La insólita colección de ropa interior de la Stasi

El servicio de inteligencia de la RDA custodiaba un gran número de frascos de vidrio herméticos que contenían ropa interior de miles de ciudadanos

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La celebración del veinticinco aniversario de la caída del Muro de Berlín ha servido como excusa para sacar a la luz multitud de anécdotas sobre las circunstancias que rodearon el proceso de unificación alemana y, sobre todo, de cómo se vivió en la República Democrática de Alemania (RDA).

Una de las más sorprendentes es la que narra por Javier Sanz en el blog «Historias de la Historia», ganador del Premio Bitácoras al Mejor Blog Cultural en 2011, y que nos sugiere adentrarnos en los secretos mejor guardados del Ministerio para la Seguridad del Estado, la tristemente famosa Stasi.

El servicio de inteligencia de la RDA estuvo activo desde febrero de 1950 hasta finales de 1989. Durante esos casi cuarenta años, creó un ambiente de opresión y terror entre la población del país, gracias a una compleja red de informadores infiltrados en la sociedad y a un sistema brutalmente represivo, que no dudaba en ejecutar a cualquier disidente.

La Stasi era capaz de controlar todas las comunicaciones que se producían en la Alemania Oriental, ya fueran dentro del país o con el extranjero y sus miembros podían llegar a interceptar hasta 20.000 llamadas telefónicas a la vez o leer 2.300 telegramas al día. El control que ejercía sobre la sociedad era tan grande que fue capaz de sofocar cualquier conato de disidencia en la RDA sin que trascendiera a la opinión pública.

El elevado volumen de información que manejaba este siniestro organismo era tan elevado, que a nadie le sorprendió que tras la reunificación alemana se encontraran miles de expedientes en los archivos de la Stasi. Entre esos ficheros se encontró parte de los archivos que contenían la información de los colaboradores e informadores que trabajaban para la Stasi. De ellos, más de 10.000 eran menores de 18 años.

Sin embargo, el hallazgo que dejó con la boca abierta a quienes investigaban el funcionamiento de aquel enorme aparato de espionaje y represión fue una colección de frascos de vidrio cerrados herméticamente e identificados con pegatinas con el nombre, edad, domicilio y demás datos personales de los propietarios del contenido de los mismos. Ese contenido no era otra cosa que ropa interior y pedazos de otros tejidos.

El objetivo de este siniestro registro de olores era poder mantener bajo control a todos los sospechosos de disidencia. Para ello, la Stasi se infiltró en sus domicilios y robó ropa interior usada de estas personas. En otras ocasiones, al interrogar a los posibles disidentes, los hacían sentarse en una silla sobre la que habían colocado una toalla o retal de tela similar. El sudor provocado por la tensión del momento impregnaba esos tejidos que también eran almacenados de la misma forma.

En caso de que algún disidente se escabullera de la vigilancia a la que era sometido, bastaba con dejar que los perros entrenados para ello olieran algunas de estas prendas y rastrearan su paradero. La vida en la Alemania comunista siempre estuvo rodeada de una leyenda negra que despertaba una gran curiosidad en el lado occidental del Muro. Historias como esta no hacen más que demostrar que la realidad siempre será capaz de superar a la ficción.