Publicado Actualizado domingo , 27-12-2009 a las 04:19:41
Si el recorrido sentimental, por llamarlo de algún modo, de Clint Eastwood es tan abundante, florido e inenarrable como un maratón por la selva amazónica, su ruta cinematográfica es aún más digna de estupor... Y vista ahora, su filmografía es una panorámica de montañas, una cordillera, una confusión de picos y valles, de alturas y laderas.
Eastwood no empezó a ser Eastwood hasta que dejó la serie de televisión que le dio fama, «Rawhide», donde demostró que su trayecto hasta la interpretación no sería corto. Fue cuando llegó Leone, ese tipo gordo y poco aficionado al aseo que le proporcionó la percha perfecta en su trilogía de spaghetti westerns, «Por un puñado de dólares», «La muerte tenía un precio» y «El bueno, el feo y el malo». Y a partir de ahí, Clint nunca dejaría ya de ser Clint, aunque enriqueciera su figura con los más diversos elementos:
Creó su propia productora, Malpaso, y se creó a sí mismo como director (en 1971 dirige «Escalofrío en la noche»), y al tiempo creaba también la horma de su zapato, el detective Harry Callahan (con Don Siegel)... «Harry, el sucio», «Harry el fuerte», «Harry, el ejecutor»...
A mediados de los ochenta hace implosión y se rompe hacia dentro con su primera obra maestra, «Bird» (aunque ya había hecho, para muchos, la auténtica implosión con «El jinete pálido»). El oscuro retrato que hizo del músico Charlie Parker ya anunciaba la negrura casi insoportable de «Sin perdón» (con la que se le puso el mundo de espaldas para que le rascara la tripa) y la auténtica maestría de sus obras mayores, como «Los puentes de Madison», «Mystic River», «Million Dollar Baby», el «pack» de Iwo Jima y, en especial, «Gran Torino», tan insultantemente buena y definitiva que la Academia de Hollywood la honró con su máximo reconocimiento: el estruendoso silencio.

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