Podremos fabricar vida. ¿Debemos?

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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La creación en laboratorio de la primera célula artificial nos plantea tres dilemas, a cual más complejo: uno científico, otro filosófico y otro ético. Ni siquiera la grave situación económica en que nos encontramos nos excusa de analizar lo que más de un experto ha calificado de salto científico tan importante como el de Galileo, Darwin o Einstein.

El dilema científico es el más simple: ¿ha creado Craig Venter una célula artificial? No exactamente. Se ha limitado a reproducirla, introduciendo en una bacteria (mycoplasma mycoides) a la que se le había extraído el genoma la copia del genoma de otra bacteria (mycoplasma capricolum), fabricada en su laboratorio a base de combinar elementos químicos, si bien eliminando los 14 elementos que podrían resultar dañinos, caso de que su diminuto Frankenstein se les escapase del laboratorio. O sea que esa nueva célula no es totalmente nueva: su caparazón pertenece a otra y su material genético está copiado de otro. Pero funciona como una célula viva y sus «descendientes» serán ya totalmente naturales. Estamos, por tanto, ante el paso previo a la fabricación de una célula totalmente artificial. Que sin duda llegará más temprano que tarde.

El dilema filosófico es mucho más complejo; no en balde estamos en la frontera entre la filosofía y la ciencia o, mejor dicho, en la zona donde ambas se solapan, como ocurrió ya en los orígenes de ambas, hasta que Aristóteles separó la meta(más allá)física de la física propiamente dicha. ¿Estamos ante el salto de lo inerte a lo animado, de la materia a la vida? Si no en ello, estamos en camino, habiendo recorrido más de la mitad. Si Darwin estableció una secuencia entre los organismos inferiores y superiores hasta llegar al hombre como cima de la evolución y Einstein combinó masa y velocidad de la luz para dar con la energía, es decir con la fuerza que mueve cuanto existe, Criag Venter ha conseguido convertir unos elementos químicos inertes en genomas capaces de actuar como seres vivos, aunque sea imitando otro genoma natural y usando el habitáculo de otra célula. Aun así, se trata de un salto espectacular, de la ruptura de la barrera del sonido entre la materia inanimada y los seres animados, lo que nos obliga a replantearnos toda nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos. Aunque en vez de significar un enfrentamiento de la ciencia y la filosofía -como ocurrió con la religión en los casos de Galileo y Darwin-, lo que ocurre ahora es una confluencia entre ambas, como ocurrió con Einstein, cuya teoría de la relatividad no encontró rechazo por ninguna parte, aunque una de sus aplicaciones prácticas, la bomba atómica, no puede decirse que haya corrido la misma suerte, por razones que no necesitan explicación.

En cualquier caso, la creación de esta «célula (casi) artificial» no encuentra mayor obstáculo en una filosofía que ya se había venido decantando, con Husserl, Bergson, Ortega y Heidegger, hacia la vida y alejándose del ser absoluto que perseguía Parménides.

Cosa muy distinta ocurre con la ética, y aquí tenemos que hacer un alto para saber exactamente de qué estamos hablando. «Parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre» define el diccionario a la ética. O sea, nuestro código de conducta, nuestra norma de comportamiento, nuestra ley natural. Pero luego nos ponemos a examinar nuestro comportamiento y nos damos cuenta de que no tiene nada de natural. Al contrario. Desde que apareció sobre la faz de la tierra, el hombre no ha hecho otra cosa que intentar burlar a la naturaleza. En vez de adaptarse servilmente a ella, como hacen todos los demás seres, este personaje pequeño, débil, sin grandes músculos, garras o colmillos, de piel delicada, y necesitado de bastantes años para valerse por sí mismo, viene inventando argucias para superar sus desventajas y sobrevivir en un mundo hostil, donde la única ley que rige es la del más fuerte. Hasta conseguir no sólo domeñar al resto de sus convecinos del planeta, sino también a la naturaleza misma, cuyas leyes viola constantemente, y ahí lo tenemos, desafiando la ley de la gravedad en pájaros metálicos que se ha construido, llegando a las profundidades marinas como los peces, creando calor en medio de los fríos invernales y frío en medio de los calores estivales, deteniendo el ciclo reproductivo con la píldora anticonceptiva e incluso desintegrando el átomo, ese ladrillo con que están formados todos los seres.

