Nieto
La Tercera

El error

«Por mi veteranía asistí en las primeras filas a la única experiencia con dos candidatos a la presidencia del PP. Fue en 1987 con el duelo político entre Hernández Mancha y Herrero Rodríguez de Miñón, que ganó el primero. Ya sabemos cómo terminó el experimento dos años después»

Juan Van-Halen
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No es preciso insistir, pues el tiempo grita, en mi mantenida relación de cercanía y gratitud con el anterior presidente del Gobierno. Él lo sabe bien. Por ello me amparo en el esclarecedor primer párrafo del célebre artículo «El error Berenguer», publicado por Ortega y Gasset en «El Sol» el 15 de noviembre de 1930. Cinco meses justos después se iniciaba la República. Aclara el filósofo que del título de su artículo no debe desprenderse que el error es de Berenguer, sino más bien lo contrario: que nace de un error cometido por otros. Por mi parte no me referiré al error Rajoy; sí al error de otros que repercutió en una decisión suya a mi juicio equivocada.

Rajoy condujo al PP a una mayoría absoluta después de bregar pacientemente en una dura oposición al perder las emocionalmente condicionadas elecciones del 14 de marzo de 2004 tras el mayor atentado terrorista en Europa, aderezadas la víspera electoral por una campaña manipuladora impresentable. Después Rajoy demostró su cintura política en unas legislaturas difíciles. En las elecciones de 2016 superó los resultados de las de 2015 mientras los demás partidos perdían escaños. En ese tiempo conoció la ingratitud aunque no creo que él buscase nunca gratitudes ni reconocimientos.

No se ha superado aún por los dirigentes y las bases del Partido Popular el sorprendente triunfo de la moción de censura socialista y tardará en asimilarse. La moción, contra lo que puedan creer algunos, sospecho que no fue una improvisación; venía negociándose pacientemente por su protagonista desde hacía semanas, acaso meses. Desde el primer desplante significativo de Rivera al Gobierno que al final apuntaló con su ultimátum a Rajoy y la exigencia de dimisión o de elecciones ya. Cuanto más arreciaban las declaraciones constitucionalistas de Sánchez, cuánto más parecía acercar posiciones con Rajoy –era evidente en las propias sesiones del Congreso de los Diputados– más apretaba la tuneladora subterránea para horadar terreno en su camino a Moncloa.

Es obvio que el primer sorprendido por su derrota fue la propia víctima de la moción; es hombre de palabra y no creyó en la existencia de más de un Jano. Probablemente alguno de ellos cerca de él; puede que lo más triste. Nadie acertó a descubrir lo que se preparaba y no se enteraron ni el entonces presidente ni su entorno. A las pocas horas de sacar adelante los Presupuestos algunos de sus apoyos cambiaron de socio en una fórmula que, aunque indiscutible en su constitucionalidad, no respondía a una censura sobre actos del Gobierno que la sufría. Por no entrar en más anormalidades. Cuando se produjo lo consideré un golpe de mano parlamentario y lo mantengo.

Rajoy decidió lo que debía hacer: presentar la dimisión como presidente de su partido, reunir a sus órganos representativos para convocar un Congreso Extraordinario y, en contraste con experiencias anteriores, abrir la democracia interna sin la «inspiración» de quien cruzaba la puerta de salida. Un reto. Inmediatamente el PSOE recordó que eso era normal, que los socialistas llevaban haciéndolo años, pero omitió –¡ay, omisiones del PSOE!– que cuando el resultado de las primarias les contraría, lo resuelven rectificando. Que se lo pregunten a Borrell, elegido en primarias como candidato a presidente del Gobierno y obligado a dimitir para dar paso a Almunia, su secretario general al que había derrotado. O a Tomás Gómez, destituido por Pedro Sánchez pese a ganar sucesivas primarias.

El presidente que habría de caer por la moción de censura vivía el día antes una situación inesperada. Del éxito de la aprobación de los Presupuestos que le garantizaba llegar al fin de la legislatura a un mecanismo legítimo pero con tintes artificiosos que le expulsaría abruptamente de Moncloa. Son las horas pasadas entre amigos en un restaurante. Había sido uno de los políticos más incomprendidos y cercados desde la transición, se le acusó injustamente de casi todo lo imaginable, se le escatimaron éxitos evidentes, las encuestas dirigidas y utilitaristas lo cercaban, se le negó el pan y la sal… Los medios de comunicación, en general, habían sido inmisericordes. Probablemente podía haberse aplicado a sí mismo lo escrito por Ortega y Gasset en su artículo: «Las llamadas derechas no se lo agradecen porque la especie humana es demasiado estúpida para agradecer que alguien le evite una enfermedad. El feliz hombre de la derecha, es profundamente ingrato». Y añado de mi cosecha: sobre todo si hay poderosos intereses de por medio.

«¿Cuál es, a mi juicio, ese error al que se vio impulsado el expresidente? No permanecer al frente de su partido hasta el próximo 20 de julio»

Cansado de tanto estulto, «qué tropa» que diría Romanones, el ya expresidente abandonó el escaño que ganó encabezando por Madrid la lista electoral más votada con mucho y pidió su reingreso en el Cuerpo de Registradores de la Propiedad al que había accedido con 24 años. Mientras, desde el trauma vivido, los afiliados de su partido iniciaban el camino de un Congreso que suponía una experiencia nueva. Y en este punto llega el error que da título a estas líneas, del que casi todos hablan sottovoce pero al que, por cercanía y responsabilidad, debo referirme abiertamente. No es achacable a Rajoy sino a quienes con su ceguera, su incapacidad o su desatino le llevaron a cometerlo.

¿Cuál es, a mi juicio, ese error al que se vio impulsado el expresidente? Dejarse llevar por los condicionantes anotados y otros que quedan en el tintero, y no permanecer al frente de su partido hasta el próximo 20 de julio, inicio del Congreso Extraordinario. Ante los órganos de su formación debió anunciar su abandono de la presidencia pero retrasándolo esas pocas semanas. No tengo duda alguna de que era una decisión personalmente incómoda pero hubiera garantizado normalidad, para nada condicionamiento, en una situación novedosa. El equipaje moral y la dignidad de Rajoy, evidenciados en tantas ocasiones, hubiesen sido la referencia cercana en un proceso nada fácil. El valimiento de la neutralidad y juego limpio de todos.

Si a lo anterior unimos que Núñez Feijóo, personaje que concitaba generales simpatías y probablemente mayoritarios apoyos, decidió no competir por la presidencia del PP pese a que no mucho antes había declarado estar a disposición de su partido, la permanencia de Rajoy en la presidencia hasta el Congreso hubiese supuesto indudable garantía de estabilidad en un periodo de cuya complejidad nadie dudará. El presidente de la Xunta de Galicia señaló que acaso se decidirá en 2020. Se le esperaba ahora. Churchill nos dejó dicho que «el ejercicio de la política implica a menudo incomodidades personales e incluso riesgos y amenazas, pero ello lo engrandece».

Por mi veteranía asistí en las primeras filas a la única experiencia con dos candidatos a la presidencia del PP. Fue en 1987 con el duelo político entre Hernández Mancha y Herrero Rodríguez de Miñón, que ganó el primero. Ya sabemos cómo terminó el experimento dos años después.

*Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.