Postales

Verdad y libertad

Esa obscenidad de que una mentira repetida un millón de veces se convierte en verdad no es cierta

José María Carrascal
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El viejo chiste «¿Tú qué harías si tu mujer te pillara en la cama con otra?» «¿Yo? Negarlo, naturalmente» vuelve a estar de moda. La famosa postverdad, negar la realidad mintiendo con toda la barba, marca la tónica de nuestra escena política. La palma se la llevan los nacionalistas, que mienten no sólo a sus rivales, al gran público y a sus seguidores, sino también a sí mismos, para terminar creyéndose sus propias mentiras. A ese dietario que llevaba Josep María Jové, segundo del ex vicepresidente Junqueras, habría que ponerle como música de fondo la canción «vamos a contar mentiras», de liebres corriendo por el mar y sardinas por el monte, con la plana mayor del secesionismo reunida en la Casa de los Canónigos, residencia del entonces presidente de la Generalitat, trazando la hoja de ruta hacia la independencia, sin fiarse un pelo unos de otros. Una hoja de ruta llena de trampas en las que terminaron cayendo, como cuando dicen que el referéndum será para que salga un «sí o sí», o predicen que «la presión del Estado sería enorme», sin contar con que irían a la cárcel. «Necesitamos épica», dice uno de ellos. Y la tuvieron. Tanta que, al hacerse público ese dietario, en vez de reconocerlo como su cantar de gesta, le quitan importancia e incluso lo niegan por temor a las penas y multas que puedan suponerles. ¡Menudos conspiradores! Más que la independencia, parecen buscar sus propios jueces que les libren de los jueces españoles, se olvide el 3 por ciento y tantas otras golferías que se traían entre manos. Más o menos, como los socialistas andaluces en su virreinato.

Es cierto que la relatividad, el egocentrismo, la aceleración de la historia, la falta de líderes capaces de inspirar a la ciudadanía y la corrupción que ha asolado la política española en los últimos tiempos han traído tal desconfianza hacia el sistema y hacia sus servidores teóricos y aprovechados de facto, que resulta cada vez más difícil gobernar. Pero nadie les obligó a meterse en política ni, menos, a cometer los errores que han cometido. Errores que empiezan por creer que la verdad es líquida, adoptando la forma que quiera y pueda dársele. Lo que no es cierto. La verdad, para serlo, ha de asentarse en la realidad y venir avalada por los hechos. Es más: esa obscenidad de que una mentira repetida un millón de veces se convierte en verdad no es cierta. Hay verdades inamovibles. La tierra se mueve y es esférica, no plana y estática, no importa las veces que lo repitamos. Tampoco el fin justifica los medios, por más que actuemos como si los justificase. Y lo más importante de todo: la verdad nos hace libres, mientras la mentira nos exige mentiras cada vez mayores, hasta ahogarnos. La verdad es que el 155 ha liberado Cataluña, aunque muchos catalanes no se den cuenta. Ya se la darán. Y si no se la dan, allá ellos. «Sarna con gusto no pica» dice el refrán. Pero sigue siendo sarna.

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal