla en el bolsillo. Duraba más de seis minutos, casi se vuelve tarumba al grabarla, y la letra eran diez folios de versos enloquecidos. Se llamaba «Como un peñazo». Y el alarido de la dulzaina de Robertillo, conectada al poste de la luz de Hidroeléctrica Española se oyó hasta en el Penedés. Hubo bronca, los meños volaban de acá para allá, y Rober salió por piernas. Y de aquí a la eternidad. O casi, porque poco después se daba un trompazo con la mobilette que le dejó la cabeza todavía más repleta de pájaros. La convalecencia la pasó leyendo a Isaías, fruto de ello fue una de sus tonadas más famosas de ese tiempo «Desde el campanario». Jaimito Hendrix hizo una versión aún más turbadora que la de Robertillo.

Lejos quedaban los días farra con los Escarabajos de Esteruelas y los Peñascales Rodadores. A Robertillo también le tentó el cine, e hizo un papelito, además de escribir la banda sonora, en «La Benemérita y el Pernales», ambientada en el mundo de los bandoleros de Despeñaperros para abajo. Contenía otra de sus piezas memorables: «Dando portazos en el cielo».

Robertillo siguió grabando y grabando, cada más enjuto como su admirado Don Quijote, cada vez más esquivo, le cantaba a los boxeadores como su memorable himno a Paulino Chaparrón Uzcudun, a su trauma infantil, los trenes, le cantó a todo bicho viviente. Cada equis tiempo tira de archivo y ofrece al público colecciones de su cancionero con versiones muy especiales, grabadas en su cabaña del Cañón del Río Lobos, interpretadas a la bandurria, acompañado por La Banda del Mirlitón, por María Ostiz, por dos docenas de gaiteiros... Sus piezas se cantan en todo el mundo, en todos los estilos, y hasta Sarita Montiel, nuestra Marlene Dietrich, grabó «Molinos en el viento».

Desde hace treinta años, Robertillo va por esos mundos de Dios como alma que lleva el diablo, de escenario en escenario, realizando más doscientos bolos al año. La última vez se le vio en «Segovianos por el Mundo». Aunque hay quien asegura, que estos últimos días, en la Puerta del Sol, un tipo con una dulzaina no paraba de dar la murga a todas horas. Recordaba las sabias palabras de su padre: «Van a caer chuzos de punta». Y llovió, vaya si llovió. Más que el día que enterraron a Zafra.

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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