Domingo, 18-10-09
Todo para el pueblo, pero sin el pueblo». Esta es la definición clásica del despotismo ilustrado, un modo muy particular de gobernar que se dio en la Europa del siglo XVIII por parte de algunos reyes absolutistas. Parece que la historia se repite y ayer en Madrid, una multitud de gente sencilla, sin siglas políticas ni ideologías concretas, salieron a la calle para pedir honestidad a los gobernantes, pues no se puede en pleno siglo XXI acallar la voz de la gente que defiende la vida como el don más precioso que podamos tener.
Pero el clamor de la marcha por la vida no iba dirigida sólo a la clase política, sino a toda la sociedad española, que debe despertar su conciencia, tal vez adormecida, para evitar el genocidio más grande que ha conocido nuestra patria desde sus orígenes, la gran tragedia de los cientos de miles, tal vez ya millones de niños, a los que se les impide vivir desde el vientre de su madre.
Pero se trata de hacer una lucha positiva, no vamos contra nada ni contra nadie, hay que tener iniciativas, sobre todo crear en toda la sociedad una conciencia muy clara de que cuando los hombres no respetan la dignidad de la vida humana desde su origen hasta su fin natural, esa sociedad está profundamente enferma y camina hacia su propia destrucción.
Esta marcha por la vida es continuación y a la vez comienzo de una lucha positiva en la que todas las personas de buena voluntad queremos decir con sencillez que el aborto no es un derecho sino una tragedia que padecen las mismas mujeres que se ven solas y desprotegidas por unas leyes que las animan a matar más que a cuidar a sus hijos o darlos en adopción.
Algo nuevo está pasando en nuestra sociedad, gracias a Dios, pues el pueblo español con serenidad, respeto y alegría ha salido a la calle para decir sí a la vida. Seamos honestos.

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