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Sábado 10, octubre 2009 - Últ. actualización 9:18h
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Un mundo lleno de pijamas de rayas tamaño infantil
AP El escritor John Boyne, ayer, durante la rueda de prensa de presentación del filme
Sábado, 20-09-08
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
SAN SEBASTIÁN. Los grandes, Banderas, Bardem, Woody Allen y demás, le han dejado la escena a los chiquitos: los protagonistas del cine de ayer eran niños. Niños afganos, niños judíos, niños de nazis, niños a este lado y al otro de la alambrada... No hay nada más cruel que un niño jugando, ni nada en el universo tan puro e inocente. «El niño con el pijama de rayas», de Mark Herman, y «El caballo de dos piernas», de Samira Makhmalbaf, eran los títulos del programa oficial y en ellos se debatían asuntos tan gordos como la violencia, los prejuicios o la injusticia mientras unos cuantos chiquillos flacos y consumidos jugaban.
Niño y fábula son prácticamente sinónimos, y ambas películas arrojan su descarnada lección moral en la pantalla. El libro de John Boyne lo traduce Herman en unas imágenes tan académicas como elocuentes: la amistad a cada lado de la alambrada entre el hijo del comandante nazi de un campo de concentración y un niño judío con un pijama de rayas. La función alegórica y el peso de su parábola impiden que la película te atenace con su trágico desenlace: sólo así, de ese modo tan implacable con el que se cierra la historia, le permite a la fábula cumplir su cometido y servir de lección. No es una película inolvidable, pero sí es, en cambio, una enseñanza imperecedera. Sólo el respeto a la vida de los demás nos garantiza el valor de la propia. Qué cosa tan obvia y casi absurda, y tal vez por ello lo olvida el ser humano cada diez segundos.
«El caballo de dos piernas»
El caso de la película de la iraní Samira Makhmalbaf es distinto: «El caballo de dos piernas» no se revela con el mismo resplandor que la de Herman, sino que es menos evidente en su meta, aunque más espontánea en su trayecto. Se centra en dos personajes sobrecogedores, dos críos, a uno le faltan las dos piernas (una mina, dice él) y al otro le ha cogido un «aire» de arriba a abajo, lo cual no les impide a ninguno de los dos ser grandes cómicos... Uno es el amo del otro y lo usa como «caballo» para suplir su falta de extremidades, palabra, por otra parte, de la que anda sobrado el chiquillo, le sale «la extremidad» por cada poro de su cuerpo y de su actitud, tan violenta como la del resto de compañeros de colegio... La peripecia es diminuta: lo usa de caballo y abusa de él..., y eso es precisamente lo reprochable a esta joven y brillante cineasta, que no haya sabido componer un concierto a la altura de sus solistas: tenía los personajes (impresionantes), tenía los ambientes (de espanto) y lo tenía todo, menos un guión que no fuera el de un cortometraje estirado hasta casi la ruptura. Realmente, «El caballo de dos piernas» constata la ilimitada paciencia del ser humano y su imparable capacidad para hacer daño, y lo consigue mediante un machaconeo de imágenes y frases repetidas, lo que la convierte también, como la de «El niño del pijama de rayas», en muy, muy elocuente, pero en poco estimable cinematográficamente.
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