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entrevista

«Ira, malicia, dolor... el oficio de actor es demasiado humano»

José Luis Gómez es director teatral y actor, uno de los grandes del cine y de la escena

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-A Gómez, ¿con su doctorado honoris causa por la Complutense se honra el oficio de animal teatral?

-Yo creo que el de oficiante del teatro. El aprendizaje y entrenamiento del oficio de actor consiste en dejarse afectar por pasiones, conflictos, que no le son propios. Son destinos tremendos, a veces terribles, maravillosos, muchas veces llenos de desdicha, logro, fracaso, ira, malicia... Es un oficio demasiado humano. Dolor y superación. Algo de sacrificial.

-¿Qué hay en la cabeza del actor al comenzar?

-El logro. Hay un porcentaje extraordinario de vanidad, que persiste como bicho siempre al acecho.

-Y cuando llega el aplauso...

-Es el peor momento, aunque exteriormente sea bueno, porque toda la magia se ha terminado. [13NEGR-JUST]

-Usted liberó al teatro español de la cadena perpetua que arrostraba hasta los años 70 del siglo pasado. ¿Con qué paisaje se topó en la batalla?

-Cuando yo llego ya había gente empeñada en esa lucha, como Adolfo Marsillach, Nuria Espert y toda una generación de jóvenes que hacían teatro independiente con enorme empeño, sacrificio, esfuerzo, con un sentido político de buscar la libertad. Me uní a ese esfuerzo. En España había una inmensa grisalla, gris como el uniforme de los grises.

-Y lo dignificó.

-Para mí, el oficio del teatro se forja en la práctica meticulosa y consciente, que se constrasta con la crítica responsable (de críticos y compañeros).

-¿Su «Abadía» es el último refugio de la palabra?

-El teatro es el reducto de la palabra en acción. Tenemos una tradición débil, en el teatro español, de habla escénica. El castellano, como lengua escénica, tiene escaso prestigio en el mundo artístico europeo. «La Abadía» no es una escuela, es una casa de teatro. Este año inauguro un espacio estival pedagógico: el teatro se cierra, se transforma en campus de formación. Con un punto de rebeldía, digo que en España no existen teatros que animan el territorio, ni residencias de ancianos para actores.

-Muchos actores mueren en la sonora soledad.

-¡Y no existen casas para actores ancianos!

-¿A qué le envió su padre a Alemania?

-Siendo un hostelero modesto, quiso que estuviera en los sitios más prestigiosos: Fráncfort, París, Lausana... Soñaba con que yo fuera un hostelero de postín. Pero sus sueños más acariciados y sus esfuerzos más cuidados se truncaron.

-¿El teatro español debería refinarse al máximo?

-El teatro español ha dado enormes directores, generaciones de actores asombrosos, escritores de muchísimo talento. Es un momento dulce. El ser humano y el artista no acaban nunca de refinarse; tampoco un pueblo acaba nunca de aprender.

-¿Qué sintió al arrebatarle la Palma de Oro de Cannes al «taxista» Robert de Niro con su prodigiosa interpretación del Pascual Duarte?

-Un azar afortunado como otro cualquiera. Es indudable que Robert de Niro es un actor maravilloso y extraordinario, al que todos hemos admirado en tantas películas y trabajos. Fue el azar.

]-¿Cómo se mete un actor en la piel de un asesino? «El 7º día», sobre Puerto Urraco, dirigida por Carlos Saura ¿La violencia nace del miedo?

-Sin duda. El entrenamiento del actor consiste en dejarse afectar por las circunstancias de una criatura de ficción. Para ello, hay un refinamiento de tu aparato psíquico, emocional y expresivo. Lo que es impresión tiene que convertirse en expresión. Es una capacidad cultivada que tiene un altísimo porcentaje de don. Pero el don no es suficiente.

-Sobre su mesa se amontonaron los guiones de película, pero decidió irse a Estados Unidos.

-A estudiar con Strasberg, y allí me ofrece Marsillach inaugurar el Centro Dramático Nacional con Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga... El cine lo dejo para papeles que me apetecen mucho. Mi cuna fue el teatro. En cine y teatro ha sido más importante lo que no he hecho que lo que hice.

Honoris causa a la pasión de aprender