El Papa se vuelca con sus favoritos: los enfermos y toxicómanos en recuperación
El Papa Francisco durante su visita al hospital San Francisco de Asís, en Río de Janeiro - efe
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El Papa se vuelca con sus favoritos: los enfermos y toxicómanos en recuperación

Acusa a los narcotraficantes de «mercaderes de muerte»

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El Papa terminó un día intenso volcándose con sus favoritos: los enfermos y toxicómanos en recuperación del hospital San Francisco de Asís. Escogió una problemática «dura» y un hospital dedicado al santo que inspira su pontificado. Llegó con un ligero adelanto y dedicó tiempo a saludar personalmente a docenas de enfermos y toxicómanos en el patio del hospital. Eran un encuentro al aire libre y lloviznaba ligeramente, pero el Papa se mojaba sin darle importancia.

Todos estaban emocionados. Los enfermos, a quienes la visita de Francisco parecía un sueño, y el Papa, que siente predilección por todas las personas que sufren. Los estragos que causa la droga entre los jóvenes brasileños son incalculables. Manuel de Oliveira, coordinador del proyecto del hospital San Francisco de Asís, dijo que «un tercio de nuestra juventud sufre el flagelo de la droga en sus diversas modalidades».

Les abrazó y les animó a luchar

El hermano Francisco Belotti, director del hospital, subrayó la importancia de las comunidades de recuperación más allá del centro médico. Por eso han creado una red para compartir experiencias y animar comunidades de apoyo. El Papa escuchó los testimonios en público de varios adictos, les abrazó y les animó a seguir luchando por curarse. Durante sus años en la diócesis de Buenos Aires, el Papa conoció personalmente a millares de jóvenes victimas del «paco», la pasta de cocaína, un residuo barato que destroza en pocos meses el cerebro de los consumidores. En Colombia se llama «basuco», por «basura sucia de cocaína».

Los narcos la distribuyen en las barridas pobres, como las favelas de Brasil y las «villas miseria» de Buenos Aires, para explotar incluso a los más débiles económicamente. Por eso el Papa denunció a los «mercaderes de muerte», gente sin escrúpulos que sigue «la lógica del poder y del dinero a toda costa». En su opinión, «la plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad». No basta la mera represión, ni hay que capitular mediante la liberalización.

Educar a los jóvenes

Según el Papa, «no es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química». Lo fundamental es «afrontar los problemas que están en la base del uso de drogas,promoviendo mayor justicia, educando a los jóvenes, ayudando al necesitado…». Y, por supuesto, echando una mano «al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo».

El Papa quiere cambiar radicalmente el modo en que la sociedad ve a los toxicómanos y los enfermos. Comenzó recordando a San Francisco de Asís, patrono del hospital, «el joven que abandona las riquezas y comodidades del mundo para hacerse pobre entre los pobres», pero subrayando que «quizá es menos conocido el momento en que todo esto se hizo concreto en su vida: fue cuando abrazó a un leproso».

El Papa afirmó que «en cada hermana y hermano en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre. Hoy, en este lugar contra la dependencia química, quisiera abrazar a cada uno y a cada una de ustedes que son la carne de Cristo, y pedir que Dios colme de sentido y esperanza su camino y también el mío».

Era un discurso muy fuerte, pero no teórico. Por la mañana, al final de la misa en el santuario de Aparecida, el Papa había abrazado y besado uno por uno a gran número de enfermos, desde niños y niñas hasta ancianos y ancianas.

Lo hace todos los miércoles en la audiencia general en la plaza de San Pedro,y en esos momentos se transfigura. Se le ve absolutamente feliz y sin prisa acariciando a cada enfermo. En el santuario de Aparecida todos estaban sillas de ruedas o camillas. Cuando el Papa se inclinaba para besarles, muchos de los acompañantes acariciaban a su vez al Papa. Es un tipo de sintonía profunda e intensa con la persona que sufre como la que caracterizaba a Juan Pablo II, quien será «san Juan Pablo II» dentro de pocos meses.

Es Cristo quien sufre

El Santo Padre terminó con un mensaje muy fuerte para todos: hay que «inclinarse sobre quien está en dificultad, porque en él se ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre». Quiere un cambio de actitud radical.