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Domingo, 30-08-09
FUE en Los Ángeles, en el verano del año 2000, con motivo de la convención demócrata que habría de elegir a Al Gore como candidato a la presidencia de los Estados Unidos para las elecciones de noviembre. En la larga lista de los notables que estaban tomando la palabra para endosar la candidatura del todavía vicepresidente de Bill Clinton era Ted Kennedy al que correspondía la última de las presentaciones. Y el avejentado senador, pasado abundantemente de peso, castigado por la artrosis, lento de movimientos, pareció transformarse ante los micrófonos y atronó el gigantesco local con su bien modulada voz de barítono celta para anunciar que en aquella ocasión, rompiendo una práctica en su comportamiento político, apoyaría públicamente a un candidato demócrata a la presidencia del país. «Manifestando mi solidaridad con la candidatura de Al Gore», dijo, «es sólo la tercera vez que ofrezco mi endoso. Las otras dos veces que lo hice», continuó, «fue en apoyo de las candidaturas de mis dos hermanos». Tras unos segundos de estupefacto silencio, los miles de personas que abarrotaban el recinto rompieron en una interminable ovación. El ya viejo Kennedy, el más joven y problemático de los hermanos, el que pudo y no quiso o no supo encarnar la continuidad de la promesa familiar tras las tragedias acumuladas, era capaz de volver a representar en Los Ángeles la perdida magia del sonoro nombre. Y con ella la certeza, en tantas otras ocasiones traicionada, de que mas allá de los pecadillos de Clinton, de la estolidez de Gore, de sus manifiestas malas relaciones, de las vacilaciones doctrinales y estratégicas que durante décadas habían lastrado la expectativa demócrata, el futuro era suyo. No lo fue: un gobernador de Texas por nombre Bush, cuyo mayor mérito radicaba en ser hijo de un presidente del mismo nombre, acabaría, con el apoyo del Tribunal Supremo, por ocupar el Despacho Oval de la Casa Blanca.
En realidad Ted Kennedy había apoyado por tres veces a candidatos con su nombre a la presidencia de los Estados Unidos. El tercero había sido él mismo, cuando en 1980 decidió concurrir en las primarias de su partido contra el presidente en ejercicio, Jimmy Carter. Ted fue derrotado. El discurso de aceptación de su derrota quedará en los anales de la historia nacional como una buena pieza oratoria. Pero no pudo con Carter y Carter no pudo con Reagan. ¿Habría llegado Ted a la presidencia de los Estados Unidos si él hubiera sido el candidato? Posiblemente no -tanta era la rémora que Jimmy Carter arrastraba consigo-. Y casi mejor así: de los hermanos Kennedy ha venido a ser Ted, el más joven, el en principio menos dotado para las lides políticas, el que ha acabado por conocer la mayor longevidad pública de la dinastía -cuarenta y siete años de ininterrumpido servicio senatorial- y el que mejor ha llegado a encarnar los ideales truncados que sus hermanos mayores habían sabido representar: generosidad, sacrificio, entrega, liderazgo, igualdad. El cómo los hijos del privilegio que todos los Kennedy fueron atesoran todavía en su saga la esperanza de los desheredados, o la manera en que las vidas de ruido y de furia que desde el fundador de la dinastía hasta el ahora fallecido senador han conocido pueden inspirar afanes de superación moral o de integridad ética en buena parte de la sociedad americana, seguirá constituyendo uno de los secretos mejor guardados de la psicología colectiva del país. Pero así como John y Robert son capítulos inacabados e inciertos en la historia de la nación americana, la de Edward -ya para siempre Ted- quedará identificada con la de un corredor de fondo a cuya persona quedan definitivamente asociadas éxitos y fracasos.
En la emoción del momento, el detalle queda borrado y suprimido el disentimiento que su vida suscitó: los Estados Unidos, y de qué manera, celebran la memoria del héroe desaparecido. El último de los cuatro hermanos de la saga. El único en no haber visto cortada por la violencia la longitud de sus días. Y el tercero cuyos restos reposaran en el cementerio nacional de Arlington. Del cuarto, el mayor, el primero en morir, solo las aguas del Atlántico pueden dar razón de su paradero: allí cayó en una acción aérea durante la II Guerra Mundial.
Al poco de comenzar la guerra de Irak coincidí con el senador Kennedy en una de las audiencias públicas del Tribunal Supremo americano. En los momentos en que tomábamos nuestros asientos me cogió brevemente del brazo para decirme que apreciaba enormemente la actitud del gobierno español con respecto a las decisiones tomadas por la Casa Blanca porque, me dijo, «aunque sabes sobradamente mi posición» -había sido uno de los pocos senadores en oponerse a la autorización para proceder a la operación bélica- «aprecio en lo que vale la solidaridad con mi país en momentos tan difíciles como éste». «Te agradecería se lo transmitieras de mi parte al presidente Aznar», añadió. El 11 de marzo de 2004 fue uno de los primeros en acudir a la embajada de España en Washington para manifestar su horror y su pésame por la matanza de unas horas antes. «Es terrible lo que os ha ocurrido. Es como la repetición del 11 de septiembre. Siempre estuvisteis con nosotros. Estamos también con vosotros».
Apenas tuvimos unos minutos más de charla en la vorágine de las gentes que venían a manifestar su solidaridad y de los medios que acosaban al senador para obtener declaraciones. El veterano político, serio, pálido, no quería decir mas de lo que casi al oído me había susurrado. Pocas semanas antes, el 5 de febrero, había acudido puntualmente con muchos de sus colegas a la recepción ofrecida por la presidencia de las Cámaras legislativas a José María Aznar con motivo de su intervención ante la sesión conjunta del Congreso. Fue siempre atento, colaborador, directo y leal con España y con los españoles. Me honró con su confianza y su franqueza. Que Dios y San Patricio se lo paguen.
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