Lo que nos lleva a una alternativa imprevista: o las leyes de la naturaleza no son tan legítimas como creíamos o el hombre es el mayor violador -delincuente sería la palabra adecuada- del universo. Alternativa de la que sólo podemos escapar negando la mayor: la naturaleza no tiene ética, tiene unas normas completamente ajenas a la moral. Cuando un volcán entra en erupción, obedece tan solo a la presión de su caldera interna, sin tener para nada en cuenta los daños que pueda causar, como un tsunami es el producto de un maremoto ocurrido en medio del océano, que no sabe sus consecuencias ni le importan. Los humanos, en cambio, nos hemos dado unas normas de conducta extranaturales, para convivir más cómoda y pacíficamente, ayudados por la ciencia y su criada, la técnica. A esas normas las llamamos ética. Lo que significa que la ética es un producto humano. La naturaleza no tiene ética, tiene leyes físicas e invariables, que nada tienen que ver con la moral. Ahora bien, tampoco se muestra indiferente a las continuas violaciones que le infligimos los humanos, y, siempre que puede, se toma cumplida venganza. Recuerden lo que ocurre cuando los ingenieros que han construido un pantano no han calculado bien la resistencia de la presa y el agua almacenada se lleva por delante unos cuantos pueblos o cuando los fallos de un avión o de un piloto no permiten el aterrizaje o despegue de un aparato.

Pero esos son casos aislados, excepciones de la regla. En la inmensa mayoría de los casos, el hombre ha venido saliendo triunfador en su pugna con la naturaleza, imponiendo su ley sobre la de ella. El problema surge de si en su desafiar creciente a la naturaleza el hombre no está rozando ya el límite y, como Sansón, no estará destruyendo la naturaleza, y con ella a sí mismo, pues a fin de cuentas formamos parte de ella. Tuvimos un aviso con la desintegración del átomo, que ha producido más víctimas que beneficios, aunque haya podido dominarse y controlarse hasta cierto punto. Pero la posibilidad de que estemos provocando un cambio climático que altere las condiciones del planeta hasta el punto de hacerlo inhabitable está ante nosotros, con síntomas cada vez más alarmantes.

Los riesgos que entraña la creación de «vida artificial» no hace falta subrayarlos, ya que estamos hablando del origen de la vida tal como la conocemos, y si bien es verdad que los beneficios que pueden surgir de tal aventura pueden ser inmensos, desde la producción de bacterias que devoren los vertidos tóxicos a la producción de combustible «limpio» a partir de la luz solar y del anhídrido carbónico atmosférico, pasando por la producción de medicinas más potentes o incluso la erradicación de enfermedades, también es cierto que al menor error podemos encontrarnos creando monstruos, no en el sentido de aberraciones, sino de seres distintos a nosotros, es decir, no-humanos. Con lo que el experimento habría fracasado. Todo el cuidado que se tenga será, pues, poco, y se comprende que el presidente Obama haya encargado un informe a sus asesores, para disponer las medidas a tomar ante ese salto cuántico de la ciencia.

Pues también es verdad que intentar imponer límites a la curiosidad humana, a la investigación y a la exploración es inútil. Prometeo, el que robó el fuego sagrado a los dioses, no es mito. Somos nosotros, los «gitanos del universo» como nos llamaba Monod, los seres más inadaptados que existen. Pero no olvidemos que, como castigo, Zeus creó a Pandora, la que esparció todos los males por el mundo al abrir la famosa caja, y encadenó a Prometeo a una roca para que un águila le devorase las entrañas.