«España no existe»

IGNACIO RUIZ- QUINTANO
Actualizado:

UN castizo con un «spray» de oro ha hecho junto a la fachada del Cuartel General del Ejército una pintada que es el epigrama definitivo: «España no existe».

Pudo escribir «Romanos idos a casa», como el de «La vida Brian», pero ha escrito que España, la España que Zapatero y sus tetones han puesto en manos del doctor Coué, no existe.

-Una escritura escrita está en su sitio -tiene avisado ese Sombrerero Loco sevillano que es José Luis Castillejo-. Una escritura no escrita está en cualquier sitio.

Ya los Verdes querían convertir ese palacio de Cibeles en la Casa de la Democracia: ¿el derecho de las pulgas a habitar en la piel del león? Por el sitio, pues, un «España no existe» quizás sea la alternativa al «Todo por la Democracia» propuesto por Bono el Piloso en sustitución del «Todo por la Patria» del fascismo horaciano, según el cual era dulce y honorable morir por la patria. Pero morir por la democracia es, según descubrió Foxá, como morir por el sistema métrico decimal, y un «grafitero» con la navaja de Ockham ha cortado por lo sano:

-España no existe.

Antes, el único que en España no existía era Dios, que así se votó en el Ateneo. Pero ahora, y así se viene votando en las Cortes, descubrimos que tampoco existe España. «España, un enigma histórico», tituló su grande obra don Claudio Sánchez-Albornoz, que nos invitaba a meditar sobre el pensamiento de Ibn Hazm de Córdoba, un sabio que pensaba de España lo mismo que el Dómine Cabra de la olla.

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula -decía Cabra.

-Lejos de mí la perla de la China; me basta con el rubí de España -decía Ibn Hazm.

Y, si España no existe, ¿quiénes son los españoles? Pues los mismos que dijo Cánovas: españoles son, primero, los franceses, que son unos españoles con dinero, y luego, los que no pueden ser otra cosa. Es decir, los de la boina, cráneo blando y de repuesto para esta raza de cráneos resistentes, como la describió Pemán, que recordaba haber visto de chico, en un tren a Granada, cómo el demagogo Sol y Ortega -el Bono de la época-, que viajaba con él en su mismo coche de primera, al llegar a su estación de destino, donde iba a celebrarse el acto político, se quitó la corbata, se pasó a un coche de tercera clase y cambió su sombrero por una boina.

-Estamos aplicando el viejo reglamento del polo, que era para ocho caballos, cuando en el campo están jugando dos escuadrones de caballería -le dijo en la Pampa un inglés a Foxá, comentando la incorporación de las masas a la política.

Cuando los diputados se calan la boina, es que van a pedir más dinero. Y la democracia era al revés: un candidato podía pedir su voto a un elector porque el elector podía pedir dinero al candidato. Vale que no exista la vieja España. Pero ¿cómo viviremos sin la vieja democracia?