Un cliente sostiene un producto de cannabis que ha comprado en un herbolario legal en St John's, Newfoundland y Labrador (Canadá)
Un cliente sostiene un producto de cannabis que ha comprado en un herbolario legal en St John's, Newfoundland y Labrador (Canadá) - REUTERS

El «boom» de la marihuana en Canadá agota las existencias

La euforia de la legalización del cannabis desarbola a las autoridades y a la pujante industria de la marihuana. Canada vive una «fiebre verde»

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«Estamos sin existencias. Acumulamos mucho producto en preparación para el día de la legalización, y el 70% de nuestro cannabis ya se ha vendido». Lo explica Erin, un trabajador de Puré Sunfarms, la mayor productora de cannabis en invernadero de Canadá. Sus instalaciones se desparraman en los campos de Delta, al sur de Vancuver, en el estado de la Columbia Británica, una provincia canadiense donde el uso de la marihuana ya estaba normalizado antes de que el pasado miércoles entrara en vigor la legalización del cannabis recreativo en el país. Los invernaderos de Pure Sunfarms tienen una superficie de más de 100.000 metros cuadrados, unos quince campos de fútbol, pero no ha sido suficiente para contener la demanda disparada por la legalización.

«Nuestras operaciones se han multiplicado, con la expectativa del "boom" que la legalización supondría para nuestra industria», continúa Erin, que prefiere no dar su nombre.

La regulación del nuevo mercado legal de la marihuana y el acceso al producto cambia en cada provincia. En algunas, solo se puede vender en dispensarios oficiales, administrados por el Gobierno. En otras, solo hay disponibilidad a través de tiendas privadas y en, otras, conviven ambos sistemas. El denominador común fue que la oferta legal fue incapaz de cubrir la demanda eufórica inicial. En el primer día de ventas, Quebec procesó 42.500 pedidos en un solo día. En Alberta, varios establecimientos se quedaban sin existencias en varios de los productos apenas el jueves. Entre ellos Numo Cannabis, de Edmonton, a la que solo tras un día de legalización solo le quedaba un cuarto de su stock. Una situación similar se vivía en Small Town Buds, en Devon, donde el jueves por la noche ya estaba todo agotado, después de días de colas de hasta tres horas para comprar unos gramos de marihuana o un cigarrillo ya liado, con la tienda abierta hasta la madrugada.

En otros lugares, todavía se acabó más rápido. En el centro de distribución de Portugal Cove-St. Philip’s, en la provincia de Terranova y Labrador, todo estaba agotado a las cuatro de la tarde del miércoles.

La agencia oficial de la provincia de Manitoba advirtió de que los dispensarios tenían «mucho menos cannabis del solicitado» y que la falta de existencias podría alargarse durante meses.

Muchos clientes prefirieron no hacer cola en el frío y hacer sus pedidos online, pero tampoco es garantía de que encontrar producto. Delta 9, que vende marihuana por internet desde Winnipeg, recibió cien pedidos en el primer minuto desde la legalización, un ritmo que también tenían las ventas de otra tienda online, Shopify, con sede en Ottawa.

Habrá que ver si el desenfreno comprador se mantiene o si la demanda se estabiliza con el paso de los días y semanas. La Sociedad del Cannabis de Quebec, la agencia oficial que gestiona el mercado legal en la provincia francófona, aseguró esta semana que monitorizaría si la demanda disparada se debe a algo más que al «factor curiosidad». Lo que sí sabe es que, para la venta online, habrá escasez para productos como «aceites, sprays, geles y cigarrillos liados».

A quien no ha sorprendido esta euforia es a la pujante industria del cannabis, en ebullición desde que el primer ministro Justin Trudeau hiciera de la legalización uno de sus grandes promesas de campaña en 2015. Ahora, la llamada «fiebre verde» es un fenómeno a medio camino de lo que vivió la industria del alcohol cuando se acabó la ley seca estadounidense en 1933 y la burbuja ‘puntocom’ de finales del siglo pasado: se ha abierto un mercado enorme, en el mayor experimento mundial de legalización, calentado por inversores ávidos de llevarse un bocado del nuevo mercado. Las doce principales compañías canadienses de la marihuana tienen un valor acumulado de 42.000 millones de dólares. La mayor de ellas, Canopy Growth, vale más que Bombardier, la histórica multinacional canadiense dedicada a la construcción de aviones y trenes.

En la calle, el entusiasmo se nota hasta en la nariz. Lo asegura Catherine, que trabaja en el sistema de transporte público de Vancouver, y asegura que «los trenes huelen a hierba». A su alrededor, sus amigos han empezado a plantar marihuana -hay un límite de cuatro plantas por persona-, algo que no era extraño antes del miércoles, pero que ahora apunta a convertirse en habitual. Ella, treintañera, con una hija pequeña, es quizá parte del nuevo público que despertará la legalización. «No era una usuario frecuente cuando era ilegal. Ahora lo seré más, porque creo en sus beneficios para la salud», asegura. «Los nuevos clientes ahora van a ser gente más mayor, que no quería problemas con un producto fuera de la ley», incide Erin.

Las celebraciones y fiestas iniciales no ocultan que hay sectores opuestos a la legalización. Entre otros, asociaciones médicas que advierten de los riesgos de la sustancia y del peligro de que niños y jóvenes tengan más facilidad de acceso. Para Catherine, la mayor preocupación es si el incremento del consumo será un problema de seguridad pública por conducir mientras se ha fumado. Para Erin, «los beneficios de la legalización pesan más que los riesgos» y «como con cualquier otra droga, como el alcohol, todo depende de la educación».