«Quince o veinte hombres están pensando ahora mismo en matar a su mujer». Es un planteamiento teórico, pero provocador el que desgrana Miguel Lorente, delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Se basa en datos objetivos —una media de 5,2 víctimas asesinadas al mes— y en una inferencia: se está produciendo un efecto imitación en este tipo de violencia, igual que ocurre con los suicidios o con los incendios provocados. No es culpa de nadie, pero todos tenemos algo de responsabilidad. Estamos ante lo que Lorente llama «criminales morales», con sus elaboradas convicciones a lo largo del tiempo y «sus» argumentos cargados de razón, que van llenando de resentimiento, de ahí que se sepa que hay un grupo de varones que albergan la idea del asesinato. Esa es la razón que explica también por qué el 40 por ciento de estos agresores se suicidan o lo intentan tras cometer su crimen.
«Cuantos más mensajes perciba que apoyen su idea, más se refuerza» —explica Lorente—. La imagen de la víctima muerta en mitad de la calle; su madre que la llora, las amigas descompuestas... «Así la tengo que ver yo», piensa el que se convertirá en futuro asesino mientras elabora su plan. La imitación desencadena acumulación de asesinatos en cortos periodos de tiempo —en abril y julio hubo nueve mujeres muertas cada mes—, por un lado, y repetición de formas de matar extrañas, por otro. Solo hay que observar este septiembre. El día 10 un hombre de Guinea Bissau mató a martillazos a su ex pareja; cinco días más tarde, un español acabó de la misma forma con la vida de su mujer, de la que se estaba separando, en un pueblo de La Coruña. La semana pasada, otro maltratador decapitó a su ex mujer en Córdoba antes de suicidarse; se lanzó desde un poste eléctrico cuando iban a detenerlo. Su imitador degolló a su antigua pareja, que vivía aterrorizada, siete días después en Moncada (Castellón).
La guerra de cifras es una de las constantes al hablar de violencia machista
«Tenemos que mejorar el elemento de seguridad en cuanto a valoración del riesgo, las herramientas que nos pueden ayudar a identificar mejor si una víctima corre peligro», señala el forense Lorente. La psicóloga María José Bueno, responsable del Área de violencia de la Federación de Mujeres Progresistas, coincide. «Denunciar no es la panacea, pero sí el mecanismo necesario para activar los elementos de seguridad y protección». No se sabe a ciencia cierta por qué han descendido las denuncias aunque hay algunas pistas.
Denuncias falsas
«La campaña de ciertos sectores en torno a las denuncias falsas de mujeres les está haciendo mucho daño», sostiene Lorente. «Si perciben una actitud crítica hacia ellas, se retraen a la hora de pedir ayuda». «La respuesta judicial, a veces insuficiente, provoca que se retiren del proceso», explica la psicóloga María José Bueno. «Y para muchas víctimas es inasumible pensar en que el padre de sus hijos, la persona a la que tanto han querido puede acabar en la cárcel si ellas le señalan con el dedo».
No todos los servicios de atención están a la altura
Esta semana el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ofrecía un dato contundente: 37 mujeres están en situación de riesgo extremo o lo que es lo mismo: cualquiera de ellas puede ser la siguiente de la lista negra. Además hay otras 32.848 víctimas que cuentan con protección. Cada una no puede tener un policía en su puerta, pero existen algunos instrumentos para valorar ese peligro: si el individuo tiene armas, si está sometido a una situación de especial estrés, si bebe o se droga, aunque estos consumos no tienen nada que ver con los asesinatos. Todo suma y todo asusta. Por eso, para quitar ese miedo y que la violencia entre cuatro paredes quede sin condena, los fiscales acaban de proponer que las maltratadas tengan que declarar de forma obligatoria contra su cónyuge. Lo contrario, la dispensa, se ha convertido en una vía de escape e impunidad.
«Quince o veinte hombres están pensando ahora mismo en matar a su mujer». Es un planteamiento teórico, pero provocador el que desgrana Miguel Lorente, delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Se basa en datos objetivos —una media de 5,2 víctimas asesinadas al mes— y en una inferencia: se está produciendo un efecto imitación en este tipo de violencia, igual que ocurre con los suicidios o con los incendios provocados. No es culpa de nadie, pero todos tenemos algo de responsabilidad. Estamos ante lo que Lorente llama «criminales morales», con sus elaboradas convicciones a lo largo del tiempo y «sus» argumentos cargados de razón, que van llenando de resentimiento, de ahí que se sepa que hay un grupo de varones que albergan la idea del asesinato. Esa es la razón que explica también por qué el 40 por ciento de estos agresores se suicidan o lo intentan tras cometer su crimen.
«Cuantos más mensajes perciba que apoyen su idea, más se refuerza» —explica Lorente—. La imagen de la víctima muerta en mitad de la calle; su madre que la llora, las amigas descompuestas... «Así la tengo que ver yo», piensa el que se convertirá en futuro asesino mientras elabora su plan. La imitación desencadena acumulación de asesinatos en cortos periodos de tiempo —en abril y julio hubo nueve mujeres muertas cada mes—, por un lado, y repetición de formas de matar extrañas, por otro. Solo hay que observar este septiembre. El día 10 un hombre de Guinea Bissau mató a martillazos a su ex pareja; cinco días más tarde, un español acabó de la misma forma con la vida de su mujer, de la que se estaba separando, en un pueblo de La Coruña. La semana pasada, otro maltratador decapitó a su ex mujer en Córdoba antes de suicidarse; se lanzó desde un poste eléctrico cuando iban a detenerlo. Su imitador degolló a su antigua pareja, que vivía aterrorizada, siete días después en Moncada (Castellón).
La guerra de cifras es una de las constantes al hablar de violencia machista
«Tenemos que mejorar el elemento de seguridad en cuanto a valoración del riesgo, las herramientas que nos pueden ayudar a identificar mejor si una víctima corre peligro», señala el forense Lorente. La psicóloga María José Bueno, responsable del Área de violencia de la Federación de Mujeres Progresistas, coincide. «Denunciar no es la panacea, pero sí el mecanismo necesario para activar los elementos de seguridad y protección». No se sabe a ciencia cierta por qué han descendido las denuncias aunque hay algunas pistas.
Denuncias falsas
«La campaña de ciertos sectores en torno a las denuncias falsas de mujeres les está haciendo mucho daño», sostiene Lorente. «Si perciben una actitud crítica hacia ellas, se retraen a la hora de pedir ayuda». «La respuesta judicial, a veces insuficiente, provoca que se retiren del proceso», explica la psicóloga María José Bueno. «Y para muchas víctimas es inasumible pensar en que el padre de sus hijos, la persona a la que tanto han querido puede acabar en la cárcel si ellas le señalan con el dedo».
No todos los servicios de atención están a la altura
Esta semana el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ofrecía un dato contundente: 37 mujeres están en situación de riesgo extremo o lo que es lo mismo: cualquiera de ellas puede ser la siguiente de la lista negra. Además hay otras 32.848 víctimas que cuentan con protección. Cada una no puede tener un policía en su puerta, pero existen algunos instrumentos para valorar ese peligro: si el individuo tiene armas, si está sometido a una situación de especial estrés, si bebe o se droga, aunque estos consumos no tienen nada que ver con los asesinatos. Todo suma y todo asusta. Por eso, para quitar ese miedo y que la violencia entre cuatro paredes quede sin condena, los fiscales acaban de proponer que las maltratadas tengan que declarar de forma obligatoria contra su cónyuge. Lo contrario, la dispensa, se ha convertido en una vía de escape e impunidad.




