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Jueves, 11-09-08
SARAH Palin parece venida a turbar con alevosía las inmensas dosis de buen talante que la opinión pública europea consagraba a Obama. Ahora la gobernadora de Alaska, miembro de la Asociación Nacional del Rifle siendo su Estado tierra de cazadores, cubre el nicho de contrafigura de Barack Obama. Sería la América salvaje, fundamentalista y practicante del linchamiento contra la América arcangélica y cosmopolita de Obama porque, para millones de europeos, el candidato demócrata representa las antípodas de la pena de muerte y de la libre disposición de armas. No sólo para europeos: la BBC da cuenta de un sondeo entre 22.500 personas de 22 países distintos con una clara preferencia por Obama como aspirante a la Casa Blanca. En general, se piensa que las relaciones de los Estados Unidos con los otros países mejorarían con la elección de Obama. Curiosamente, se fían más de una presidencia de John McCain países como China o India. Dado el estado de cosas con la cuestión rusa, es característico que los países más optimistas respecto a una presidencia de Obama pertenezcan a la OTAN. En Francia, otro sondeo da un 80 por ciento de votos para Obama, lo cual incluye una buena franja de votantes de Sarkozy. En España el antiamericanismo es tan acendrado que seguramente hay quien votaría a Obama como miembro vitalicio del Consejo del Poder Judicial y tal vez como Defensor del Pueblo.
Con demócratas de Kennedy a John Kerry ha habido oportunidad de constatar que las percepciones europeas chocan a menudo con la aspereza de los hechos. Como gobernador de Arkansas, Bill Clinton no dejó de ratificar penas de muerte. En su libro «La audacia de la esperanza», Obama dice que aunque los hechos afirman claramente que la pena de muerte no contribuye a disminuir la delincuencia, él cree que hay algunos crímenes -asesinatos en masa, violación y asesinato de un menor- tan atroces, tan abyectos, que la comunidad tiene derecho a expresar su ultraje imponiendo la pena capital. Pero da igual: la opinión pública europea y especialmente la española prefieren dejar de lado las notorias diferencias que existen entre el progresismo pragmático norteamericano y la izquierda arcaica en la Unión Europea. Obama es un caso muy adecuado. Cerebral, de espléndida elocuencia, con buen lenguaje corporal, candidato en plena impopularidad de George W. Bush, debiera estar arrasando en los sondeos pero en este momento -según los gráficos del impagable portal electrónico «Real Clear Politics»- en cinco estados tan significativos y determinantes como Virginia, Colorado, Nevada, Ohio y New Hampshire, ni Obama ni McCain tienen ventajas superiores al 1 por ciento. Será que el electorado norteamericano se equivoca o está alienado, como decían los marxistas. La verdad es que aún falta tiempo y que la confrontación electoral durará hasta el último minuto. Tal vez el ganador lo sea por «photo finish».
Son vastísimos los márgenes entre la sofisticación intelectual de «The New York Review of Books» y el consumo masivo en el emporio comercial de Wal-Mart. Esos márgenes son nada menos que la realidad de Estados Unidos, con el Harvard donde estudió Obama y la Alaska bronca y próspera de Sarah Palin. Son arraigos muy distintos, incluso para ese extraño desarraigado que es Obama. Nuestro viejo error es prejuzgar en lugar de intentar comprender. Por eso no perdonamos a los Estados Unidos ni una pizca de lo mucho que perdonaríamos a cualquier otro país del mundo. Obama dice que su país ha utilizado su poder en el mundo para el bien más que para el mal. Escribe: «Me hago pocas ilusiones sobre nuestros enemigos y reverencio el valor y la eficacia de nuestras fuerzas armadas». En las páginas de «La audacia de la esperanza» afirma que la política exterior debe basarse en hechos y no en ilusiones. Ciertamente, sus criterios sobre Irak discrepan de los de McCain. Pero también expone que el Partido Demócrata se ha convertido en el partido de la reacción porque «en reacción a una guerra mal concebida, parece que recelemos de toda actividad militar». Aunque lo crean los europeos, Obama no está en el cielo, sino en la vorágine de una campaña presidencial en la que en cualquier momento comenzarán los golpes bajos. Así se han curtido siempre los presidentes.
vpuig@abc.es
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