Como pasó con Dulce Chacón, para el poeta Ángel Campos Pámpano no ha servido el eufemismo «larga enfermedad». En un suspiro se nos ha ido, sin tiempo siquiera de que nos hiciéramos a la terrible idea de que sería para siempre. Ayer fallecía en Badajoz al no poder superar una delicada intervención quirúrgica.
El poeta había nacido en San Vicente de Alcántara en 1957. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y a su vuelta a Extremadura empezó una intensa carrera como profesor de Lengua y Literatura. Era, me consta un profesor vocacional, algo de lo que pueden dar fe quienes tuvieron la suerte de ser sus alumnos. Acababa de regresar de Lisboa, donde había ejercido durante ocho años en el Instituto Español Giner de los Ríos.
Muy pronto también, inició otra carrera, la literaria, que en él tuvo dos vertientes fundamentales. De una parte, la poética. La que más quería. Con la desazón propia de quien se sabe seriamente enfermo, ha llegado a tiempo de ver publicada su poesía reunida. La ha editado Calambur bajo el título «La vida de otro modo» y lleva un lúcido prólogo del profesor Miguel Ángel Lama. Un libro de libros que es, en fin, su único libro, formado por los poemas de «La ciudad blanca» (1988), «Siquiera este refugio» (1993), «La voz en espiral» (1998) y «La semilla en la nieve» (2004), por el que recibió el premio Extremadura a la Creación.
Una carrera muy intensaFue incluido, entre otras, en las antologías «Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000)» y «Campo Abierto (Antología del poema en prosa en España)». Firmamos juntos otra antología, «Abierto al aire. Antología consultada de poetas extremeños (1971-1984)» y fue el responsable de una más, «Los nombres del mar. Poesía portuguesa 1974- 1984». Conviene resaltar sus numerosos libros de autor con artistas extremeños como Javier Fernández de Molina, Antonio Covarsí y Luis Costillo.
De otra parte, está su labor como traductor. Ángel ha sido, me atrevería a decir, el mayor y mejor introductor de la poesía portuguesa contemporánea en España. Por ello tenía que recibir mañana en la ciudad lusa de Guarda el IV premio Eduardo Lourenço. Ha traducido, entre otros, libros de Eugénio de Andrade, Fernando Pessoa, Carlos de Oliveira, Antonio Ramos Rosa, Al Berto, José Saramago y Sofia de Melo Breyner Andresen. En 2006 le fue concedido el premio de traducción Giovanni Pontiero por la edición de una antología de la poetisa portuguesa: «Nocturno mediodía (1944- 2001)».
Su tierra extremeñaNo fue Ángel, con todo, un escritor encerrado en torre alguna, ni siquiera la de su casa de campo en La Raya, en Jola, cerca de La Codosera, donde, por cierto, ya nunca podré verlo. Al revés, consciente, como otros, de que en Extremadura, la tierra que eligió para vivir, estaba casi todo por hacer, se convirtió desde principio de los ochenta en un agitador cultural de primer orden. Desde la Asociación de Escritores Extremeños, por ejemplo, de la que fue presidente. Fundó las Aulas Literarias. La primera en Badajoz, la «Enrique Díez-Canedo», por la que han pasado los mejores poetas vivos de la literatura española de fin de siglo. Bajo su mandato nacieron también los Talleres de Relato y Poesía, en torno a una idea de su amigo Fernando Pérez González. O creando, junto a Diego Doncel y a uno mismo, la primera revista literaria en dos lenguas, el castellano y el portugués, «Espacio/Espaço escrito» y animando otra, «Falar/Hablar de poesía».
En 1994, puso en marcha junto a Pedro Almoril y Manuel Vicente González, Ediciones del Oeste, una de las escasas editoriales privadas extremeñas. En ella publicó sus primeras obras Gonzalo Hidalgo Bayal, otro de sus mejores amigos.
La poesía, la española y la portuguesa, pierde a un hombre fundamental. Extremadura, a uno de los mejores, cuando más lo volvíamos a necesitar. Lo peor, sin embargo, es para Ángela y para Paula que han perdido, qué desgracia, a su padre.

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